viernes, 7 de febrero de 2014

Ecuador: La futilidad de la política monetaria

Ecuador: La futilidad de la política monetaria

Printer-friendly versionSend to friendpor Gabriela Calderón de Burgos

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Muchos consideran que un gobierno es capaz de alterar el tipo de cambio real. Esta variable es, según la define el economista Arnold Harberger, la principal fuerza equilibradora de los pagos y el comercio de un país. Harberger agrega que “Cuando la moneda extranjera es abundante…, el mercado fija un precio real bajo a la divisa extranjera. En el caso opuesto… el mercado fija un precio real alto para la divisa extranjera”. En su ensayo “Lecciones de la economía monetaria y del tipo de cambio real”1, Harberger da ejemplos que demuestran que no obstante los esfuerzos de gobiernos alrededor del mundo, es la gente la que últimamente determina la oferta real del dinero. Esto sucede tanto en países con moneda propia como en aquellos que no la tienen.


Aquí es palpable la nostalgia que sienten muchas de nuestras autoridades por aquellos tiempos en que el Banco Central del Ecuador (BCE) ejercía una política monetaria. En Argentina, donde los políticos nunca han renunciado realmente a esta capacidad, aún así no han logrado imponerse ante las decisiones individuales de argentinos que por décadas han luchado para defender su ingreso real del apetito voraz de sus gobiernos, que recurrentemente han buscado financiar un gasto público excesivo emitiendo moneda.
A los políticos y otros grupos de interés que añoran aquellas épocas en que el BCE era capaz de devaluar la moneda, les convendría conocer ejemplos de intentos fallidos de manipular el tipo de cambio real en otros países. Por ejemplo, conforme el precio del petróleo comenzó a subir desde 1998, las autoridades rusas se dedicaron a comprar cantidades masivas de dólares intentando detener la apreciación del rublo, pero no lo lograron. Para 2008, el nivel de precios de Rusia se había casi duplicado, reflejando una apreciación del tipo de cambio real. Harberger concluye que “el gobierno junto con el banco central determinaron el tipo de cambio nominal y la oferta monetaria nominal, pero al final el mercado determinó tanto el tipo de cambio real como la oferta real del dinero”. Cuando las autoridades monetarias se proponen intervenir en el mercado cambiario con el objetivo de lograr un determinado tipo de cambio real, lo único que logran es obstaculizar el ajuste natural y automático que se daría en ausencia de su intervención.
Esta obstaculización acarrea costos. Consideremos el caso de Chile después de 1990, donde las autoridades pretendían llegar a un determinado tipo de cambio real acumulando deuda en casa y activos en el extranjero. El problema fue que mientras que el gobierno tenía que pagar un interés de 7 por ciento en casa a los tenedores domésticos de la deuda chilena, sus activos en el extranjero solo rendían un interés de 3 por ciento. La tozudez de las autoridades chilenas en su esfuerzo fútil de llegar a un determinado tipo de cambio real solo cedió cuando las reservas llegaron a más de $18.000 millones y las pérdidas del banco central se acercaron a $500 millones al año.
Mientras tanto en Ecuador, tenemos la buena fortuna de utilizar el dólar, la moneda más universal. Esto nos permite estar automáticamente apegados a un tipo de cambio real, estando así vacunados en contra de las costosas torpezas de nuestros políticos que se creen capaces de manipular las decisiones de los individuos.
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