viernes, 2 de mayo de 2014

Economía de mercado en China (II)


Economía de mercado en China (II)

“A diferencia del sistema soviético, la economía china siempre alentó la competencia entre regiones”

Manuel Suárez Mier

Inicié la semana pasada mi crónica del magnífico libro Cómo China se volvió capitalista (How China Became Capitalist, Palgrave Macmillan, 2012) de mi maestro de la Universidad de Chicago Ronald Coase, que en colaboración con Ning Wang terminó este texto al cumplir los ¡cien años de edad!
En mi artículo anterior me concentré en las “cuatro revoluciones marginales” que, según los autores, abrieron las puertas a la acción privada en agricultura, suministro de bienes y servicios urbanos no ofrecidos por el sector estatal, empresas regionales y municipales al margen de la planeación central, y “zonas económicas especiales.”
Relaté cómo en la medida en que cada una de estas subversivas reformas al régimen de planificación central en el que la propiedad privada estaba prohibida, tenían éxito, el gobierno de Beijing las adoptaba como suyas, siendo que lo único que había hecho era tolerarlas con discreción, siempre listo para denunciarlas en caso que fracasaran.
Lo que mi relato dejó trunco es qué pasó con el sector paraestatal, orgullo del gobierno chino, y cuya salvación y ascenso fueron la principal razón de las transformaciones emprendidas poco después de la muerte de Mao.


La primera fase del cambio, iniciada en cuanto se consolidó el gobierno de sucesión al encarcelar a la Pandilla de los Cuatro, siniestros personajes –incluida la viuda del dictador- promotores de la Revolución Cultural que tantos millones de víctimas cobró, consistió en invertir fuerte en el sector paraestatal, sobre todo en industria pesada, en lo que algunos llamaron socarronamente “el gran salto hacia fuera.”
Esta fase duró solo dos años al ser restaurados a posiciones de liderazgo Deng Xiaoping y otros modernizadores que consideraban que el problema esencial de la economía china eran los desequilibrios derivados de enfatizar demasiado la industria pesada e ignorar la agricultura, la industria ligera y los bienes de consumo.
Al cambiar el énfasis de las políticas públicas, la segunda etapa de las reformas del Estado fue complementaria a las “revoluciones marginales” que empezaban a echar raíces en la economía china. Así, se ajustaron al alza los precios agrícolas, al tiempo que se descentralizó el comercio internacional, se dio mayor autonomía fiscal a los gobiernos provinciales y se sembraron incentivos al sector paraestatal para competir.
Se promovió la fusión de empresas regionales del Estado elevando su productividad al aprovechar economías de escala y alcance; se delegó a las empresas la decisión de qué producir por encima de la cuota fijada por el Plan; se les dotó de flexibilidad en sus relaciones laborales, hasta entonces centralizadas en Beijing; y se introdujeron por primera vez sistemas de responsabilidad gerencial.
Las reformas referidas fueron básicas al acabar el monopolio de la planeación central pues cuando las paraestatales pudieron competir con sus productos, se sujetaron a la disciplina impuesta por el libre mercado por primera vez. Pronto seguiría su privatización y hoy las entidades controladas por el gobierno de Beijing son sólo 117.
A diferencia del sistema soviético, la economía china siempre alentó la competencia entre regiones, lo que en el nuevo contexto reformista significó que cuando las 32 provincias chinas –paradójicamente, el mismo número que en México al incluirse el DF- se lanzaron a atraer nuevas inversiones, fue en abierta rivalidad entre ellas.
Esta competencia entre provincias, municipios y ciudades por fortuna no se dio con incentivos tributarios o subsidios –las reformas para eliminar alcabalas y crear un solo mercado nacional de 1992 y la tributaria de 1994 cerraron esa opción- sino ofreciendo a los inversionistas mejores servicios de infraestructura, agilidad en los trámites burocráticos, disponibilidad de mano de obra calificada, energía, agua, etc.
Un cambio extraordinario de la realidad económica de china como el aquí descrito, ha sido acompañada a todo lo largo del proceso que ya dura casi cuatro décadas, de una discurso orwelliano dónde Deng redefine la esencia del marxismo como “la búsqueda de la verdad sustentada en hechos,” abandonando así el dogma ortodoxo.
La combinación de una acelerada metamorfosis económica con un régimen político autoritario ha llevado a muchos a proponer el modelo chino como el paradigma del futuro. Coase y Ming disienten. Consideran que lo que le falta a China es un libre mercado de ideas, como el libre mercado instaurado en su economía.
Los autores consideran que ese libre intercambio de ideas sobrevendrá en China gradual pero inevitablemente, sobre todo ante una economía que se sustenta cada vez más en innovadores conocimientos técnicos, mientras continúa la consolidación de su auténtica economía de mercado con “características propias.”
Publicar un comentario