lunes, 30 de junio de 2014

La victoria cultural del ITAM: apuntes sobre poder, élites y economistas

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El jueves 29 de mayo decidí rendir tributo al pasado. Así que fui a escuchar a destacados economistas de la UNAM que participaban en el Coloquio de primavera de la Academia Mexicana de Economía Política. Bajo el inevitable título de A 20 años del TLC, los pesos pesados del keynesianismo mexicano se reunieron en Ciudad Universitaria para ponderar los efectos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Cualquier sabe que la ciudad letrada, o la universidad, forma el discurso, los cuadros y las redes que definen el rumbo político-económico de toda nación.
En este laberinto de clérigos laicos, se construyen las armas que construyen o aniquilan el futuro de los ciudadanos/súbditos cuyo destino es sufrir las políticas públicas emanadas de doctrinas que se propagaron, primero, en los campus que nos rodean. Darme una vuelta por el auditorio Jesús Reyes Heroles de la Unidad de Posgrado de la Facultad de Economía me sirvió para comprobar que el poder real ya no habita CU. La vieja meca del nacionalismo económico mexicano está en ruinas pese a contar con un ostentoso edificio que luce como remedo de cualquier Camino Real.  La Escuela de Economía cuyas vacas sagradas “reclutaban alumnos para el sector público y al mismo tiempo reproducían los profesionales que el Estado desarrollista necesitaba para su gestión” (Romero Sotelo M. E., 2011, pág. 36) no cuentan ya en la configuración de las élites mexicanas.



A las 10 de la mañana del jueves 29 de mayo, poco más de 20 personas se reunieron para inaugurar el Coloquio de Primavera, la mayoría veteranos académicos de la Facultad de Economía cuyos sueldos alcanzan para una apacible vida en San Ángel-Coyoacán pero cuyos estudios, consejos y dictámenes caen en saco roto pues los economistas keynesianos fueron arrinconados por la escuela monetarista, también conocida como neoliberal, cuya factoría de cuadros, o Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cumplió al fin la misión encomendada por los banqueros e industriales que fundaron este campus en 1946: dirigir los destinos económicos de este país.

Entonces un grupo de personas, los que organizamos la Asociación Mexicana de Cultura, pensamos que si había que alentar el desarrollo industrializador de México teníamos que tratar de cambiar la mentalidad de las gentes, porque con una mentalidad predominantemente de tipo socialista, izquierdizante, que era lo que predominaba en el medio político, no creíamos que fuera posible un desarrollo industrial. No era posible que este clima fuera alentador para la inversión de capitales, tanto mexicanos como extranjeros, para que México iniciara un nuevo periodo en su desarrollo, ahora predominantemente industrial. Esa fue esencialmente la razón que nos impulsó a crear el Instituto Tecnológico de México (Romero Sotelo M. E., 2011, pág. 36).

Las declaraciones del banquero Aníbal de Iturbide en 1988 revelan la función de los tres campus privados que la Asociación Mexicana de Cultura organizó en la postguerra mundial. Se trataba de manejar, algún día, “la economía tanto privada como pública de México” (Romero Sotelo M. E., 2011, pág. 37) . Tardaron pero lo lograron. 

Cambio de paradigma y recambio de élites 

El control y destrucción del Estado mexicano costaría varias décadas pero el objetivo final de la alta burguesía mexicana se logró hace tiempo. El desangelado ambiente que observé en el Coloquio de Primavera de la Asociación Mexicana de Economía Política pone de manifiesto la victoria total de los librecambistas. Tan colosal, por cierto, que no existe rendija alguna para el cambio de política económica a veinte años del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que, como bien señaló en el Coloquio el otrora influyente Rolando Cordera, nació “para constreñir los grados de libertad del estado mexicano y evitar el temido populismo”.
Es decir, un armazón legal que de facto destruyó la soberanía económica del Estado mexicano pues el capítulo XI del TLCAN sobre inversión define reglas muy estrictas para la flexibilización de capital o flujos especulativos y establece un panel de resolución de competencias que permite a cualquier empresa demandar al Estado mexicano impidiendo, de facto, toda veleidad expropiatoria, cualquier política de compras públicas a gran escala y todo atisbo de política industrial independiente, algo que señaló otro participante del Coloquio de Invierno, Jorge Alfonso Calderón Salazar. México es, hoy en día, un espacio colonial organizado a la medida del gran capital nacional y extranjero cuyo reflejo sistémico es el ascenso natural de las universidades privadas que ofrecen las herramientas y la ideología que esta nueva gobernanza requiere. 

ITAM vs UNAM: el triunfo final de los monetaristas 

El ascenso del ITAM como formadora de cuadros gubernamentales se percibe en cada nuevo cambio de administración.  Es la mafia itamita que controla el país, al decir de Proceso (Carrasco, 2014), cuya estrella temporal es el secretario de Hacienda Luís Videgaray Caso y que concluirá este sexenio el proceso de privatización de los hidrocarburos y la electricidad, cierre definitivo de un ortodoxia neoliberal que según Cristopher Ballinas necesitó desde 1982 “personal capacitado (…) ubicado en las secretarías estratégicas del cambio estructural”, razón por la cual “muchos de los que arribaron a la élite gubernamental (…) habían realizado su carrera en un solo sector de gobierno, el financiero, e, incluso, en una sola dependencia, la SHCP o la SPP” (Ballinas, 2001, págs. 558-559).
La Secretaría de Programación y Presupuestos, verdadero think tank de economistas neoliberales al servicio del presidente en turno, fue la rendija o engarce entre los itamitas del Banco de México y los puestos de mando del gobierno mexicano gracias a que “los criterios de homogeneidad ideológica” (pág. 559) prevalecieron por encima de toda lógica de promoción interna.
El posgrado en las universidades correctas de EEUU definió, más allá de la formación itamita, el ritual de paso para el reclutamiento en esta nueva élite que desde la prensa dio en llamarse tecnocrática. Pero como señala adecuadamente Ballinas esta supuesta tecnocracia no emergió del proceso natural de selección dentro de la administración del Estado, esquema operado desde 1946. Los veinte años de adiestramiento promedio en áreas específicas de gobierno que fue norma burocrática en tiempos del desarrollo estabilizador se transformaron en asalto rápido de los Chicago Boys al corazón del Estado mexicano.
Y en este movimiento tectónico la Facultad de Economía de la UNAM quedó no solo rezagada sino expulsado del paraíso burocrático La socióloga estadounidense Sarah Babbs contó esta parte de la historia en su imprescindible Managing Mexico:Economists from Nationalism to Neoliberalism (2001). El fracaso de dos de economistas formados en el cenáculo keynesiano de Cambridge –José Andrés de Oteyza en la Secretaría de Patrimonio y Fomento Industrial y Carlos Tello en su efímero paso por la dirección general del Banco de México en 1982. – precipitó el ocaso mediático e intelectual de la Facultad de Economía de la UNAM. Para Babbs pero también para otros críticos (Loria, 2002), el nuevo plan de estudios de 1974 que convertía la economía política marxista en instrumento principal de análisis e investigación finiquitó toda posibilidad que los egresados de la UNAM tuvieran papel alguno en la élite gubernamental que se definió a partir de 1982.
Los unamitas que medraron en el poder federal -de Carlos Salinas a Jaime Serra Puche pasando por Manuel Camacho Solís- se habían convertido a la doctrina neoliberal gracias a su segundo adoctrinamiento en universidades estadounidenses. Otros como Oteyza aprendieron a mudar convicciones y se adaptaron fácilmente al nuevo orden colonial. La presidencia de OHL México es buena muestra que aquel hijo de exiliados españoles aplicaba las puertas giratorias sin problema alguno. 

El poder itamita y la coyuntura histórica 

La ruta del itamita al poder se volvió tan obvia que ya no es noticia. El sexenio de Calderón (2006-2012) incluyó cinco secretarios de Estado –“Alejandro Poiré, de Gobernación; José Antonio Meade, de Hacienda; Salomón Chertorivski, de Salud; Dionisio Pérez Jácome, de Comunicaciones y Transportes, y Francisco Mayorga, en Agricultura” (Aguirre, 2012)- pero su verdadero baño de poder se dio con el presidente Zedillo que amplió la red itamita con tres personajes claves de su gabinete:  “Jesús Reyes-Heroles González-Garza, quien llegaría a ser secretario de Energía; Luis Téllez Kuenzler, jefe de la Oficina de la Presidencia, y Diódoro Carrasco Altamirano, secretario de Gobernación” (Aguirre, 2012). El despliegue masivo de itamitas fue aún más visible entre 1999 y 2009 pues decenas de egresados se encumbrar en todo el poder federal, “mismos que rápidamente comenzaron a desplazar a los egresados de la UNAM en las posiciones más relevantes dentro de esa dependencia, de la mano de Francisco Gil Díaz” (Aguirre, 2012).
Este esquema de puente-relevo de élites fue posible gracias a la protección de destacados unamitas conversos a la religión neoliberal empezando por Jesús Silva-Herzog Flores cuyo viraje neoliberal resume la historia habitual de la familia revolucionaria en su camino de vuelta a la buena sociedad. Otro vástago de la revolución, Carlos Salinas de Gortari fue el primer (y último) egresado de la Escuela Nacional de Economía que llegó a la presidencia de la República rompiendo el largo reinado de los abogados de la UNAM que se sostuvo, ininterrumpidamente, entre la presidencia de Miguel Alemán (1946-1952) y la de Miguel de la Madrid (1982-1988). Así fue Salinas el primero en nombrar a un destacado itamita, Pedro Aspe Armella, como Secretario de Hacienda y Crédito Público para todo su sexenio La UNAM, dicho en las lacónicas palabras de un periodista-enterrador, “ha quedado rezagada por su nunca abandonado amor al marxismo” (Sarmiento, 2011)
Tal y como recordaba la revista Poder 360° (Aguirre, 2012), la primera señal de la omnipresencia itamita se dio a mediados de los noventa cuando los egresados nacidos entre 1968 y 1972 empezaron a copar puestos en la administración federal, proceso consolidado con la llegada de Acción Nacional al poder aunque los alumnos de esta institución no pecan de panistas. Siendo muchos de ellos hijos de se sienten representados por el Revolucionario Institucional que hizo ricos a sus ancestros y propulsó la carrera política de sus padres.
Los vástagos del sistema político priista forman parte de una red familiar, geográfica y de clase que tiene en la universidad fundada por Raúl Baillères (1895-1967) un lugar donde reconocerse y socializar. Ni siquiera necesitan ser talentosos. Los nerds hábiles en matemáticas les hacen sus trabajos y la prole clasemediera compite por su amistad esperando que los juniors sean su boleto a un futuro mejor. Las mujeres son minoría en este cenáculo de actuaría, econometría y administración así que las chicas Ibero asumen una prospectiva función sentimental/matrimonial entre los itamitas. Aunque tampoco hay que engañarse: sin el doctorado en Yale, Chicago, Harvard o Stanford ningún itamita llega las grandes ligas del poder federal.
En Río Hondo hay clases y castas pero igual la inversión rinde: 4.961 alumnos inscritos en todas sus carreras son nada en comparación con los 337.763 de la UNAM pero cuando 60% egresa con empleo y la mitad de los ex alumnos tiene puestos directivos en empresas o gobierno se entiende porque estos campus fundados y administrados por la alta burguesía mexicana tienen tan alta demanda.

La victoria cultural del itamismo 

Aquella Academia Vázquez donde los padres ricos mandaban a sus hijos menos dotados para agandallarse un título patito (Gil Díaz, 2012) en la década de 1950 forjaría tres décadas más tarde una “constelación de economistas” que siguiendo “el enfoque neoclásico” daría la hegemonía política a los “Chicago Boys que hay en México” (Gil Díaz, 2012, pág. 43) pero esta mutación histórica no puede entenderse sin el proceso histórico que lo acompañó. Los empresarios que fundaron el ITAM tuvieron suerte. El Banco de México estaba por formar su semillero de economistas profesionales, expertos en matemática y estadística, dentro de la ortodoxia financiera y por ello libres de influencias marxistas.
Raúl Baillères, fundador y patriarca del ITAM, tuvo gracias a la autonomía universitaria concedida en 1963 la capacidad de ponerse bajo el ala del llamado grupo Hacienda que convirtió el pequeño tecnológico en semillero de profesionales especializados. En esta sinergia activa, se contrataron como profesores a destacados y jóvenes economistas de Banxico que terminarían por encauzar la política monetaria del país: Miguel Mancera, Gustavo Petricoli, Leopoldo Solís o Manuel Uribe. El primero fue entre 1982 y 1998 director del Banco de México mientras que Perticoli dirigió la SHCP en el tramo final de De la Madrid.
Desde la creación en 1957 del grupo de trabajo Hacienda-Banxico, con Antonio Ortiz Mena y Rodrigo Gómez en cada bando, se creó una estructura de mando (Romero Sotelo, 2014) que pervive hasta nuestros días. Desde aquel entonces quedó establecido que la SHCP manejaría la política fiscal y Banxico se encargaría de la política monetaria pero este órgano conjunto sentó las bases del famosos y fenecido desarrollo estabilizador (inversión pública+estabilidad cambiaria+disciplina fiscal) cuyas diferencias con el actual modelo neoliberal eran, pese a todo, notables: crédito y fomento industrial eran, junto a la inversión pública, prioridades del Banco de México pero la búsqueda de técnicos especializados para Banxico terminó por promover una escuela de cuadros que a la muerte de RG en 1970 acabó dominando la primera institución de crédito público de México.
El triunfo de la escuela ortodoxa monetarista no fue casualidad ni conspiración pues los partidarios de la sacrosanta estabilidad monetaria ya estaban presentes en la economía monetaria desde el porfiriato. La escuela del ITAM se nutre de estas raíces, estas clases y estas redes familiares pues

Miguel Mancera, uno de los principales artífices intelectuales de la nueva ortodoxia, es hijo de Don Rafael Mancera, Subsecretario de Montes de Oca. Francisco Gil Díaz, es nieto de Don Alfonso Díaz Garza, Presidente del Banco Internacional, fundado por Don Luis Montes de Oca y donde siempre tuvo un papel destacado Gustavo L. Velasco, uno de los más influyentes liberales mexicanos. Pedro Aspe y Ernesto Zedillo son también discípulos (y luego profesores) del ITAM, en cuyo plan de estudios influyó de manera determinante Manuel Palacios Macedo, auténtico profesor emérito, cuyo célebre memorándum de 1937 tiene “status” casi bíblico! (Dávila, 2004 (27-29 de octubre), pág. 3)

La raigambre librecambista, teñida de nostalgia colonial tanto por el imperio fenecido (España) como por el emergente poder mundial (Estados Unidos) es la marca criolla de esta Escuela del ITAM que a partir de 1982, y tras el colapso del modelo desarrollista, adopta la estrategia de la conquista total de las élites incluyendo los egresados de la UNAM provenientes de las familias de la aristocracia política priista cuyos vínculos con los capitanes de industria eran naturales e incestuosos.
El ITAM se funda en 1946 para formar los “profesionistas especializados” que necesitaría a futuro Grupo Cremi, el holding empresarial de Raúl Baillères (1895-1967). No fue otra cosa que una copia defeña del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey que Eugenio Garza Sada, patriarca de la industria regiomontana, organizara en su ciudad natal tres años antes para aplicar en México lo principios de administración de empresas al estilo americano. Como bien señalaba Jorge A. Orozco, el ITESM, el TEC y la Universidad Iberoamericana, obra también de Baillères, nacen para “evitar los más posible que algunas circunstancias quedaran en manos ajenas a sus propios proyectos” (Orozco, 1983, pág. 39). Los cuadros y dirigentes del sector privado se formaría, pues, lejos de las contaminación ideológica de las universidades públicas.

Francisco Gil Díaz, el Milton Friedman mexicano

En el esquema binario de la guerra fría y la ortodoxia económica del capital, aquellos licenciados serían la falange empresarial que algún día recuperaría el control de México perdido tras la infausta revolución de 1910. Este retorno a los buenos tiempos de Don Porfirio se consolidó, como es sabido, durante la presidencia de Salinas de Gortari que ratificó el poder perenne del grupo Hacienda donde destacaron personajes clave como Francisco Gil Díaz, jefe del Departamento Académico de Economía y director del programa de la Licenciatura de Economía en el ITAM que entre 1972 y 1978 aplicó los preceptos del monetarismo en sus aulas.
Red de influencia que Gil Díaz agrandó usando en beneficio de sus alumnos los programas de capacitación en el Banco de México y la Secretaría de Hacienda y Crédito Público” (ITAM, 1999, pág. 5) que manejaba él mismo. Las becas de posgrado en universidades de la Ivy League donde los mejores alumnos del ITAM aprendían la doctrina del laissez faire mientras socializaban con los gurús, los empresarios y los funcionarios de Estados Unidos fue la verdadera puerta de acceso al nuevo mundo neoliberal cuyas reglas acabarían siendo de obligada obediencia en México.
Francisco Gil Díaz, “maestro” y “líder indiscutible” de los itamitas -el Milton Friedman mexicano, al decir de su exalumno Mario di Constanzo- tendió el puente esencial entre la Universidad de Chicago y el ITAM. Arnold C. Harberger fue su mentor, lo cual no es pecqta minuta. Este reconocido académico fue el verdadero impulsor de los Chicago Boys del pinochetismo (Rosende, 2007) que reestructuraron la economía de Chile bajo la cobertura del terror dictatorial como cuenta, al detalle, La Escuela de Chicago: Operación Chile de Juan Gabriel Valdés (1989). El padre fundador del neoliberalismo en América Latina consideró en su solemne discurso del 4 de noviembre de 1999, que Francisco Gil Díaz fue uno de los grandes héroes del cambio económico en América Latina mano a mano, por ejemplo, con Domingo Cavallo, quien apenas dos años después se convertiría en símbolo del corralito y el colapso de la economía argentina.
Paco Gil Díaz no solo construyó la ruta de Chicago por la cual transita hoy la economía mexicana sino que insertó su ideología en la Dirección General de Programación Económica y Social de la Secretaría de la Presidencia, organismo técnico creado por el presidente Echeverría en 1971 donde un think tank de economistas liberales –entre otros Leopoldo Solís, Ernesto Zedillo, Guillermo Ortiz o Manuel Camacho Solís- intentaba rectificar la estrategia inflacionaria de desarrollo.
Tardaron diez años en conseguirlo, convertidos ya en Secretaría de Programación y Presupuesto, pero la fusión de intereses entre la alta burguesía y la alta administración, el cinismo cleptocrático de la clase política y el cambio de ciclo a nivel mundial se combinaron para convertir la década populista (1969-1982) en debacle final del nacionalismo mexicano. La democracia empresarial y colonizada que surgió sobre las ruinas del estado-nación mexicano no necesita economistas críticos ni política industrial. El capitalismo mexicano de la dependencia asume su condición bananera y como bien recordó Rolando Cordera el 29 de mayo del 2014 ni siquiera el PRD (o Morena) se plante algo tan simple como la salida de México del TLCAN.
La victoria cultural del PAN no fue la aceptación de la democracia y el Estado de derecho por todo el espectro político mexicano, como repetía Carlos Castillo Peraza, sino el final negociado (o silenciado) del Estado mexicano que renunció a todo atisbo de soberanía para garantizar la tasa de ganancia de unos pocos. Esta larga coyuntura histórica no se explica realmente sin esta íntima renuncia al legado de la revolución mexicana por parte de los principales actores políticos durante esta larga marcha hacia la democracia de mercado y la integración asimétrica a Estados Unidos.
El absoluto predominio de los itamitas en los círculos del poder complica todo proceso de cambio, siquiera fuera cosmético, porque la teoría neoclásica de la economía, con sus nuevos arcanos econométricos, solo responde a una inquietud: “¿Cómo se puede destruir lo que queda del Estado de bienestar y las instituciones que obstaculizan la explotación de las clases trabajadoras?” (Nadal, 2012) Su extrema vulgaridad es lo de menos. Se defiende este agotado modelo de crecimiento porque es el que conviene al gran capital. La ciudad letrada, as usual, solo se encarga de legitimar con palabras, ecuaciones o teoremas el injusto reparto de la riqueza. Para eso sirve el Instituto Tecnológico Autónomo de México y por eso sus egresados mutaron en cúpula del poder.
Como constataron los académicos reunidos en el Coloquio de Primavera, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte definió una época. La nuestra. La reforma energética del 2013 ratificó el exitoso final de esta cruzada itamita: “En el día de hoy, cautiva y desarmada la revolución mexicana, han alcanzado las tropas monetaristas sus últimos objetivos económicos. La guerra ha terminado”
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