viernes, 28 de noviembre de 2014

Devastadora crítica a Piketty

 
La gran historiadora y economista Deirdre McCloskey acaba de publicar una crítica magistral (http://www.deirdremccloskey.org/docs/pdf/PikettyReviewEssay.pdf) al ya célebre libro de Thomas Piketty Capital en el siglo XXI, comentario que será publicado en el Erasmus Journal of Philosophy and Economics en fecha próxima.
Conocí a McCloskey hace cuatro décadas cuando me dio una magnífica clase de teoría de precios —en la Universidad de Chicago nunca se le llamó microeconomía— y he seguido sus contribuciones a la historia económica y a la filosofía política, culminando con sus cuatro volúmenes sobre las virtudes de la burguesía.



En primer término, McCloskey subraya que Piketty no entiende cómo operan los mecanismos de la oferta y la demanda cuando afirma que “si la oferta de cualquier bien es insuficiente y su precio es muy elevado, entonces la demanda por ese bien debe caer, lo que conduciría a una caída en su precio”.
McCloskey señala que a sus estudiantes de primer semestre les enseña cómo se restaura el equilibrio en el mediano y largo plazos “cuando el precio es muy alto,” mediante el desplazamiento de la curva de oferta a la derecha. Es decir, el alto precio genera incentivos para que nuevos oferentes accedan al mercado y eleven la oferta.
Esto se puede ilustrar con el embargo petrolero que realizó la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en 1973: el cártel petrolero restringió la oferta de crudo —desplazó la curva de oferta a la izquierda— lo que hizo subir el precio en forma importante, lo que resultó en una menor cantidad demandada de derivados del petróleo en el corto plazo.
Los nuevos precios generaron incentivos para que campos petroleros que no eran rentables al anterior precio fueran otra vez atractivos, y que países como el Reino Unido, Holanda y México empezaran a producir grandes cantidades en flamantes campos que en la nueva situación resultaban muy rentables.
La forma en que interactúan los precios con la oferta y la demanda, generando incentivos para ofrecer y demandar más o menos según sea el movimiento del precio, no parece entenderla Piketty, como lo revela bien pronto, en la página seis de su libro de 696 hojas.
En la mejor tradición catastrofista de Malthus y Ricardo, que también concluyeron que habría una concentración de la riqueza, en su caso en los terratenientes, pues la cantidad de tierra era finita frente a una población que crecía muy rápido, las rentas se irían al cielo, Piketty también ignora la reacción de la oferta ante mayores precios.
Piketty, siguiendo a Marx, considera que los “capitalistas” son quienes concentrarán la riqueza hacia el futuro, en la medida que el rendimiento al capital (r) sea superior a la tasa de crecimiento de la economía (g) y, voilà, tenemos su famosa ecuación r>g que condena a una siempre creciente concentración de la riqueza.
La desigualdad la sustenta Piketty en la riqueza heredada de generación en generación, aunque en ningún momento parece percatarse que la evidencia empírica señala algo completamente opuesto, lo que resulta evidente al observar la lista de los más ricos del mundo, que hoy en día nos son Rockefeller, Getty o Mellon.
Piketty ignora por completo el “capital humano,” es decir la educación, que en los últimos 150 años ha sido por mucho la forma de capital que ha crecido con mayor celeridad por lo que las rentas que corresponden al resto del capital, incluyendo las de la tierra rural y urbana, constituyen una fracción decreciente del Producto Interno Bruto (PIB).
Este es un gravísimo error en el texto de Piketty, que muestra según McCloskey, también un grave problema ético: lo que nos debe preocupar no es la distribución de la riqueza sino la existencia de pobreza. La prioridad debiera ser no redistribuir entre unos y otros sino generar las condiciones para eliminar la pobreza.
Lo que ha permitido abatir la pobreza es el crecimiento económico que ha logrado hacer crecer el pastel y no sólo redistribuirlo. McCloskey cita que el habitante medio de Suecia, el segundo país más pobre de Europa en 1800, ganaba tres dólares diarios (a precios de hoy) mientras que ahora la cifra correspondiente es 150 dólares por día.
En síntesis, McCloskey destroza las conclusiones de este texto que proclama que la solución a la creciente concentración de la riqueza se encuentra en un Estado que adopte impuestos confiscatorios a los ricos para dárselos a los pobres —después de pagarle a una pesada burocracia, por supuesto—, por la sencilla razón de que el autor no entiende el mecanismo de precios en una economía de mercado.
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