sábado, 29 de noviembre de 2014

El estado corporativo de EEUU

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 No llevó mucho tiempo a los opositores del mercado lanzarse sobre los acontecimientos de 2008. Se dijo que el crash demostraba lo destructivo que podía ser el “capitalismo desregulado” y lo dañinos que eran sus defensores: después de todo, los librecambistas se oponían a los rescates, que supuestamente salvaron a los estadounidenses de otra Gran Depresión.
En The Great Deformation, David Stockman, ex-congresista de EEUU y director del presupuesto bajo Ronald Reagan, cuenta la historia de la crisis reciente y se dirige directamente contra la idea convencional que atribuye al gobierno y a Ben Bernanke el rescate de los estadounidenses ante otra Gran Depresión. En esto ha realizado una contribución seminal. Pero hace mucho más que esto. Ofrece un relato revisionista general de la historia económica de EEUU desde el New Deal hasta la actualidad. Refuta mitos ampliamente apoyados acerca de los años de Reagan y la desaparición de la Unión Soviética. Se ocupa del crecimiento y expansión del estado del bienestar. Demuestra con precisión cómo la Fed enriquece a los poderosos y los protege de los mercados libres. Demuestra la endeblez de la actual supuesta recuperación. Sobre todo, demuestra que los intentos de culpar al “capitalismo” de nuestros problemas económicos es algo absurdo y revela un completo desconocimiento de cómo se ha deformado la economía a lo largo de las últimas décadas.



The Great Deformation se ocupa de los argumentos habituales a favor de los rescates que oímos en 2008 y constituyen la idea convencional incluso hoy. El “efecto contagio” extendería la crisis financiera por toda la economía, mucho más allá de unas pocas empresas de Wall Street, se nos dijo. Sin rescate, no se habrían pagado las nóminas. Los cajeros automáticos se apagarían. Sabias decisiones políticas del Tesoro y la Fed impidieron estos y otros escenarios de pesadilla e impidieron una segunda Gran Depresión.
El rescate de AIG, por ejemplo, se llevó a cabo ante un telón de fondo de una completa histeria. AIG fue rescatada para proteger Main Street, se dijo al público, pero prácticamente ninguno de los seguros de CDS impagados de AIG estaba en bancos de Main Street. Incluso en Wall Street los efectos se limitaron a una docena de empresas, teniendo cada una de ellas un amplio colchón para absorber las pérdidas. Gracias al rescate, no tuvieron ni un dólar de pérdida. “El rescate”, dice Stockman, “trataba de proteger las ganancias a corto plazo y los bonos anuales de ejecutivos y traders”.
Diez años antes, la Fed había enviado una señal bastante clara de su política futura cuando dispuso un rescate de un fondo de inversión llamado Long Term Capital Management (LTCM). Si esta empresa tenía que rescatarse, concluía Wall Street, no había límite a la locura a la que la Fed no respaldara con dinero fácil.
LTCM, dice Stockman, era “un indignante siniestro total financiero que había llegado a niveles de apalancamiento de 100 a 1 para financiar gigantescas apuestas especulativas en mercados de divisas, valores, bonos y derivados en todo el mundo. La completa imprudencia y escala de las especulaciones de LTCM no tenía paralelo en la historia financiera estadounidense (…) LTCM apestaba hasta el cielo y no tenía absolutamente ningún derecho sobre autoridad pública, recursos o siquiera simpatía”.
Cuando el S&P aumentó un 50% por encima de los siguientes quince meses, no fue una señal de que las empresas estadounidenses vieran sus perspectivas de beneficio aumentar en la mitad. Por el contrario, indicaba una confianza de Wall Street en que la Fed impediría que los errores de inversión sufrieran el usual castigo del mercado libre. Bajo este “sucedáneo de capitalismo”, las medias de las bolsas reflejaban “jugo monetario esperado del banco central, no un crecimiento anticipado de beneficios de las empresas en un mercado libre”.
No solo eran empresas concretas las que disfrutarían de la generosidad de la Fed bajo los presidentes Alan Greenspan y Ben Bernanke: fue toda la bolsa. Según Stockman, la política de la Fed pasó a centrarse en el “efecto riqueza”: si la Fed impulsaba más al alza los precios de los valores, los estadounidenses se sentirían más ricos y sería más probable que gastaran y tomaran prestado más, estimulando así la actividad económica.
Esta aproximación política, a su vez, prácticamente obligaba a los rescates que llegarían algún día. Cualquier cosa que pudiera rebajar los precios de las acciones frustraría el efecto riqueza. Así que el sistema tenía que mantenerse en alto por todos los medios posibles.
¿Qué tiene que demostrarse esta política? Stockman da la respuesta:
Si los planificadores monetarios centrales han estado tratando de crear empleos mediante el método indirecto de los “efectos riqueza”, tendrían que estar profundamente abrumados por su incompetencia. Lo único que ha ocurrido en la portada de la creación de empleo durante la última década es una expansión masivo de brigada de los trabajadores de la bacinilla y el diploma, es decir, empleo en enfermerías, hospitales, agencias de salud en el hogar y universidades con ánimo de lucro. De hecho, el complejo sanitario equivale a todos los empleos creados en Estados Unidos desde finales de la década de 1990.
Al tiempo, el número de trabajos de sustento no aumentó en absoluto entre enero de 2000 y enero de 2007, permaneciendo en 71,8 millones. Los auges de vivienda, bolsa y consumo familiar solo habían hecho que esta lamentable estadística hablara por sí misma. Cuando consideramos todo el periodo de doce años que empieza el año 2000, ha habido una ganancia neta de 18.000 empleos por mes, un octavo de la tasa de crecimiento en la fuerza laboral.
Tras el crash, la Fed ha continuado estimulando la bolsa. En septiembre de 2012 el S&P había aumentado un 115% desde sus mínimos durante el declive. De los 5,6 millones de trabajos de sustento perdidos durante la corrección, solo se habían recuperado 200.000 por aquel entonces. Y durante la tan cacareada recuperación, las familias estadounidenses gastaron 30.000 millones de dólares menos en alimentos y comida en el otoño de 2012 de lo que gastaron durante el mismo periodo de 2007.
La repentina aparición de enormes déficits presupuestarios en años recientes, explica Stockman, simplemente pusieron de manifiesto lo que las condiciones de burbuja de los años de Bush habían ocultado. La falsa riqueza de los auges de vivienda y consumo rebajó temporalmente la cantidad de dinero gastada en programas de protección social y aumentó temporalmente la cantidad de ingresos fiscales recibidos por el gobierno. Al reducirse esta falsa prosperidad, empezó a aparecer el verdadero déficit, que simplemente se había suprimido con estos factores temporales.
Todo el tiempo, la Fed nos había asegurado que Estados Unidos estaba experimentando una verdadera prosperidad. “Inundando Wall Street con dinero fácil”, escribe Stockman, la Fed
veía aumentar los índices bursátiles y declaraba estar contenta con los “efectos riqueza” resultantes. Convirtiendo los hogares de la nación en cajeros automáticos dispensadores de deuda, era testigo de un auge en el consumo familiar y se maravillaba de que los datos macroeconómicos “entrantes” fueran mejores que los esperados. Que estas deformaciones se confundieran con prosperidad y crecimiento económico sostenido atestigua la eterna locura de las doctrinas ahora de moda en el Edificio Eccles.
Stockman también explica la condición fiscal del gobierno de EEUU. Parte de esa historia le lleva al rearme militar de Reagan. Stockman no está en la historia que se oye en las convenciones republicanas de la década de 1980. La verdadera historia es la que se sospechaba: un frenesí alimenticio de programas arbitrarios e irrelevantes que, una vez iniciados, solo podían detenerse con grandes dificultades, si es que era posible, dados los empleos que dependían de ellos.
Pero al menos este rearme produjo el colapso de la Unión Soviética, ¿no? Stockman no se lo cree. “Los 3,5 billones de dólares gastando en defensa durante el mandato de Gipper no hicieron que el Kremlin mostraran la bandera blanca de rendición. Prácticamente nada se gastó en programas que amenazaran la seguridad soviética o disminuyeran su disuasión nuclear estratégica”.
En el centro del rearme defensivo de Reagan (…) había una gran doblez. Los tambores de guerra hacían sonar una amenaza nuclear estratégica que prácticamente ponía en peligro la civilización estadounidense. Pero el dinero se dedicaba a tanques, material anfibio de desembarco, helicópteros de apoyo aéreo y una enorme armada convencional de barcos y aviones.
Estas armas eran de poca utilidad en el equilibrio nuclear existente, pero eran muy apropiadas para misiones imperialistas de invasión y ocupación. Por tanto, paradójicamente, el rearme defensivo de Reagan estaba justificado por un Imperio del Mal que estaba desvaneciéndose rápidamente, pero que acabó usándose para lanzar guerras electorales contra un Eje del Mal que ni siquiera existía.
Lo que realmente echó abajo a la Unión Soviética fue su propia dirección de la economía, un punto que, señala Stockman, los economistas libertarios han señalado durante mucho tiempo. Los neoconservadores, por otro lado, hacían afirmaciones ridículas acerca de las capacidades soviéticas y la economía soviética en un momento que su decrepitud debería haber sido evidente para todos. Estas afirmaciones disparatadas acerca de los enemigos del régimen continuaron siendo una práctica normal de los neocones mucho después de que pasaran los años de Reagan.
Para hacerle justicia, The Great Deformation requiere en realidad dos o tres revisiones. Una podría dedicarse solo al sorprendente análisis de Stockman del New Deal. Stockman plantea y luego defiende estos y otros argumentos: el sistema bancario se había estabilizado mucho antes de la mala idea de las “vacaciones bancarias” de FDR; la economía ya había doblado la esquina antes del acceso de FDR y empeoró de nuevo como consecuencia de la conducta de FDR en el interregno; el New Deal no fue un programa coherente de estímulo keynesiano, así que no tiene sentido que los keynesianos saquen lecciones de él; la “depresión dentro de la Depresión” de 1937 no la causó un recorte fiscal y el legado principal de FDR no es la recuperación económica, que se hubiera producido más rápidamente sin él, sino más bien el impulso que dio al capitalismo de compinches en un sector de la economía tras otro.
Podéis haber deducido que The Great Deformation debe ser un libro largo. Lo es. Pero su asunto es tan interesante y su estilo en prosa tan vivo y atractivo que apenas notaréis que pasa el tiempo.
El objetivo del libro de Stockman es casi cualquiera del establishment político y mediático. Los moldeadores de opinión de la izquierda liberal (que quieren que creamos que son los defensores del hombre común) apoyaron los rescates en cifras abrumadoras. Entretanto, Herman Cain daba lecciones a los “puristas del libre mercado” por oponerse al TARP y prácticamente toda la lista de candidatos del Partido Republicano lo habían apoyado en 2012. Ambos bandos, en conjunción con los medios oficiales, repitieron las mismas historias de miedo del régimen sin reparos. Y ambos bandos no podían pensar sino en cosas buenas que decir acerca de cómo había gestionado la Fed la economía en el último cuarto de siglo.
El mercado libre queda exonerado de las acusaciones lanzadas por el estado y sus aliados.
Gracias a The Great Deformation, no queda en pie ni una brzina de la propaganda del régimen. Este es verdaderamente el libro que estábamos esperando y tenemos una gran deuda con David Stockman.

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