martes, 7 de julio de 2015

Copa América: lecciones latinoamericanas

Copa América: lecciones latinoamericanas

Por Álvaro Vargas Llosa
¿Cabe una lectura política y cultural de la Copa América? En la imaginación cabe todo; inclusive eso. Pero una primera novedad en esta Copa América con respecto a otras sería, justamente, que pocas veces en décadas recientes ha sido más fácil hacer ese juego asociativo entre lo que pasa en la cancha y lo que sucede en los Estados y las sociedades de los países allí representados, lo que no excluye la relación entre gobiernos y países. La conexión parece ser, esta vez, algo más notoria o susceptible de ser fantaseada.


Entre los paralelos más obvios está el que existe entre el fútbol que está practicando Brasil y el declive político, económico y ético que experimenta la potencia sudamericana. Entre 2010 y 2015, Brasil ha dado como país emergente un salto cualitativo, pero no hacia arriba, sino hacia abajo. Los porqués de esa mudanza de nivel preceden a los signos visibles de esa decadencia, que llevan cinco años y abarcan desde las cifras macroeconómicas hasta la descomposición política y la crispación social. Pero los porqués importan menos, a efectos de esta asociación, que los hechos recientes.
¿Cómo puede resumirse en una breve idea lo que era el fútbol brasileño que tantos admirábamos? Quizá no sería incorrecto decir que era un vertiginoso movimiento de espontaneidades coordinadas entre sí por una mano invisible que parecía gobernarlas con un orden definido. Pues bien: el fútbol que ha practicado Brasil en esta Copa América, como el que hizo en el reciente Mundial, es la versión delicuescente de aquel deporte que antes practicaba. Es como si se le hubiese secado la imaginación y como si el orden que parecía coordinar milimétricamente esas manifestaciones individuales del genio hubiese sido reemplazado por el desgobierno y la desgana. ¿No es eso, precisamente, lo que vive Brasil como país? El populismo que gastó más de lo que había y secó la imaginación de la economía productiva disolvió el orden de las cosas para dejar tras de sí un caos en el que no está claro el rumbo ni están coordinadas las distintas piezas del sistema. En ese clima, el de la ausencia de reglas, ha proliferado la corrupción, que es la privatización del sistema de leyes, empresas públicas y relaciones entre partidos políticos y la sociedad.
La mano infantil de Thiago Silva contra Paraguay, el cansancio de Willian, el inoperante mediocampo brasileño y otras cosas vistas en Chile expresan eso: un país desconcertado, un líder que se ha olvidado que es líder (muy distinto, y peor, que olvidarse de cómo ser líder). Aunque América Latina es muy diversa -y así como hay quienes lo están haciendo muy mal, otros están haciéndolo bien-, en líneas generales, por el peso desproporcionado de países importantes de la región mal gobernados, puede hablarse de una degeneración de la función básica del Estado en la región. ¿De cuál función hablamos? De la aplicación neutral de reglas de juego definidas y conocidas por todos sin que el Estado haga notar su presencia excesivamente.  En distinto grado, los Estados latinoamericanos están lejos de cumplir esa función, quizá la causa mayor del estado semidesarrollado en que están estos países.
Pues bien: el arbitraje de la Copa América, el peor de que yo tenga memoria en la historia reciente de este certamen, ha sido un perfecto reflejo de dicho mal. Los árbitros no han sido neutrales, no han aplicado reglas generales conocidas por todos, ni han dejado que los jugadores -la sociedad- sean los protagonistas. La actuación, por ejemplo, de Enrique Osses en el Brasil-Colombia o de Sandro Ricci en el Chile-Uruguay no sólo fue risible (y determinante en los resultados): expresó cabalmente al Estado latinoamericano.
El mercantilismo -torcer las reglas para favorecer a unos y perjudicar a otros- es un mal del Estado de estos países desde siempre, pero lo es especialmente en tiempos de vacas gordas, cuando hay más que ganar. En tiempos de vacas más flacas, en cambio, el sistema degenera en otra cosa, que el sociólogo Stanislav Andreski definió en los años 60 como “desollar o ser desollado” (“to skin or be skinned”). La sensación, en muchos partidos de la Copa América, fue esa: que, percibidores de la ausencia de reglas claras, justas e imparciales, y de una autoridad encargada de aplicarlas de manera previsible, los equipos entendieron que, o bien desollaban al rival, o el rival los desollaba a ellos.  Una vez que entraron en esa dinámica, los árbitros se fueron inclinando por unos u por otros según el partido.
La expulsión determinante y equivocada de Cavani -independientemente de los méritos de Chile- o las dos tarjetas amarillas injustas a Neymar, origen de todo lo que desembocó en su sanción, nos hablan del colapso de la autoridad como ente regulador y su degeneración en ente desorganizador.
Es deliciosa y escalofriante la anécdota de Messi acercándose al árbitro Roberto García, en el Argentina-Colombia, para quejarse del juego violento contra él y algunos de los suyos, y recibiendo esta respuesta: “Esto es América y aquí se juega así”. No sé hasta qué punto el hombre de negro era consciente de estar expresando un rasgo esencial de la América Latina menos edificante: su “renuncia” a los valores occidentales bajo la influencia del nacionalismo que niega la pertenencia a un espacio cultural más amplio. No, señor García, la violencia no es un valor autóctono que nos diferencie orgullosamente del mundo europeo: es un estado de barbarie del que, en el largo curso de la civilización occidental -y América Latina es una comarca importante de ese espacio desde hace siglos-, los seres humanos han ido despojándose para crear instituciones, formas de convivencia, reglas de juego.
En Europa -como acaba de demostrar la Champions League y demuestran las ligas nacionales todo el tiempo- también se emplea la rudeza, a veces de muy alta intensidad. Pero cuando se hace eso, no hay por parte de las autoridades un discurso justificatorio basado en una excepcionalidad cultural, sino un conjunto de reglas y procedimientos para corregir, prevenir o impedir una repetición de esa violencia. Aun si esto falla, existe una censura social, una opinión pública movilizada, que pretende recordar la prevalencia de ciertos valores aun si no son honrados.
El exceso de violencia que ciertos jugadores de la Copa América han empleado no ha ayudado a mejorar, por cierto, el fútbol de sus equipos, que por lo demás no necesitan de ella para obtener triunfos. Soy de la opinión que en el caso colombiano ha significado un perjuicio que coloca a la actual selección por debajo del nivel exhibido en el Mundial. También creo que un par de jugadores del excelente equipo chileno excesivamente físicos han perdido creatividad y concentración por hacer del roce extrarreglamentario su prioridad. Para no hablar de los tradicionales uruguayos y paraguayos.
La violencia se ha apoderado de todos los países de la región en la última década, como se sabe. El fútbol latinoamericano, que era creativo y físico sin ser violento, hoy tiene también una dimensión violenta que no es difícil vincular con el deterioro de las relaciones entre seres humanos en los propios países.
Otros aspectos culturales de la Copa América merecen mención. El caso argentino es interesante: no hay entre esta selección y la hinchada argentina el mismo grado de compenetración que hubo entre otras selecciones argentinas y su público. Es posible que la sientan demasiado europea. Siempre han percibido a Lionel Messi, formado en La Masía del Barcelona FC y de talante tranquilo, más distante que a Maradona. Pero ahora la dimensión europeizante del fútbol de la selección abarca a la mayoría de sus futbolistas. En un país de inmigrantes que solía considerarse muy poco latinoamericano -¡y que en tiempos de Carlos Menem llegó a coquetear con la idea de ingresar en la OTAN!-, esto es raro. Tratándose de la Argentina de Borges, el genio literario que escribió sobre sagas nórdicas y literatura medieval inglesa con el mismo fervor que sobre el patriotismo argentino y los barrios de su ciudad, y que se fue a morir a Suiza, hay algo decididamente extraño en esta actitud. Quizá refleje el retroceso importante que ha experimentado Argentina en las décadas recientes, lo que Mariano Grondona llamó en un ensayo el “des-desarrollo” de Argentina y el tránsito del cosmopolitismo y la globalización al ensimismamiento nacional. Veremos si la decisión del “apache” Tévez de dejar la Juventus y volver al Boca Juniors ayuda en el futuro a acortar la distancia entre el public argentine y un equipo al que siente europeizante.
Otro hecho latinoamericano que parece reflejarse en el fútbol es el ascenso de la Alianza del Pacífico. El respeto exterior por Chile no es novedad, desde luego, pero solía provenir sobre todo desde fuera de Sudamérica. En la Copa América, el peso chileno, la nueva valoración sudamericana de Chile, se ha notado en ciertos detalles. La sanción muy moderada contra Gonzalo Jara (si se la compara con la de Neymar o incluso la de Luis Suárez durante el Mundial), por ejemplo. En otros tiempos, Brasil habría movido fuerzas institucionales para reducir o revertir la sanción de Neymar: esta vez ni siquiera lo intentó. En otros tiempos, Chile habría soportado una sanción desproporcionada: hoy se le trata con respeto de país que pisa fuerte.
Otros socios de la Alianza del Pacífico recuperan cierta “respetabilidad” también. El Perú está entre ellos. La mirada institucional sobre el equipo peruano por parte del mundo del fútbol ha sido distinta de la de años anteriores, en que se lo solía menospreciar, y no sólo porque la selección peruana estaba en decadencia. Pasó igual con México cuando jugó con Chile, a pesar de jugar Chile de local. La autoridad en aquel partido fue más neutral que en algún otro porque el rival era México. No digo que esa autoridad fuera consciente de la sociedad comercial a la hora de tomar decisiones, pero sí digo que coincide su actitud con el ascenso de la Alianza.
El caso chileno era especialmente delicado por la turbulenta situación por la que atraviesa el gobierno de la Presidenta Bachelet. Por lo general, los gobiernos en dificultades suelen sacar buen provecho de los éxitos deportivos de equipos nacionales. Pero hay circunstancias en que el entredicho entre la población y quien gobierna alcanza una intensidad a prueba de todo; inclusive de la identidad colectiva que en otras circunstancias “hermana” al pueblo y su mandatario gracias al clima de euforia engendrado por el hecho deportivo. Es muy pronto para saber si los éxitos alcanzados por Chile a lo largo de las varias fases de la Copa América (al escribirse estas líneas, falta jugarse la final) tendrá un efecto benéfico para la relación entre Bachelet y la sociedad chilena. Pero en todo caso no se vio en Chile nada parecido a lo que sucedió con Dilma Rousseff durante el Mundial, cuando la mandataria brasileña fue objeto en sus apariciones públicas de la hostilidad popular.
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