martes, 7 de julio de 2015

Deuda pública: Jefferson y Gallatin tenían razón

Chris Edwards es Director de Estudios de Política Fiscal de Cato Institute.

La economía mundial está siendo sacudida esta semana por las consecuencias de una masiva deuda estatal. Grecia podría dejar de recibir financiamiento de sus acreedores internacionales, y Puerto Rico anunció que no puede realizar pagos completos para honrar su masiva deuda. En ambos casos, años de gasto público excesivo están tristemente dándole un golpe a la calidad de vida de millones de ciudadanos promedio.



Estas jurisdicciones han caído en el abismo, pero la deuda ha llegado a niveles peligrosos en muchos lugares alrededor del mundo, incluyendo a nuestro gobierno federal. La raíz del problema es la economía Keynesiana, que le ha enseñado a los gobiernos desde la década de 1930 que el gasto deficitario es bueno para la economía. Ese mensaje ha sido un alimento para los políticos, quienes ansiosamente han incurrido en déficits año tras año y acumulado una deuda que ha llegado a niveles masivos. Para empeorar el problema, algunos economistas —como Paul Krugman— han estado recomendando falsamente que no nos preocupemos mucho acerca de una deuda creciente porque “es dinero que nos debemos a nosotros mismos”.
Los efectos del Keynesianismo pueden ser vistos en los datos del presupuesto federal. Desde 1791 hasta 1929, el gobierno federal equilibró su presupuesto en 68 por ciento de los años. Pero entre 1930 y 2015, el gobierno equilibró su presupuesto en solo 15 por ciento de los años. El resultado es una deuda federal que ha llegado a niveles sin precedente en nuestra historia en tiempos de paz.
El economista James M. Buchanan señaló directamente al Keynesianismo como el culpable por el declive en la sana “moralidad fiscal victoriana”, que había controlado el incentivo político de incurrir en gasto deficitario, característico de nuestra historia temprana. Con el auge del Keynesianismo, “la era moderna del despilfarro” nació, dijo Buchanan. Mirando hacia el futuro, las proyecciones oficiales muestran una deuda federal que se eleva durante las próximas décadas a menos que controlemos el despilfarro.
Las batallas sobre la deuda del gobierno federal se rastrean hasta los inicios de nuestra nación, como explico en un reciente testimonio ante el Comité del Presupuesto del Congreso (en inglés). De un lado en los 1790s se encontraba el Secretario de la Tesorería Alexander Hamilton y los Federalistas, quienes favorecían una deuda federal perpetua, creyendo que esto crearía beneficios económicos y políticos.
Del otro lado estaban Thomas Jefferson y Albert Gallatin, quienes estaban asombrados con el alto nivel de la deuda, y lideraron la oposición a las políticas fiscales de Hamilton. Ellos creían que la deuda pública era económicamente peligrosa y políticamente pervertidora. Y ellos argumentaron que la deuda enriquecía a la élite financiera a costas de la gente, mientras que imponía cargas sobre las generaciones futuras. Ellos tenían la razón en cada uno de estos puntos.
Para la buena fortuna de la nación, la elección de Jefferson para la presidencia en 1800 fue el principio del fin del gobierno grande de los Federalistas. Jefferson y su Secretario de la Tesorería Gallatin redujeron sustancialmente la deuda antes de que interviniera la Guerra de 1812. Después de la guerra, los líderes jeffersonianos presionaron una vez más para obtener superávits y reducir la deuda. Ese impulso en contra de la deuda triunfó con la extinción total de la deuda federal bajo el Presidente Andrew Jackson a mediados de los 1830s.
Las opiniones anti-deuda de Jefferson más o menos dominaron la política nacional hasta los 1920s. El gobierno acumuló deuda durante las guerras, pero siempre la redujo durante los años subsiguientes. Con el auge del Keynesianismo en la década de 1930s todo eso terminó, reviviendo las ideas mal concebidas de Hamilton en favor de un gasto, deuda, y planificación estatales. Esas ideas han causado un daño considerable durante las décadas más recientes, y han conducido a presupuestos federales perpetuamente desequilibrados.
La Tesorería recientemente anunció planes de reemplazar a Hamilton en el billete de $10. Hamilton fue un hombre brillante y un Padre Fundador importante, pero estaba en el lado equivocado del importante asunto de la deuda. Si él va a ser reemplazado, deberíamos reemplazarlo con Albert Gallatin. La ausencia de Gallatin en cualquier de nuestras monedas o billetes es una gran omisión considerando que él fue un consumado Secretario de la Tesorería por 13 años, sirviendo en ese puesto más tiempo que Hamilton.
Gallatin también era un congresista, senador, ministro de relaciones exteriores, uno de los fundadores de la Universidad de Nueva York, y un experto en el lenguaje de los americanos nativos. Gallatin era un servidor público destacado, y estaba en el lado correcto del asunto de la deuda pública. También favoreció la transparencia en las finanzas públicas y trabajó para presentar cuentas completas y precisas de la Tesorería al público. Además, Gallatin jugó un papel destacado en la Rebelión del Whiskey, oponiéndose a un esquema injusto de impuesto específico promovido por Hamilton.
Con los peligros de la deuda ahora más claros que nunca, sería un buen momento para darle a Gallatin su consideración adecuada y destacarlo en nuestra moneda. Eso honraría a un hombre tan inteligente como Hamilton, pero que mostró más premonición al reconocer que los políticos y los mercados de crédito son una combinación tóxica
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