martes, 28 de julio de 2015

Encontré el libertarianismo a través del trabajo sexual

Encontré el libertarianismo a través del trabajo sexual

En los países que la prostitución es legal es mucho más difícil someter a las mujeres. (Flickr)
Cada vez que conoces a otro libertario, una de las primeras cosas que te pregunta es por tu historia personal; todo el mundo quiere saber cómo llegaste al libertarianismo. Siempre que surgía esta pregunta me escondía con el mismo cuento: “¡Un amigo me dio algo de Friedman y Hayek para leer y he estado cautivada desde entonces!” Estuve usando esa mentira desde ya hace unos tres años. No tuve más opción que mentir porque no estaba preparada para que el mundo conozca mi historia. Y francamente, aún no estoy lista para que lo sepan, así que por ahora permaneceré en el anonimato.
Cuatro años atrás, me harté de mi trabajo de sueldo mínimo como vendedora y dejé que mi mente emprendedora vagara libremente. Luego de algunas horas en internet, encontré unas ofertas que sonaban bastante legítimas en Craigslist: “¿Estás buscando ganar hasta US$25.000 trabajando solamente 4 meses del año? ¡Escríbenos y empecemos!”



Por supuesto que estaba interesada. Con trabajar unos pocos meses en verano podría pagarme mi propia educación universitaria. No estaba en la ruina financiera ni nada, pero ¿quién rechazaría dinero fácil? Unos meses después de buena gana había aceptado la oferta y estaba embarcada en un viaje de tres horas en bus a a mi trabajo de verano. Mi llegada y primera semana de conocer a clientes fue genial. Fui tratada como una princesa y agasajada todas las noches.
Al inicio de la segunda semana, las cosas cambiaron para mal. Eché un vistazo a las otras mujeres que trabajaban en la misma agencia y me horroricé al verlas. Estaban desgastadas, resacosas y golpeadas. Mi instinto me sacudió y la realidad me abofeteó en la cara. Supe que debía salir de allí ese mismo día. Le dije a la agencia que no me estaba sintiendo bien y que debía ir a casa para ver a mi doctor. Me dieron un poco de ibuprofeno con un refresco y me dijeron que me acueste un rato y que me vaya por la mañana. Bajé la guardia cuando vi que no estaban ofreciendo resistencia a que me vaya, así que hice como me dijeron.
Desperté unas horas más tarde en un cuarto completamente diferente, atada a una silla y sin ropa. Luego de unos minutos de tomar conciencia, recobré el sentido y me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Había sido drogada y violada. No me podía mover. No podía respirar. No sabía qué hacer excepto gritar violentamente por auxilio.
Los reclutadores de la agencia entraron con una enorme sonrisa en sus rostros. Estaban satisfechos. Dijeron que trabajaría para ellos por los siguientes cuatro meses y que si sabía lo que era bueno para mí, que no me atrevería a escapar. Llena de miedo, acepté y me devolvieron mi ropa. Me guiaron a un cuarto con otras seis mujeres y me dijeron que descanse. Lloré toda la noche, desesperada e inconsolable. Las siguientes dos semanas fueron tal como ustedes esperarían… una completa historia de terror. Clientes tras clientes, pero les ahorraré los detalles.
La primera noche de mi cuarta semana allí, la policía apareció y supe que sucedió el milagro por el que estuve rogando… o eso pensé. Pensé que la ley finalmente iba a ayudarnos a las mujeres. Pensé que se haría justicia. Y sin embargo, las otras seis mujeres y yo fuimos arrestadas. Los reclutadores de la agencia pagaron su fianza y se salieron con las suyas. Luego de un mes entero de ser humilladas, degradadas y torturadas, debí pasar un mes en la cárcel. Fui tratada como un criminal. Al día siguiente de salir, corrí literalmente a la estación de buses y fui a casa. Dejé atrás a las otras seis mujeres porque estaba demasiado atemorizada para quedarme allí un momento más.
Pero tan pronto como llegué a casa, no pude evitar pensar sobre lo que me sucedió y sobre cuál sería el destino de las otras mujeres. La mayoría de ellas había estado allí por meses, algunas incluso años. ¿Qué harían ahora? Estas mujeres estaban en la calle ahora, sin dinero para volver a sus casas —si es que aún lo tenían— y sin trabajo. ¿Se suponía que debían volver a los trabajos “de verdad” de sueldo mínimo? ¿Se suponía que debían recurrir al Estado de bienestar? ¿O volverían directamente a ser esclavas sexuales porque eso era todo lo que conocían?
Afortunadamente, todo esto sucedía al mismo tiempo que algunos de mis amigos de Facebook posteaban sobre la guerra contra las drogas. Repentinamente, tuve una revelación. No hay nada malo con el trabajo sexual siempre que este sea voluntario. En lo esencial estamos peleando la misma batalla que la guerra contra las drogas. Estuvimos y aún estamos enfrentando una guerra contra la prostitución.
Tuve una idea para volver a ponerme de pie con las otras chicas. Seguiríamos siendo trabajadoras sexuales, pero esta vez en nuestros propios términos. Le llamé a cada una de ellas —teníamos teléfonos prepagos— y les dije que se ocultaran hasta que yo llegara allí. En el lapso de unas pocas horas volví para recogerlas a todas. Les conté mi plan y, para sorpresa mía, todas aceptaron.
Esto tenía sentido para mí. El trabajo sexual puede ser un ámbito liberador para las mujeres. Puede permitirnos ser empresarias y ganar un ingreso sostenible y no gravado. Nos permite trabajar en nuestros propios términos y solo unas pocas horas al día e incluso unos pocos días a la semana. Puedo poner toda mi atención en mi educación y disfrutar la vida sin preocuparme por tener que soportar algún trabajo de sueldo mínimo de 40 horas a la semana. Esta es la razón, a pesar de lo que me sucedió, por la que continúo siendo una trabajadora sexual.
En las semanas siguientes, mientras montábamos nuestro negocio, leí sobre la guerra contra las drogas para entender mejor la conexión que había hecho antes con la prostitución. En el curso de mi investigación encontré algo llamado libertarianismo y me di cuenta de que esta ideología se alineaba también con muchas de mis otras creencias. No podía creer que había encontrado algo con lo que me podía relacionar tan bien, junto con una comunidad que supe que podría aceptar mi profesión.
Con todo el conocimiento que me ayudó a descubrir la comunidad libertaria, supe que nunca habría pasado por esa terrible situación si la prostitución fuese legal. Al día de hoy, aún no puedo entender por qué permanece ilegal en tantos lugares. Si fuese legal, hubiese podido firmar un contrato, saber en qué me estaba metiendo, y podría haber ido a la justicia contra los reclutadores por sus actos.
La ley podría imponer una edad mínima; solamente tenía 17 años cuando fui retenida como esclava sexual y estoy segura de que si hubiese requerimientos etarios para el trabajo sexual, no se aprovecharían de las muchachas jóvenes de la misma manera que lo hicieron conmigo. Podría haber pedido ayuda sin tener que preocuparme por ser arrestada y/o multada. No me convertiría en una de los millones de estadounidenses que fueron encarcelados por un delito no violento.
Legalizar la prostitución podría prevenir que mujeres jóvenes se vuelvan víctimas de violación y abuso, y ayudaría a proteger la salud de las trabajadoras sexuales. La regulación podría imponer el uso de preservativos y tests de ETS para todos. No tendríamos que caminar por las calles; podríamos publicar con seguridad en Craigslist y otros sitios web, de la misma forma que Silk Road hizo que comprar drogas sea más seguro.
Incluso afirmaría que legalizar la prostitución significará un descenso en el tráfico sexual. En su artículo “Por qué es hora de legalizar la prostitución”, Cathy Reisenwitz explica este concepto bastante bien:
“Sea que creas que las felaciones baratas son algo bueno o malo, sigue siendo un hecho que la criminalización hace que las cosas sean más caras. En Alemania, igual vas a pagar mucho por un servicio de alta calidad. Pero los días en que se pagaba más de 15 por sexo con alguien que claramente no quería estar allí han terminado. Esto es importante para el tráfico porque cuesta mucho secuestrar a alguien y retenerla contra su voluntad. Esta nueva realidad económica significa que para el traficante tiene cero sentido mantener a sus esclavas en Alemania, donde los precios están bajos. Es cierto que los traficantes deben hacer pasar a sus víctimas por el país. Pero son recompensados con mayores precios si continúan hasta llegar a uno de los países en los que la prostitución aún es ilegal, como Francia”.
A pesar de la terrible situación por la que pasé, supe que fue por una razón. Conocí a esas otras seis mujeres porque sobreviviríamos todas juntas y nos convertiríamos en las exitosas socias de negocios que somos hoy día. Como resultado de ser traficada, secuestrada y violada, aprendí de primera mano las severas consecuencias de lo que sucede cuando el Gobierno empuja la prostitución al mercado ilegal. Mi experiencia terrorífica me ayudó a encontrar el libertarianismo, una ideología y una comprensiva comunidad que me dio el conocimiento apropiado y el coraje para convertir esto en mi lucha. Encontré la luz al final del túnel.
Siento que algún día seré lo suficientemente fuerte para compartir públicamente mi historia, pero por ahora lo dejaré ahí. El libertarianismo no se trata solo de charlar sobre economía hasta el amanecer y teorizar acerca de políticas ideales, es literalmente un asunto de vida y muerte para algunos. Les propongo el reto de convertir la lucha por la libertad en la lucha de sus vidas.
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