martes, 7 de julio de 2015

La máquina de matar

Mauricio Rojas es profesor adjunto en la Universidad de Lund en Suecia y miembro de la Junta Académica de la Fundación para el Progreso (Chile).

Acabo de leer dos libros que me han tocado profundamente. El primero es ya un verdadero clásico: El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura, publicado originalmente en 2009. Como se sabe, este libro tiene tres temas centrales que el autor conjuga de una manera magistral: la vida de León Trotski, la de su asesino, el comunista catalán Ramón Mercader, y la desesperante vida cotidiana en la Cuba oprimida por el castrismo.



El otro libro, de reciente publicación en inglés, se titula Heretic: Why Islam Needs a Reformation Now y está escrito por la connotada crítica del islam y ex parlamentaria holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali, a quien tuve el honor de concederle un premio a la libertad en el Parlamento de Suecia en 2005. Sobre Hirsi Ali, Mario Vargas Llosa escribió hace no mucho: “Es poco menos que un milagro que Ayaan Hirsi Ali, una de las heroínas de nuestro tiempo, esté todavía viva. Los fanáticos islamistas han querido acabar con ella y no lo han conseguido, y no es imposible que lo sigan intentando, pues se trata de uno de los más articulados, influyentes y valerosos adversarios que tienen en el mundo” (El País, 19.4.2015).
A primera vista, se trata de dos obras absolutamente distantes la una de la otra y así comencé a leerlas. Pero al poco andar me di cuenta de que, en realidad, su tema de fondo era el mismo: la construcción de aquella máquina de matar por ideales supuestamente superiores en que Che Guevara instaba a convertirse en aras de la revolución comunista. Estas fueron las palabras que usó en su testamento político, el Mensaje a la Tricontinental de abril de 1967, hablando de la necesidad de “el odio como factor de lucha”: “el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar.”
La creación de esa máquina de matar está magistralmente descrita en El hombre que amaba a los perros: de esa manera, el Partido Comunista de la Unión Soviética construiría el arma humana que terminaría en México, en agosto de 1940, con la vida del último sobreviviente, fuera de Stalin, de los grandes dirigentes bolcheviques del golpe revolucionario del año 1917: Lev Davídovich Bronstein, alias Trotski. El libro sigue, paso a paso, la transformación del joven idealista que exponía su vida luchando en España contra las tropas de Franco en un asesino profesional entrenado en Moscú para cumplir con su misión directamente ordenada por Stalin.
Allí aprendería las más variadas técnicas para matar a sangre fría por el comunismo, es decir, a nombre del progreso y el futuro esplendoroso de la humanidad. Todos los medios eran buenos para alcanzar un fin tan sublime y dar la vida por esa causa era el mayor de los honores a que podía aspirar un comunista. Así se ganaba la inmortalidad, es decir, un lugar en el Panteón de los héroes del comunismo venidero.
La maraña de mentiras urdidas para justificar el asesinato de Trotski y tantos otros es abrumadora, pero nada de ello importaba: el fin justifica los medios y eleva al revolucionario por sobre el horizonte de la “moral burguesa”. Así fue y así sigue siendo: ser militante comunista exige una entrega total al partido, ponerse más allá del bien y del mal, transformarse en un “instrumento de la Historia”.
Lo que más me conmovió de todo este relato fue que me reconocí perfectamente en aquel hombre que ejecutaría a Trotski: en mis años revolucionarios yo estuve en ese camino que lleva de los más hermosos sueños utópicos a la crasa realidad de los verdugos sin remordimiento. Nada de lo que contaba Leonardo Padura me resultaba ajeno y recordé, una vez más, lo cerca que estuve de perderme para siempre en la fría noche de las máquinas de matar comunistas.
El libro de Hirsi Ali estudia, por su parte, el caso de otros asesinos a nombre del supuesto bien absoluto y el futuro luminoso: los islamistas que se lanzan a la guerra santa o yihad con el propósito de construir el califato, es decir, un Estado islámico a imagen y semejanza del instaurado por Mahoma en Medina el año 622. El deseo ardiente de estos muyahidines (“los que hacen la yihad”) es convertirse en shahid, mártir, lo que les concedería acceso directo al nivel más alto de la Yanna, el paraíso musulmán con sus innumerables “vírgenes de ojos negros”.
Con estas esperanzas emigran hoy miles de jóvenes al así llamado Estado Islámico y cometen actos de una brutalidad repugnante. Lo hacen gritando Allahu-ákbar (“Alá es el más grande”) y con la certeza de matar y morir por la justicia y la pureza. Lo que vemos cuando lo hacen es la máquina de matar en acción, pero no el largo proceso mediante el cual se la forma en las escuelas coránicas dirigidas por los imames radicales y en los centros yihadistas de adiestramiento militar. Así se transforma al joven de un suburbio pobre de Nairobi o París, pero también al joven de una familia profesional bien integrada de Estocolmo o Boston, en un terrorista en el nombre de Dios. Sobre todo ello nos ilustra, con escalofriantes detalles, el libro de Hirsi Ali.
 Como se ve, los caminos del fanatismo criminal son muchos y muy variados. Ramón Mercader murió hace ya mucho tiempo pero no faltan los jóvenes idealistas deseosos, como también yo lo estuve, de convertirse en “una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar” a fin de traer el paraíso a la Tierra.
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