martes, 7 de julio de 2015

¿Porfirio Díaz? ¡Tirano!

Imposible resumir en este espacio la obra del dictador, pero baste decir que, cuando abordó el Ipiranga, abandonó a un país en llamas.

Porfirio Díaz fue un golpista que, después de haber sido derrotado en las urnas, intentó llegar al poder, cuando trató de derrocar al gobierno constitucional de Benito Juárez durante el levantamiento armado de la Noria, una hacienda regalada por el gobierno de Oaxaca como recompensa por sus servicios prestados a la patria… Imposible olvidar sus palabras, con las que justificó el fallido golpe de Estado en 1871: “La reelección indefinida, forzosa y violenta del Ejecutivo federal, ha puesto en peligro las instituciones nacionales….” El Plan de la Noria acabó en una catastrófica derrota militar, política y moral.



Porfirio Díaz fue vencido en cuatro elecciones presidenciales durante diez años: en 1867 y 1871, por Juárez, y en 1872 y 1876 por Lerdo; derrotado en dos elecciones para la presidencia de la Suprema Corte de Justicia, en 1867, por Lerdo, y por José María Iglesias, en 1872. Por si fuera poco, volvió a ser sometido en las elecciones para el gobierno de los estados de Morelos y de México. Sólo que Díaz, quien más tarde se convertiría en el “enterrador del liberalismo mexicano del siglo XIX”, según Ralph Roeder, no se quedó atado de manos y, cinco años después, apoyado por el clero católico, logró derrocar al gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, de acuerdo al Plan de Tuxtepec, enarbolando también la bandera de la No Reelección, con la que logró aplastar nuestra naciente democracia, archivando la Constitución de 1857 con sus disposiciones liberales y garantías y derechos ciudadanos que volvieron a ser derogados después de años de lucha sangrienta y depredadora.
Díaz derrocó a Lerdo de Tejada con la bandera de la No Reelección y, sin embargo, con gran congruencia priista, se reeligió siete veces si las contamos a partir de la primera de 1884 para continuar con la de 1888, 1892, 1896, 1900, 1904 y 1910: 34 años en el poder (lo de Manuel González, su compadre, fue una estafa política más) hasta que afortunadamente fue derrocado por la vía de las armas y tuvo que salir al exilio para establecerse en el París de sus sueños, donde falleció hace 100 años.
Imposible resumir en este breve espacio la obra del dictador, pero baste decir que, cuando abordó el Ipiranga, abandonó a un país en llamas; la miseria en el campo era aberrante, igual o peor que la de ahora; existían gigantescos latifundios; por la vía de los hechos le había devuelto al clero sus privilegios perdidos en la Guerra de Reforma; 85% de los mexicanos era analfabeta; la incipiente industrialización se tradujo en la entrega ventajosa del patrimonio nacional a las empresas foráneas; no existía el Estado de derecho y habían sido canceladas las garantías individuales consignadas en la Constitución de 1857 y desaparecido la libertad de expresión. Se impuso aquello de “mátalos en caliente”, la ley dictada por el tirano para acabar con sus opositores y se logró la “Paz porfiriana” con arreglo al “jocoso” dicho de Díaz consistente en que “quien cuenta los votos gana las elecciones…” En fin…
Méritos tuvo, como su obra ferrocarrilera. Pero quien tenga nostalgia del tirano, no debe olvidar que su dictadura acabó, entre otras razones, en un baño de sangre y que “las revoluciones o sirven para concentrar aun más el poder o no sirven para nada”. En lugar de mano dura construyamos un Estado de derecho y apliquemos la ley…
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