viernes, 31 de julio de 2015

Propiedad, agencia, socialismo

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Los subproductos típicos del mecanismo de dirección económica auténticamente socialista son dos. Primero, a pesar de los tintes humanitarios del credo, la necesidad de una aplicación estricta genera un sistema político autoritario que debe realizar grandes esfuerzos para legitimarse y deja poco espacio para los atavíos democráticos. La laxitud política se traduce prontamente en un desempeño económico cada vez peor que puede degenerar en un fracaso descontrolado. Segundo, incluso bajo un mando muy rigurosamente autoritario, el mecanismo lleva a cabo pobremente su propósito establecido. Las “elecciones sociales” que supuestamente debe efectuar en general demuestran ser inaplicables parcial o totalmente.
El fracaso de la economía de mando socialista dirige la atención a supuestos mecanismos alternativos de asignación de los recursos que serían autoaplicables, simulando ciertos procesos y resultados capitalistas, y que aún así preservarían ciertos valores socialistas. Rastreando el efecto de tipos alternativos de propiedad, codominio y comunalidad, sobre el comportamiento sistémico, el artículo presente sostiene que el problema del agente-principal obstruye cualquier solución eficiente autoaplicable, a menos que la propiedad privada sea la forma dominante de tener la propiedad. Lo último, sin embargo, es inconsistente con otras metas socialistas esenciales.



Las economías de la gran parte de la masa terrestre eurasiática han perdido dirección, y parecen tener una gran dificultad en tomar vapor de nuevo y ponerse en curso. Del mismo modo, el socialismo como doctrina de gobierno ha perdido su crédito intelectual y, para sobrevivir en alguna versión, debe buscar nuevos fundamentos teóricos -una tarea que no ha sido coronada hasta ahora con mucho éxito. Estos dos dilemas por supuesto están estrechamente relacionados. Ambos tienen su origen en una imagen endulcorada de instituciones sociales y económicas diferente de como en verdad funcionan, llevando a una sobrestimación ilimitada de su compatibilidad mutua y de los resultados que se pueden esperar de ellas. El artículo presente apunta al centro del asunto, la dependencia de un mecanismo particular de asignación de recursos respecto de un tipo particular de derecho de propiedad. Busca ayudar a clarificar la pregunta: ¿son los mercados intrínsecamente capitalistas? o, para ponerlo en el otro sentido, ¿es el “socialismo de mercado” una contradicción en los términos?

1. Aplicación
El socialismo en su versión genuina, pura, implica una economía de mando. No hay nada peyorativo en este término: es fácticamente descriptivo. Significa que todas las decisiones significativas de producción y distribución son tomadas mediante “elección social” y respaldadas por el poder soberano que descansa en ella (1). Se desgranan mediante la planeación central en instrucciones detalladas concernientes al input de factores, al output de productos, ingresos y precios. Las instrucciones buscan ser coherentes y capaces de ser ejecutadas por agentes de la “sociedad” desde los administradores hasta los trabajadores. La coherencia ex ante, si se logra, no asegura la coherencia ex post, porque el sistema es necesariamente rígido y aún así está expuesto a choques aleatorios, deficiencias y bloqueos. Cualquier variable no sujeta a una instrucción específica o cualquier objetivo no respaldado por sanciones adecuadas, tiene una propensión natural a seguir la línea de la menor resistencia y llevar al valor “equivocado”; inputs, precios, salarios y gastos de inversión serán muy altos para determinados outputs, los outpus serán muy bajos para determinados inputs, la productividad laboral será muy baja para un determinado equipamiento, la calidad será muy baja para un determinado precio, y así sucesivamente. Esta tendencia requiere un desgrane cada vez más fino de objetivos y restricciones, y va en contra de intentos por simplificar y descentralizar el sistema mediante una ingeniosa reforma tras otra. Los agentes de la autoridad política le deben obediencia, pero cuanto más exigentes son sus órdenes y cuanto mayor es su complejidad, tanto mayor será la posibilidad de laxitud en la ejecución y simulación de los fallos. Por estas y otras razones, la naturaleza del mecanismo económico genuinamente socialista requiere una aplicación estricta para desempeñarse lo más cercano posible a lo que se intenta -y aún así la aplicación estricta es costosa. Sin embargo, la inocente creencia de que las características “estalinistas” de los sistemas socialistas son meramente efectos residuales de las proclividades personales del individuo del mismo nombre parece inerradicable de mucho del discurso público.
Los subproductos típicos del mecanismo de dirección económica auténticamente socialista son dos. Primero, a pesar de los tintes humanitarios del credo, la necesidad de una aplicación estricta genera un sistema político autoritario que debe realizar grandes esfuerzos para legitimarse y deja poco espacio para los atavíos democráticos. La laxitud política se traduce prontamente en un desempeño económico cada vez peor que puede degenerar en un fracaso descontrolado. Segundo, incluso bajo un mando muy rigurosamente autoritario, el mecanismo lleva a cabo pobremente su propósito establecido. Las “elecciones sociales” que supuestamente debe efectuar, en general demuestran ser inaplicables parcial o totalmente.
2. Eficiencia
La inaplicabilidad de sus instrucciones y objetivos “elegidos socialmente” y el alto costo moral y material de intentar aplicarlos, son las debilidades primarias del socialismo auténtico. Su debilidad secundaria -secundaria sólo en el sentido de que la evidencia empírica para ello es indirecta y no totalmente concluyente- es que incluso si sus instrucciones fueran plenamente coherentes y totalmente aplicables, aún así serían ineficientes, derrochadoras, por fracasar al realizar las combinaciones de factores, técnicas, mezclas de productos y patrones de comercio extranjero que de manera conjunta pondrían a la economía en el punto “socialmente preferido” (i.e. políticamente elegido) sobre la función de la posibilidad de producción. Incluso si las acerías se construyen y funcionan exactamente según lo planeado, habría sido más económico construír en vez de ello hoteles para turistas, e importar el acero. La razón es supuestamente que los precios en el socialismo auténtico sirven esencialmente a propósitos de registro, pero generalmente no aclaran los mercados, no reflejan la escasez relativa, y no son señales “verídicas” que denoten alguna asignación particular de recursos, para no hablar de la “óptima”. Los precios no se forman en una progresión de oportunidades de descubrimiento de los intercambios rentables, y una vez formados no conllevan el tipo de información que, si fuera generada por compradores y vendedores, traería el mejor resultado disponible.
3. Auto-aplicación
Habiendo hecho un diagnóstico de acuerdo a estas líneas, los socialistas que por una u otra razón le dan un alto valor a la eficiencia económica o a la democracia política, y por supuesto aquellos que piensan que las dos son gemelas siamesas y por tanto inseparables, están intelectualmente maduros para abandonar la dirección mediante mando; de manera típica recurren al mercado como el remedio. (Si comprar la eficiencia y la democracia a este precio en verdad estaría en el mejor interés del socialismo, es un punto hipotético que dejaremos a un lado). El confiar en las disciplinas del mercado hace a las instrucciones de input-output redundantes; a lo sumo, la intervención limitada debería bastar para que la producción y la distribución respondan a las “necesidades” así como a la demanda, cuando las dos estén destinadas a diverger muy abiertamente. Si hay pocas o ningunas instrucciones para obedecer, hay poca o ninguna necesidad de aplicarlas. El mercado es un mecanismo con una asignación incorporada de recompensas y castigos que generalmente hace preferible para todos los participantes actuar como si él fuera a cumplir su objetivo. En breve, es auto-aplicable.
Donde no hay aplicación en el sentido anterior, puede haber reglas de decisión democráticas; donde hay un mecanismo cuasiautomático de retroalimentación para descartar los residuos y buscar las soluciones más económicas, puede haber una aproximación razonable a la eficiencia. Así y todo, no debería existir capitalismo. Estas tres condiciones forman la cruz de la esperanza del “socialismo de mercado”.
4. Igualdad en el “punto de partida”
No debería haber capitalismo porque, en primer lugar, el socialismo busca su propia renovación y preferiría no disolverse a sí mismo. En segundo lugar, deriva tanta legitimidad como se pueda de un compromiso abierto con la igualdad y lo que gusta en llamar “justicia distributiva”. Es parte de su credo que el capitalismo está destruyendo activamente estos valores pre y post-capitalistas. Por tanto, no hay que intentar la cohabitación de sistemas inconsistentes; el capitalismo debe ser abolido, no mitigado. El compromiso socialdemócrata o “liberal americano”, por el cual se permite que el capitalismo produzca riqueza cuya distribución espontánea es entonces reorganizada coercitivamente por las instituciones del Estado de Bienestar, no es lo suficientemente ambicioso para el programa emergente del “socialismo de mercado”. Pues bajo el compromiso del Estado de Bienestar, el capitalismo continúa creando desigualdad e injusticia inaceptables que la “elección social” debe continuar corrigiendo y compensando. El fin-resultado deseado debe ser continuamente ejecutado, y en cuanto se corta una cabeza injusta, dos crecen en su lugar. Bajo el socialismo de mercado, por el contrario, las instituciones básicas mismas deben ser tales que no se creen fines-resultados injustos en primer lugar, siendo el propio sistema auto-aplicable en cuanto a ambos de sus resultados propuestos, la eficiencia económica y la justicia social.
Mientras que la primera se debe lograr por una “confianza en el mercado”, la última debe llegar como el producto espontáneo de la “igualdad en el punto de partida”. La propiedad privada de los activos productivos, incluso si se distribuyen igualmente en alguna posición inicial imaginaria, tiende con el tiempo a agruparse desigualmente como un resultado combinado de oportunidades aleatorias y procesos sistemáticos, con ganadores ganando aún más y perdedores eventualmente perdiéndolo todo. Por lo tanto el capitalismo popular es una ilusión; en el mejor de los casos, es transitorio. La propiedad productiva bajo el socialismo de mercado debe por tanto ser “propiedad social”, tanto para proteger la “igualdad en el punto de partida” de la acumulación de la propiedad privada, como por otras numerosas razones que me parecen secundarias al principal objetivo del programa.
5. Propiedad individual
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