miércoles, 19 de agosto de 2015

España: ¿Qué más se puede pedir a este gobierno tan aburrido?

Pedro Schwartz es Presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia de Madrid y Profesor de Economía de la Universidad San Pablo CEU.


La opinión se interesa poco por los Presupuestos Generales del Estado, cuando en ese proyecto se refleja, tanto lo que el Gobierno cree haber conseguido durante su mandato de cuatro años, como lo que quiere hacer si lo reeligen y lo que querría hacer si lo reeligen. Aparte lo farragoso de su prosa administrativa, está la convicción del público de que las elecciones de fin de año se disputarán por otras cuestiones que no son las presupuestarias. De ese desinterés del público votante tiene en gran parte culpa el Gobierno, ha mostrado hacia las cuestiones económicas la típica actitud de los no economistas: hacer las cuentas es indispensable pero el busilis está en otra parte, en la política.



Pues no, la democracia nació del escrutinio de lo que el rey quería hacer con los dineros que extraía de sus súbditos: recuerden la proclama del medievo inglés: “No taxation without representation” ("no hay tributación sin representación"). Y encima, la llamada parte política este Gobierno la ha malbaratado.
Aquí llega pues el Libro amarillo de los Presupuestos. Refleja lo que era de esperar de un equipo en puertas de elecciones, para no perderlas. No es lo que podría haber sido como culminación de cuatro años de labor de un Gobierno profundamente reformista. El regalo de una mayoría absoluta no se repetirá pronto. Primero lo juzgaré pues como si aún fuera el político que fui durante breves años. Luego lo miraré con los ojos de un impaciente crítico del tipo de democracia que están construyendo los socialistas de todos los partidos, que decía F. A. Hayek.
Declara el Libro amarillo en sus primeras páginas que los objetivos del Gobierno durante estos últimos años han sido: consolidar la situación económica de España; luego, reactivar la actividad y así reducir el desempleo; al mismo tiempo, preservar el Estado de Bienestar; y por fin apoyar a los más castigados por la crisis. Para muchos, lo conseguido habrá de resultado inesperado. El producto está creciendo a una tasa del 3,1%, que, aunque prevén se reduzca algo, es notable. El empleo también está aumentando a una tasa del 3% anual. El déficit público sin tomar en cuenta las ayudas exteriores no se ha reducido lo que nos pedía la UE, pero en fin, hemos bajado de lo equivalente a 8,9% del PIB en 2012 al 5,7% en 2014 y la legendaria prima de riesgo ha adelgazado hasta los 125 puntos básicos. Ha habido una reforma laboral, bienvenida aunque insuficiente. La del sector financiero en realidad no la han hecho pero el Gobierno nos ha librado de la intervención completa, lo que me permito aplaudir porque fui uno de los pocos economistas que dije desde el principio que había que evitarla. La reforma de la Administración pública la notaremos si se ha hecho de verdad. Ellos dicen que hay que salvar el Estado de Bienestar: ¿saben bien lo que están salvando y si tiene remedio?
Si miro lo conseguido con los ojos de una esperanzada ilusión, mi postura tiene que ser más crítica. Tenemos un presidente del Gobierno a quien las cuestiones económicas le pesan como un deber inevitable, no como una tarea ilusionante. Dicen que ha faltado política y ha sobrado economía. No. Ha faltado hacer de la transformación económica un gran proyecto político. No se trata de que nuestros líderes nos digan qué hay que producir y a qué hemos de dedicarnos sino de remover obstáculos pare que cada uno hagamos lo que creemos y sabemos hacer mejor. Que no nos digan ni el Gobierno ni la Oposición si debemos reindustrializarnos, o cuáles deban ser las tarifas de la electricidad o el gas, o qué servicios podemos prestar a nacionales o extranjeros, o qué es lo que se ha de enseñar en la escuela, o cuántas universidades ha de haber, o si hay que proteger la agricultura de la competencia exterior. Todo eso lo decidirá cada familia o cada empresa. Nuestro gran proyecto nacional tiene que ser quitar obstáculos.
El Gobierno se precia de que hay muchos contratos laborales indefinidos: todos deberían ser indefinidos. El Gobierno ha bajado y quiere seguir bajando los impuestos “para dotar de mayores recursos al sector privado”: ¿por qué los subió? El Libro amarillo lo excusa por la presión del déficit. Mejor habría sido recortar el gasto público de verdad. En 2014 el gasto de las Administraciones públicas ha equivalido a un 43,5% del PIB; el ingreso a un 37,8%. Así es que la deuda pública equivale a la producción nacional de un año entero. Es sabido que el recorte del gasto público fomenta el crecimiento, no lo reduce como afirman los keynesianos que nos azotan y persiguen.
A estos políticos de todos los partidos, que hablan de PIB, prima de riesgo, consolidación fiscal, unión bancaria europea, y otros recónditos conceptos les diré que les faltan convicciones y conocimientos.
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