miércoles, 12 de agosto de 2015

La mina de oro intelectual de Washington

Research graphic 
[Extraído del número inaugural de The Austrian]

Los intelectuales son glorificados desde hace tiempo como defensores de la verdad y de los más altos valores de la sociedad. Pero en Washington sirven como guardia pretoriana del Leviatán. Los intelectuales prosperan en Washington en buena parte gracias a los ruinosos consejos políticos que profieren.
El Distrito de Columbia tiene 120 veces más científicos políticos por cabeza que el resto de la nación. Pero en lugar de producir “buen gobierno”, los 3.200 politólogos y legiones de otros supuestos expertos proporcionan interminables excusas para extender más la influencia federal. Los intelectuales normalmente vienen a Washington a ayudar a los políticos a encadenar a otros estadounidenses, no a encadenar al gobierno. Y como suponen que sus políticas favoritas son mejores que la libertad, los intelectuales impulsan programas públicos para obligar a sus inferiores a “tomar su medicina”.



Los think tanks de Washington han proliferado al mismo que las políticas federales se han hecho mucho más intrusivas y descabelladas. Ahora hay aproximadamente 400 think tanks en el área de Washington, algunos de los cuales son poco menos que “máquinas de efectivo para el poder” para políticos. Clifford May, el presidente de la Foundation for Defense of Democracies, comentaba en 2005: “La tarea de los think tanks es crear capital político. El trabajo de los políticos es gastarlo”. El think tank de May elogia a los políticos que defienden el bombardeo de naciones musulmanas. El periodista Ken Silverstein, en un excelente informe del año pasado sobre corrupción de los think tanks, señalaba: “El Lexington Institute, un think tank de Virginia, nunca ha visto un programa de armamento que no le gustara. No sorprende que un buena parte de su financiación (unos 2,5 millones de dólares en 2010) provenga de gigantes de la defensa como Boeing, Lockheed y Northrop Grumman”.
Algunos think tanks son fachadas para operativos políticos. Jack Abramoff, el cabildero más poderoso en Washington, puso a un veterano vigilante de playa el frente del American International Center, un think tank que creó para canalizar dinero hacía sí mismo y sus causas favoritas. La estafa tuvo éxito hasta que otras maquinaciones de Abramoff le hicieron ganarse el ingreso en una prisión federal. El think tank a la moda de Newt Gingrich, el Center for Health Transformation, se embolsó 37 millones de dólares de empresas de atención sanitaria y grupos industriales antes de ir a la quiebra en 2012, después de que tropezara la campaña presidencial de Gingrich. Gingrich usaba sus artículos de opinión y discursos para reclamar posturas favorecidas por los donantes de su think tank y omitía mencionar quién estaba financiando su funcionamiento.
Los think tanks son cada vez más lacayos de gobiernos extranjeros. El New York Times explicaba el pasado junio cómo el gobierno de Noruega pagó al Center for Global Development 5 millones de dólares para urgir a los cargos de Washington a aumentar su gasto en ayuda exterior. La Brookings Institution recibió dinero caído del cielo del gobierno de Qatar para crear una instituto de investigación que, según dicho gobierno, se dedicaría a “reflejar la brillante imagen de Qatar en los medios internacionales de comunicación, especialmente los estadounidenses”. Después de unas elecciones amañas con especial chapucería en 2011, la imagen del gobierno de Kazajistán fue barnizada por dos think tanks en su nómina: el Center for Security and International Studies y el Institute for New Democracies. El Atlantic Council, otro importante think tank de Washington, se embolsa dinero de Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y la OTAN.
Algunos think tanks ofrecen poco más que una versión intelectual de “alquiler de masas” de manifestantes políticos. De la misma forma que los reyes medievales aprovechaban cualquier gastado pretexto para invadir países vecinos, los políticos actuales buscan constantemente pretextos para invadir cada vez más las vidas de los ciudadanos. Y nunca escasean los intelectuales que, como los cortesanos medievales, aseguran a sus amos que Dios (o al menos las ciencias sociales) bendicen sus agresiones.
Los think tanks de Washington dan un brillo de legitimidad intelectual al Leviatán. La profusión de  think tanks y analistas políticos genera además la ilusión de que las ideas dirigen la política en Washington. Pero, en la mayoría de los casos, las ideas son simples pretensiones de santificación de la búsqueda del poder.
El papel de los trabajadores intelectuales en el Washington contemporáneo se epitomiza en Jonathan Gruber, un economista del MIT que suscribió un contrato federal de 297.000$ por ayudar a impulsar la Affordable Care Act y se ganó el apodo de “el oráculo del ObamaCare”. Alardeaba en 2009 de su programa de software de “caja negra” que usaba para agrupar las cifras para promocionar el programa legislativo de Obama. Invocar un modelo informático secreto es la versión contemporánea de los trucos que practicaba el mago Merlín en la corte del rey Arturo. Gruber dijo a una conferencia de economistas en 2013 que la administración tuvo que engañar a la gente acerca del ObamaCare debido a “la estupidez del votante estadounidense”. Sus comentarios desataron una tormenta conservadora, pero la progresista New Republic le exoneró por ser un “catedrático independiente” dedicado al bien público.
Cuanto más poder capturan los políticos, más rentable se hace mentir acerca del gobierno. El premio Nobel, Friedrich Hayek, en su famoso ensayo de 1944 en Camino de servidumbre, “Por qué los peores llegan a lo alto”, demostraba por qué, una vez que el gobierno adquiere un vasto poder, “la disposición a hacer cosas malas se convierte en una vía a la promoción”. De la misma manera, Washington se inclina a favor de los intelectuales que defienden la tortura, la vigilancia de un gobierno totalitario y la prerrogativa de asesinato del presidente. Los defensores y apologistas de la invasión de Iraq de George W. Bush continúan siendo estimados dentro de Washington como visionarios de política exterior.
Cuanto mayor se hace el gobierno, más se inclina el “campo intelectual de juego” a favor del servilismo. La sumisión se estimula con medallas de la libertad, premios nacionales de humanidades y otros honores otorgados por la Casa Blanca y las agencias federales. Independientemente de lo mucho que fracasaran las anteriores políticas públicas, el consenso de los expertos está casi siempre a favor de nuevos programas y nuevas intervenciones. A los intelectuales de Washington les preocupa mucho más la desconfianza de la gente en el gobierno que la opresión federal a los ciudadanos estadounidenses.
Cuando más se acercan los intelectuales a los políticos, en más arteros se convierten  habitualmente.
La definición de Washington de “pensador independiente” es simplemente la de alguien sin una factura visible por sus opiniones. Los estadounidenses deberían temer tanto a los “intelectuales de la mina de oro” como temen a congresistas y otros perjuros en serie.
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