lunes, 17 de agosto de 2015

PRI: la apuesta por Beltrones

Tiene a su favor, sin duda, los conflictos en el PAN, la división de las izquierdas y la fragmentación del voto.
 
Las elecciones del 7 de junio reflejaron percepciones, fenómenos y tendencias en la sociedad que apuntan a la recomposición del sistema de partidos y, con ella, a la configuración de nuevos escenarios políticos. Es posible y deseable que esto signifique una suerte de segunda transición que, a diferencia de la primera, concentrada en el ámbito electoral, esta vez sí implique la modificación sustancial de los términos de la relación entre la ciudadanía y el poder público, así como la efectiva sujeción de éste a los principios de legalidad y rendición de cuentas. Quizá lo más relevante fue que la sociedad no sólo expresó su hartazgo y la exigencia de cambios, sino también acreditó su determinación para sancionar las desviaciones de los partidos. Ninguno escapa a este sano desafío, en especial el PRI, el PAN y el PRD, coautores y actores protagónicos de una obra mal escrita y mal actuada: la democracia mexicana.


  
Los tres partidos, cada uno a su manera, están inmersos en sus procesos de cambio de dirigencia, muy importantes para encarar sus nuevos retos, pero claramente insuficientes para superarlos, pues los reclamos de la sociedad tienen mucho mayor calado. ¿Cuáles son los principales retos de estos partidos? ¿Cómo los están enfrentando? El PRI ya trazó la primera línea de sus respuestas.
La elección de Manlio Fabio Beltrones tiene muchos significados. Supone una lectura abierta y crítica del presidente Peña Nieto frente a los resultados de las elecciones de junio y las tendencias que mostraron. Al PRI no le fue bien, aunque haya obtenido la mayoría —un escaso 29 por ciento—; pero lo más importante es que le podría ir peor en 2018 si no reconstituye alianzas y reformula su oferta electoral, su discurso y su relación con la sociedad. La decisión implica, asimismo, un cambio de fondo en la lógica del ejercicio del poder presidencial que, junto con los previsibles ajustes en el gabinete, dejará atrás un modelo de gestión gubernamental cerrado para dar paso a un esquema abierto que le permita ampliar sus capacidades y márgenes de interlocución, negociación y construcción de acuerdos con diversos actores, condiciones indispensables para lograr mayor eficacia y respaldo en la segunda mitad de su mandato. Y significa también el reconocimiento de los atributos y el desempeño de uno de los políticos más solventes del país, tanto por su visión de Estado como por su probada competencia para procesar las restricciones y aprovechar las posibilidades de la política en el marco de la pluralidad. Nada de esto, sin embargo, le servirá al PRI si no asume los componentes y la dimensión de su desafío.      
Tiene a su favor, sin duda, los conflictos en el PAN, la división de las izquierdas y la fragmentación del voto. Pero en contra tiene el reiterado rechazo de una mayoría ciudadana que, desde 1994, no le ha permitido llegar al 40% de la votación nacional; la lejanía con los segmentos de mayor nivel de ingresos y escolaridad; el pesado lastre de sus estructuras corporativas y la corrupción; y, desde finales del año pasado, los bajos índices de aprobación de la gestión gubernamental. Modificar estas condiciones no es fácil; menos en un contexto global y nacional de poco crecimiento y mucha volatilidad financiera. Pero si el PRI no logra recuperar terreno en estos frentes, sus posibilidades en 2018 serán muy limitadas. La clave radicará en su capacidad para reivindicar y transmitir, sobre todo a la población de las grandes ciudades y a las nuevas generaciones, la visión, el significado y los alcances de los acuerdos y las reformas de los primeros veintiún meses de gobierno. Manlio Fabio Beltrones representa, precisamente, la apuesta por ese PRI dialogante y reformista
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