domingo, 16 de agosto de 2015

¿Se acabaron los buenos tiempos?

¿Se acabaron los buenos tiempos?

STANFORD – En los 25 años que precedieron la Gran Recesión de 2008-2009, los Estados Unidos experimentaron dos recesiones breves y ligeras y dos expansiones fuertes y largas. A nivel global, los ingresos aumentaron rápidamente, la inflación disminuyó y los mercados de valores prosperaron. Además, la recuperación de la última desaceleración importante, a principios de los años ochenta, trajo consigo aproximadamente 25 años de desempeño macroeconómico sin precedentes por su fortaleza y estabilidad. No obstante, esta vez regresar a la etapa de crecimiento ha sido mucho más difícil.


La recuperación de los Estados Unidos desde la Gran Recesión ha sido inconstante; el crecimiento ha comenzado y se ha detenido varias veces. De hecho, los Estados Unidos no han tenido tres trimestres consecutivos con crecimiento de 3% en una década. Aunque los precios bajos del petróleo dan alivio a los consumidores, esa ventaja se ve anulada en parte por una menor inversión en energía, y los efectos del dólar más fuerte serán incluso mayores.
Los Estados Unidos no son los únicos. Si bien la mayoría de las economías europeas están volviendo a crecer, con ayuda de la disminución de los precios del petróleo y la depreciación de divisas, el ritmo de la expansión sigue siendo anémico. Igualmente, la recuperación de Japón es frágil a pesar de los intensos esfuerzos del gobierno. Incluso las principales economías emergentes, que supuestamente funcionarían como motores del crecimiento en los próximos años, están teniendo dificultades: el ritmo de crecimiento en China y la India ha disminuido y Brasil y Rusia se están contrayendo.
Cuando un periodo de prosperidad dura tanto tiempo, comienza a creerse que va a durar indefinidamente. Seis años después de la crisis, algunos importantes economistas se preguntan si las inversiones insuficientes y/o la disminución de las ganancias de las innovaciones tecnológicas han impulsado a la economía global hacia una “nueva normalidad” de menor crecimiento y de pocos avances, si es que los hay, en materia de calidad de vida. Algunos economistas llaman a esto un “estancamiento secular” – una forma elegante de decir que los buenos tiempos se han terminado definitivamente. ¿Tienen razón?
El crecimiento económico total equivale aproximadamente a la suma del crecimiento de las horas de trabajo (un aumento del número de trabajadores o de la cantidad de horas que trabajan) y la productividad (producción por hora de trabajo). Si la productividad aumenta un punto porcentual en un año, la calidad de vida a lo largo de la generación siguiente mejoraría en una tercera parte. Con el tiempo, una mejora de la productividad  de apenas una fracción de punto porcentual tendría una enorme importancia.
La productividad puede mejorarse mediante la inversión de capital, la innovación tecnológica y mejoras en los conocimientos y capacidades de la fuerza laboral, aunque los economistas no están de acuerdo sobre cuál de esos factores tiene el mayor impacto. Según las investigaciones que he realizado junto con Larry Lau, la tecnología ha desempeñado el papel predominante para impulsar la productividad de las economías del G-7 desde la Segunda Guerra Mundial.
En vista de ello, la disminución del crecimiento de la productividad de los Estados Unidos – cuyo promedio ha sido de apenas el 0.7% anual desde 2010 – ha llevado a algunos observadores a culpar de la desaceleración a los avances tecnológicos inadecuados. Estos pesimistas como el economista Robert Gordon, afirman que es poco probable que haya innovaciones que mejoren la productividad del modo que lo hicieron la electricidad, los automóviles y las computadoras el siglo pasado.
Los optimistas responden que los teléfonos inteligentes, Big Data y los avances previstos en nanotecnología, robótica y ciencias biológicas anuncian una nueva era de mejoras de la productividad basadas en la tecnología. Sostienen que puede ser imposible predecir cuál será la próxima “aplicación revolucionaria,” pero que acabará por desarrollarse.
Ambos bandos citan la Ley de Moore, que lleva el nombre del cofundador de Intel, Gordon Moore, quien notó que la densidad de los transistores en un chip podía duplicarse cada 18meses. Los pesimistas dicen que eso es cada vez más difícil y costoso; los optimistas sostienen que la ley seguirá siendo válida y que los chips pasarán a ser tridimensionales.
Evidentemente es difícil predecir la trayectoria del progreso tecnológico. De hecho, el principal valor comercial de una tecnología nueva no siempre es claro incluso para el inventor. Cuando Guglielmo Marconi realizó la primera transmisión inalámbrica trasatlántica hace más de un siglo, estaba compitiendo con el telégrafo en la esfera de la comunicación punto a punto; nunca imaginó las transmisiones masivas de la radio popular. Thomas Edison diseñó el fonógrafo para ayudar a los ciegos e interpuso una demanda con el fin de impedir que se utilizara para reproducir música.
Para complicar más las cosas, es probable que la nueva oleada de avances tecnológicos que mejoren la productividad se dé en sectores como la atención de la salud, donde su impacto económico es difícil de medir. Los economistas creen que muchas de las mejoras en la calidad de la atención de la salud – como los tratamientos más eficaces para las cataratas o las enfermedades cardiacas – no se reflejan con exactitud en el PIB real y que se registran incorrectamente como aumentos de precios. Es esencial tener mejores mediciones de estos cambios para poder hacer una evaluación exacta de los progresos económicos.
Sin duda, el crecimiento orientado por la tecnología conlleva riesgos. Si bien los temores anteriores de que la automatización de los procesos y la inteligencia artificial causarían un desempleo estructural generalizado no se han confirmado, la tecnología y la globalización han presionado a la baja los salarios de todos, excepto los de los trabajadores con más conocimientos especializados en las economías avanzadas. La proporción del capital en el ingreso nacional ha aumentado, mientras que la del trabajo ha disminuido. Sin embargo, poner en aplicación políticas que limitan las tecnologías con el potencial de ampliar la productividad sería un error serio.
Para impulsar un crecimiento robusto y las mejoras asociadas en los estándares de vida, los gobiernos deben asegurar al sector privado los incentivos necesarios para innovar, emprender e invertir en capital humano y físico. Por ejemplo, los funcionarios podrían reducir los trámites burocráticos, controlar los déficits y la deuda, establecer políticas fiscales propicias a la formación de capital, reformar el sistema educativo e invertir en investigación y desarrollo.
Claro, nadie debe tener esperanzas de un retorno a los años de prosperidad previos a la crisis vistas las presiones demográficas que casi todas las economías más importantes enfrentan, incluida China. Sin embargo, estos incentivos conllevan las mejores oportunidades de continuar con el patrón de productividad impulsada por la tecnología, en startups, divisiones de investigación de compañías establecidas en los sectores tecnológico, energético y de salud, entre otros

Publicar un comentario