lunes, 3 de agosto de 2015

Sueños de opio


Extraviado en el sueño, víctima de una nueva pesadilla, me secaba el sudor con el dorso de las manos, jadeaba, pronunciaba palabras inentendibles, como si se tratara de lamentos, sonidos guturales, en tanto me revolvía en la cama agobiado como si las sábanas me pesaran más que la losa de El Pípila. Ante la inminente sofocación, sin volver al mundo de los conscientes, empujé instintivamente las mantas con mis pies. Respiraba con los párpados crispados sin poder librarme del agobio que me acosaba hasta que logré, repentinamente, adquirir una paz que me invadió como si hubiera muerto.



En ese momento soñé que todos los mexicanos pagábamos todos los impuestos sin practicar la evasión fiscal, un auténtico deporte nacional en el que México podría obtener diversas medallas de oro en todas las especialidades. Nos comportábamos como suecos y pagábamos puntualmente nuestras obligaciones tributarias sin escatimar ni un quinto al patrimonio del fisco. ¿Contrapartida? El gobierno administraba escrupulosamente los ahorros públicos. Ningún funcionario pedía mordidas para cumplir con su trabajo, se habían acabado los sobornos, las amenazas y los cohechos. Las carreteras, los aeropuertos, los puertos, las universidades, academias y tecnológicos proliferaban a lo largo y ancho del país. Al construirse obras de infraestructura, en particular interminables redes ferroviarias, México llegaba a ser muy competitivo. Se multiplicaban las empresas y se contrataba masivamente mano de obra. Se disparaban los índices de los consumidores porque había empleo para todos, y todos gastaban y al gastar se estimulaba la expansión de las compañías mexicanas que generaban crecientes utilidades imprescindibles para su crecimiento y diversificación. Una maravilla.
El fisco recaudaba como nunca y las escuelas florecían gracias a un gasto social tan abundante como eficiente. El presupuesto federal alcanzaba para todo y para todos. El Estado de bienestar se imponía masivamente. Las cárceles se llenaban de políticos corruptos reacios a aceptar el arribo del México moderno y poderoso que, finalmente, llegaba para sorprender al mundo entero. Aparecían a diario en los periódicos fotografías de líderes sindicales podridos que habían abusado de las cuotas pagadas por sus compañeros al disponer ilícitamente de ellas. ¡Qué alegría compartíamos los mexicanos al ver a los capos, envenenadores de la niñez, tras de las rejas en las prisiones de Estados Unidos! Oaxaca y Michoacán se pacificaban al liberar a esas entidades de los secuestradores genuinos defensores de la ignorancia. Los chiquillos ya no desertaban de la escuela. Ya no se graduaba tan sólo 3% de la población, sino 97%, por lo que desaparecía la injusticia social en la inteligencia de que ya muy pocos acaparaban los conocimientos y las mayorías tenían acceso a mucho mejores ingresos, con lo que se apagaban múltiples mechas encendidas que corrían a toda velocidad en dirección a múltiples barriles de pólvora. Nunca en la historia de México se había visto a tantos compatriotas con un libro debajo del brazo. El bienestar yanqui ya no despertaba envidia ni admiración entre nosotros.
En México surgían mejores universidades que Stanford o Harvard o Yale. Ahora, los estadunidenses asistían a nuestras famosas academias.
De pronto proferí un grito de horror que tampoco me devolvió al mundo de los vivos: en mi delirio veía a Peña Nieto entregándole la banda presidencial a López Obrador, mientras Chávez aplaudía rabiosamente.
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