jueves, 22 de octubre de 2015

Los fundamentos de la sociedad libre

Nathaniel Branden es un psicólogo estadounidense, autor de Mis años con Ayn Rand.

Poco antes del derrumbe de la Unión Soviética fui invitado a participar en una conferencia en Acapulco, México. Otro de los expositores era Gennady Gerasimov, entonces portavoz de Gorbachev. Comenzó su discurso con un cuento en el que la Unión Soviética había invadido con éxito y conquistado al resto del mundo, con una excepción, Nueva Zelanda. Se había tomado la decisión política de no invadir ese país. ¿Por qué? Para que las autoridades soviéticas pudieran conocer el precio de mercado de las cosas. Toda la audiencia soltó la carcajada y yo me quedé petrificado.



Mi mente retrocedió 40 años atrás, cuando Ayn Rand me guiaba en la lectura de Ludwig von Mises, el economista que por vez primera apuntó la imposibilidad del cálculo económico bajo el socialismo, explicando que esa era la razón por la cual el sistema socialista terminaría con un colapso económico. Tantos años más tarde, un representante de la Unión Soviética admitía públicamente, a manera de chiste, el argumento de Mises, tratándolo como una evidente realidad.
Ya muy pocos creen seriamente en el socialismo como un modelo viable de organización social, pero está todavía lejos la victoria del capitalismo. Instituciones como Cato, además de académicos e intelectuales alrededor del mundo, aportan crecientes evidencias que ningún otro sistema puede competir en cuanto a productividad y nivel de vida con el libre mercado, a la vez que se demuestra que los gobiernos no sólo fracasan en resolver los problemas sociales sino que empeoran las mismas condiciones que tratan de mejorar. Pero como decidido combatiente por la libertad me pregunto ¿por qué la pelea ha sido tan larga y por qué aparecen cien cabezas cuando le cortamos alguna al monstruo estatista?
Vivimos en una cultura que enseña que la moralidad es el autosacrificio, la compasión y el servicio a los demás. No asociamos la moralidad con ambición, realización, innovación ni con las ganancias. Ahora llaman egoísta a quien hace lo que quiere en vez de hacer lo que nosotros queremos que él haga. Pero si comparamos el bien que logran los que sienten compasión por los demás con el logrado por aquellos que inventan y alcanzan éxito creando industrias y nuevos servicios, no hay duda de que los últimos han hecho mucho más por la humanidad.
Uno de los grandes problemas que enfrenta la sociedad libre es la disonancia entre los valores que realmente mejoran el bienestar de la gente y las cosas que se enseñan como nobles y morales. Mientras exista tal incongruencia, la batalla por la libertad no podrá ser permanentemente ganada. En nuestro siglo hemos sufrido rebeliones virulentas contra los valores de la razón, objetividad, la ciencia, la verdad y la lógica de parte de filosofías como el postmodernismo, postestructuralismo, deconstruccionismo y el determinismo histórico. No es accidente que nuestros contrincantes son todos estatistas, pero si no se ejerce la razón lo que queda es la coerción.
Otro valor en decadencia es la autorresponsabilidad. Asumíamos que el crecimiento normal era la progresión de la dependencia de la niñez a la responsabilidad del adulto. Uno de los fundamentos principales del liberalismo es la premisa de que tenemos que asumir la responsabilidad por nuestras propias vidas. No hay otra forma en que funcione la sociedad civilizada. Y durante demasiado tiempo ha existido una animadversión contra el empresario. Sin embargo, si entendemos que el hombre de negocios es clave para convertir los nuevos conocimientos en formas de mejorar el bienestar de la gente, nos damos cuenta que ser antiempresarial es un error. Pero sin la dimensión moral y espiritual lograremos apenas ganar el debate en el corto plazo, mientras los estatistas asumen su manto de moralidad, por más daño que causen sus programas.
Pienso que no hay batalla más noble que la batalla por la libertad. Y no se trata de una batalla a favor de la empresa privada ni del mercado. Se trata de una batalla por la propiedad sobre nuestra vida misma
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