domingo, 31 de enero de 2016

Colonia y la doble moral del multiculturalismo

Flashmob gegen Männergewalt, Köln 2016
Los horrendos ataques contra mujeres en Colonia, Alemania, el pasado día de Año Nuevo, han puesto de manifiesto la profunda fractura en la fachada del multiculturalismo radical. Por un lado están las feministas radicales que argumentan que el sexismo, sin importar cuán inocentemente se exprese, se debe reprimir con mano dura. Por otro, están los expertos en políticas de identidad étnica y racial que sermonean con que a los refugiados musulmanes se les debe eximir de demasiada crítica por sus ataques sexuales, para no caer en la “islamofobia”.



Obligadas a elegir entre ambas posturas, algunas feministas eligieron la antiislamofobia. Laurie Penny, de Harvard, por ejemplo, estaba mucho más fastidiada por la supuesta “apropiación del discurso feminista por parte del imperialismo y el racismo” que por los ataques en sí. No excusa a los atacantes directamente, pero deja claro que está mucho más preocupada de que se confirme la “narrativa” de la islamofobia que por defender los derechos de las mujeres.
¿Por qué ocurre esto? Una de las razones es que los refugiados musulmanes disfrutan ahora de una posición preeminente en el canon del multiculturalismo. Se cree que son los más victimizados, por lo que reciben la mayor parte de la atención, incluso hasta el punto de sacrificar la causa feminista.
Pero hay razones filosóficas más profundas. Muchas personas piensan que el multiculturalismo tiene que ver con la defensa de los valores comunes a toda la humanidad. Pero no es así. Tiene que ver con la creación de una nueva estructura de poder que divide a la humanidad en grupos desiguales y en competencia.
Esto lo explico en mi libro The Closing of the Liberal Mind: How Groupthink and Intolerance Define the Left:
Con el fin de justificar la multitud de identidades autogeneradas, se debe erradicar la propia noción de ser humano. Se debe cortar y trocear únicamente de acuerdo a lo que cada identidad establece como su propia verdad local… Si creemos, como hacen los teóricos de la identidad, que el ser humano individual como habitualmente lo entendemos es una ficción social, entonces no supone una gran tragedia sacrificar a algunas personas por el beneficio de otras. Sin respeto por todos los seres humanos, sin importar su lugar en el orden jerárquico de la identidad, resulta bastante fácil, incluso necesario, dividir a las personas entre ganadores y perdedores en este juego de poder.
En el caso de Colonia, las que pierden en este nuevo juego de poder son las mujeres. En el actual reparto de victimismo multicultural, las mujeres están más abajo que los refugiados musulmanes en el orden jerárquico.
Estamos ante una flagrante doble moral, una para las mujeres occidentales y otra para los refugiados musulmanes. Pero en realidad no nos deberíamos sorprender. Al fin y al cabo, el multiculturalismo radical tiene su base filosófica en la lógica de la doble moral. Según el canon del “privilegio blanco”, se supone que todas las personas blancas, sin importar sus puntos de vista personales, son racistas por definición. Las minorías raciales, por otra parte, no se pueden definir como racistas. Sólo lo pueden ser las personas blancas. Hay un estándar para unos y otro para otros.
En el caso de Colonia, esto se cumple no sólo para las mujeres occidentales y los refugiados musulmanes de Alemania. Se cumple también para los hombres alemanes y los refugiados musulmanes. ¿Alguien duda siquiera por un segundo que Laurie Penny habría hecho lo imposible para explicar la importancia de los ataques de Colonia si hombres alemanes los hubiesen cometido?
Es ahí donde está la raíz del problema: se supone que el multiculturalismo y su política de ramificación de la identidad se basan en la igualdad, pero no es así. En realidad se basan en pretender que cosas distintas son lo mismo. Según el canon de la teoría de la identidad, una mujer blanca que afirme que es negra es “realmente” una mujer negra. Un hombre que insista en que es una mujer “realmente” es una mujer. El estatus de víctima de los refugiados musulmanes le da derecho a un asaltante a ser tratado “como si” fuera inocente, puesto que es víctima de la opresión cultural de Occidente. En todos estos casos, las personas afirman ser algo que no son. Y sin embargo, se envuelven el manto de la igualdad como si lo fueran.
Por esta contradicción es por lo que los defensores del multiculturalismo deben cambiar siempre de tema. Como explicó Ralf Jäger, ministro del interior de Renania del Norte-Westfalia, después de los ataques de Colonia: “Lo que sucede en las plataformas y foros de internet de la ultraderecha es por lo menos tan espantoso como los actos de quienes asaltan a las mujeres”. Es decir, que los verdaderos actos de violación y acoso no tienen importancia, lo que realmente importa son las palabras de personas que no han cometido ningún delito.
Sí, todos conocemos el horrible pasado de Alemania, pero la hipérbole de Jäger no es una mera sobrecompensación. Alemania está descendiendo al mismo abismo moral al que afirma (y entiendo que de forma sincera) aborrecer. Al invocar semejante falsa equivalencia moral, no sólo se minimizan los verdaderos delitos de los hombres, sino que se sacrifican los derechos de igualdad de las mujeres. Y supone un sorprendente pacto fáustico con una clase de intolerancia nueva y diferente.
Como explico en mi libro:
En la práctica, la identidad y la igualdad funcionan la una contra la otra.  Cuanto más presiona la identidad, más se balcaniza la doctrina de la igualdad. Se convierte en una contienda de exigencias que compiten entre sí por el reconocimiento y el privilegio.

En esa contienda hay ganadores y perdedores. Y en Colonia, parece que quienes pierden son las mujeres y la causa del feminismo.
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