lunes, 18 de enero de 2016

#España Cuando se renuncia a los principios se marchan los votantes

– por Javier Fernández-Lasquetty

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Mariano Rajoy y su equipo renunciaron a dar la batalla ideológica –y ganarla– porque pensaban que ese tipo de cuestiones no interesan a la gente. El resultado es que en pocas semanas España tendrá un Gobierno dominado por un partido leninista revolucionario como lo es Podemos.
Mariano Rajoy y su Gobierno no quisieron cumplir el mandato claro de enérgicas reformas que los españoles les dieron hace cuatro años. Pensaron que hacer esas reformas produciría mucho desgaste. El resultado es que ha perdido más de 4 millones de votos: un auténtico récord de desgaste.
Mariano Rajoy y los dirigentes que le han acompañado han visto siempre con desprecio aquellas iniciativas políticas que, según ellos, generaban “líos”. Mucho más que un lío es lo que tiene ahora España, a merced del extremismo izquierdista y nacionalista, de acuerdo todos ellos en iniciar el proceso de ruptura de la unidad nacional.



Desdibujarse, atenuar la diferenciación ideológica hasta hacer irreconocibles las diferencias entre partidos, no ha dado buen resultado. Ha llevado al PP a su mayor fracaso histórico, lo mismo que ha llevado a Ciudadanos a su nada sorprendente fiasco. La cuestión no es poner caras jóvenes y decir frases que suenen bien en los magazines televisivos. La cuestión es que refugiarse en el tibio y pegajoso consenso socialdemócrata, como han hecho PP y Cs, ha multiplicado los votos de la izquierda de verdad, la que no renuncia al combate ideológico. Los discursos de la noche electoral lo volvieron a poner de manifiesto.
El centroderecha español puede recuperarse si cambia de rumbo. Eso conllevaría recuperar sus principios básicos, las ideas liberales que le hicieron dar a España sus mejores años y al PP sus mejores resultados. Esas ideas existen, y un grupo de gente joven e inteligente como Floridablanca las ha articulado de manera muy sólida a lo largo de estos meses.
Parece difícil que el Partido Popular salga del callejón sin salida en el que él mismo se ha metido, abocado a un deterioro que ya no se mide en miles, sino en millones de votos. Ya no aglutina a todos los que están a la derecha de la izquierda. Ya no gana a la izquierda. Ya no tiene un corpus sólido y reconocible de ideas y de programas de inspiración liberal. Simular que nada ha ocurrido es como querer tapar la luz del sol con un dedo. La salida más lógica parece dar la palabra a todos sus militantes, en un congreso 100% abierto. Y cuanto antes lo haga, mayores serán las posibilidades de reconstruir una alternativa ideológica atractiva frente a la izquierda revolucionaria que se dispone a tomar el poder.
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