jueves, 21 de abril de 2016

¡Abajo las luminarias, sigamos con las velas!

Ángel Soto considera que las reacciones contrarias a Uber en el cono sur son señal de que lejos están aquellos tiempos en que inmigrantes y pioneros traían nuevas tecnologías a nuestro continente y estas eran bienvenidas.

Ángel Soto es Profesor dela Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes (Chile).
Las reacciones de los taxistas en contra de Uber me hicieron recordar la vieja lección que tuve el primer semestre como estudiante de historia hace un par de décadas. Un viejo libro, escrito en 1949 inicia su introducción con la clásica pregunta: “¿Papá, explícame para qué sirve la historia?” A continuación seguía con una de sus tantas lecciones, aquella que busca “comprender el presente por el pasado” y el “pasado por el presente”, que tantas veces hemos citado del texto de Marc Bloch, Introducción a la historia (1949, 1º ed. en español 1952).



En Chile, a los taxistas que se quedaron en el siglo pasado, no les bastó con “tomarse” la calle y protestar, sino que están recurriendo a la violencia y golpean cualquier auto —ocupantes incluidos— que les parece este “haciéndoles una competencia desleal”. Lógico, no quieren perder lo que creían era su mercado cautivo, haciendo caso omiso a la “competencia como proceso de descubrimiento”, en palabras de Hayek.
En México ya habíamos visto fenómenos similares, demostrando que no es un tema nuevo. Recuerdo que varios amigos en Centroamérica el año pasado compartieron en las redes sociales sus opiniones al respecto. Por lo que se, ningún periódico censuró sus blogs, intervino sus emails, ni pidió regular WhatsApss. Mucho menos acusó a Facebook ni a Twitter de competencia desleal, al contrario, introdujeron el concepto de periodismo ciudadano que hoy se nutre de la información que ahí circula y les permite hacer mucho mejor su trabajo.
Solo era cuestión de tiempo para que llegara al cono sur, aunque —claro está— convengamos que muy pocos —por no decir nadie— esperaba que fuera el presidente Mauricio Macri de Argentina quien defendiera a los taxistas de “techo amarillo”. ¿Vas entendiendo para qué sirve la historia?
Andrés Oppenheimer en su magnífico libro, ¡Crear o Morir!. La esperanza de América Latina y las cinco claves de la innovación (2014), aborda esta temática y se pregunta si en Latinoamérica ¿puede haber un Silicon Valley? Claro que sí, pero, antes habría que entender que no bastan los estímulos económicos o reducir trabas burocráticas para que la masa crítica de mentes creativas se agrupen y den vida a “barrios bohemios” al estilo de California (p. 21). Es necesario que surjan entornos creativos, lugares propicios para la innovación donde florecen las artes, hay buena cocina, música y las universidades transformen la creatividad en innovación (p. 24). Junto a ellas, librerías y más librerías.
Las reacciones a Uber, a las que se suman las de los hoteleros que quieren “regular” el arriendo de las casas de vacaciones, y varios más que vendrán, demuestra cuán lejos estamos del progreso.
Hace unos días, el Informe de las economías más innovadoras del mundo 2016, elaborado por Bloomberg confirmó lo que sabemos. En nuestra región hay mucho emprendimiento, pero poca innovación. Argentina, el mejor situado, esta en el puesto 49. ¡Bravo, mucha comida!, ¡cada vez de mejor calidad, más sana y barata!, pero poco I+D.
Qué lejos estan esos tiempos en que los inmigrantes, y sobre todo los pioneros, trajeron la “modernidad”, el progreso a nuestro continente. Son cientos los que llegaron a las américas atraídos por las oportunidades. Más adelante escribiremos un par de artículos sobre quienes trajeron la luz, los ferrocarriles, los autos, los frigoríficos, nuevas formas de cultivo y tantos inventos que mejoraron la calidad de vida de los latinoamericanos.
No me imagino a los dueños de las carretas soltando a los caballos en plena Alameda para impedir el paso de un Ford T. Los ferrocarriles nos permitieron viajar no sólo más cómodos, sino que incluso democratizaron las vacaciones. Y ¿qué decir de las empresas que iniciaron el portugués José Nogueira y los “Prohombres Patagónicos” como José Menéndez y Mauricio Braun? (véase Mateo Martinic, 2001).
Isidora Goyenechea y Luis Cousiño no solo fueron parte de ese grupo de emprendedores del siglo XIX, sino que también fueron un aporte a la cultura dejando un legado como el Parque de Lota, el Palacio Cousiño y el Parque O’Higgins, hoy monumentos nacionales de los cuales nos enorgullecemos y abrimos sus puertas en el “dia del Patrimonio”.
“¡Abajo las luminarias, sigamos con las velas!”…, de seguro no fue lo que se escuchó cuando llegó la luz eléctrica.
Pero claro, como en todo el continente, estos creadores de riqueza no tienen ni necesitan estatuas. Estas se reservan para los políticos, dictadores, guerrilleros y varios otros que bien fueron catalogados como los Fabricantes de miseria (Plinio Apuleyo, Carlos A. Montaner, Alvaro Vargas Llosa, 1998). En este grupo también están los empresarios que se enriquecieron con las prebendas que les entregó el monopolio estatal y las leyes que protegieron a determinados grupos de interés o presión. Ninguno quería competir.
Quizás esos pioneros tampoco compitieron, pero sin duda varios abrieron un sendero, como toda innovación.
Un grupo de mis alumnos en la Universidad, preparando su presentación para el curso, mostró el caso de SodaStream, un dispositivo que permite hacer bebidas gaseosas en casa. Agradecí el dato, no lo conocía, y efectivamente al mirar de qué se trataba descubrí como hoy ud puede hacer una bebida gaseosa en su casa. Las “bebidas envasadas” han puesto el grito en el cielo. Lógico, es inconcebible que ud haga su propio refresco gaseoso, como se le ocurre, ud no tiene las normas higiénicas adecuadas, le pondrá mucha azúcar, y tal vez tenga la osadía de envasarla en una botella de vidrio de 5 litros. ¿Se acabaran las bebidas en el supermercado? Claro que no, al menos por un tiempo, y de seguro más que una guerra sera la creatividad la que se imponga y seamos los consumidores los beneficiados. ¿Recuerda que en los años 80 una guerra entre las “bebidas colas” sacó a una de ellas del mercado? Los perjudicados fuimos nosotros, quienes no pudimos seguir eligiendo.
Comprender el pasado por el presente y el presente por el pasado nos dice Bloch. No se trata de recurrir al chiste del duo humorístico el Indio y el Flaco cuyo cuento se inicia con… “cuaaando llegaron los españoles… “, pero la historia sirve.
Proteccionismo, impuestos, barreras de entrada, trabas a la innovación, escaso número de patentes, es la misma historia que ha impedido la creación de esos entornos de los que nos habla Oppenheimer.
¿Acaso el paso siguiente será la protesta de los conductores del transantiago cuando se instale una empresa cuyos buses operen sin conductor, cumplan sus recorridos, sean puntuales, limpios, y nos permitan de una vez por todas dejar el auto en la casa?
La historia continuará…
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