jueves, 21 de abril de 2016

América Latina: Las calles de la Región se llenan de política

 Las calles brasileñas y venezolanas son escenario del protagonismo de todos aquellos que, hartos del populismo y de sus consecuencias, simplemente quieren lo mismo: cambiar, para poder vivir sin zozobras, en paz.
 
Después de haberse encaramado en el poder, abusándolo sin límites a lo largo de una interminable década, hoy está claro que las recetas demagógicas del populismo bolivariano -en sus muy distintas versiones- han fracasado rotundamente en toda América Latina.

Lo que sucede ahora en Brasil y en Venezuela es una prueba irrefutable de ello. En ambos países, la gente está en la calle, manifestándose ruidosamente. Protestando. Harta y exigiendo la renuncia de quienes han sido responsables del enorme deterioro de sus economías, hoy reflejado en sus disminuidos niveles de vida.


De nada sirven ya los esfuerzos por tratar de disimular y ocultar la realidad con el martilleo desde los multi-medios de comunicación estatales. Ni la manipulación constante de la opinión pública. Porque los hechos golpean abiertamente a todos por igual.Permanentemente.

Escribo estas líneas cuando millones de brasileños acaban de salir masivamente a las calles de las principales ciudades de su país para, desde allí,presionar a la Justicia y al Congreso de su país, pidiendo que se aceleren todos los procesos que están en marcha y apuntan a la destitución o reemplazo de la presidente, Dilma Rousseff, así como al desenmascaramiento definitivo del ex presidente “Lula” da Silva, acusado de corrupción.

Ambos son responsables de haberse beneficiado de la perversa desnaturalización de la obra pública impuesta desde lo más alto del poder. Para trabajar con el Estado había forzosamente que pagar una suerte de ilegítima “tarifa”. El que no se agachaba, dormía afuera. Y quedaba condenado a cerrar, sin obras, ni trabajo. No obstante, escudarse en esa suerte de grotesco “estado de necesidad” no es excusa.

La presión popular brasileña está -por cierto- acompañada por la oposición: el “Partido de la Social Democracia Brasileña” (PSDB). Y ha provocado, además, que el principal partido todavía aliado del gobierno, el “Partido del Movimiento Democrático Brasileño” (PMDB), haya prohibido a sus afiliados ocupar nuevos cargos en la administración de Dilma Rousseff, distanciándose de ese modo inequívocamente de ella. Rompiendo de hecho la coalición de gobierno, entonces. Lo que ha contribuido a debilitar aún más a Dilma Rousseff.

En paralelo, a la distancia, oficialistas y opositores midieron fuerzas en las calles de Caracas, en Venezuela.

Con camisas blancas, los opositores inundaron el municipio del Chacao, exigiendo a viva voz la dimisión de Nicolás Maduro. Que previsiblemente no ocurrirá, puesto que para la izquierda radical el verbo “renunciar” simplemente no existe. Tampoco se concibe la mera posibilidad de dejar el poder, con todo lo que ello significa respecto de contar con todos los recursos del Estado para sobrevivir y “arrear” perversamente a la gente.

Los manifestantes opositores venezolanos también exigieron, una vez más, la libertad de los presos políticos que Nicolás Maduro mantiene tras las rejas, con un Poder Judicial que no es, para nada, independiente, ni democrático, sino que actúa a la manera de mero agente del autoritarismo del Poder Ejecutivo, al que le está definitivamente sumiso. Con sus camisas rojas, los partidarios de Nicolás Maduro, por su parte, salieron en su apoyo, en el centro de la ciudad.

Pero ambas manifestaciones fueron absolutamente diferentes. La de la oposición, espontánea. La concurrencia a ella era libre. En cambio, la del gobierno fue otra cosa. Muy distinta:alquilada, esto es, pagada con los dineros de todos, que proveyeron el transporte, la comida y, en muchos casos, hasta un regalo o viático en efectivo para quienes concurrieron a ella. Nada que ver, entonces, entre una y otra.

Nicolás Maduro, sin principios, ni valores, no renunciará. Y, como siempre, culparáy seguirá grotescamente culpando de todos los males -por él mismo generados- a los “demonios”norteamericanos; fábula que, sin embargo y pese a todo, todavía parece venderserelativamente bien en Venezuela.

La oposición, además de pedir pacíficamente la pronta renuncia del incapaz Nicolás Maduro, activará simultáneamente el proceso de enmienda constitucional, para así poder acortar su eterno mandato presidencial y convocará,además,al referendo revocatorio específicamente previsto en la propia Constitución venezolana. Pondrá “toda la carne en la parrilla”, dirían en el Río de la Plata.

La estrategia de la oposición es claramente diferente a la del 2014, que fuera respondida desde el poder con muertos, heridos y millares de detenidos. Esta vez, no sólo existe la presión que llega desde las calles, sino que, además, hay una acción institucional coordinada, simultánea, inmediata y permanente.

Las calles brasileñas y venezolanas son, queda visto, escenario del protagonismo de todos aquellos que, hartos del populismo y de sus consecuencias,simplemente quieren lo mismo: cambiar, para poder vivir sin zozobras, en paz.

Para crecer entonces, en lugar de ir para atrás, mientras los gobernantes lavan cerebros y se “engordan” a sí mismos a la vista de todos.

Ocurre que las calles no piensan, ciertamente, pero lo real es que se llenan de gente espontánea que sí lo hace y que en su desesperación se vuelca masivamente en ellas para expresar su profundo malestar y su agobiante cansancio moral.

Presionando, es verdad. Porque las calles de algún modo hablan, pese a todo.
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