jueves, 21 de abril de 2016

Camioneros, lecheros, actores, empresarios… Los amantes del estado

Luis I. Gómez, en Leipzig
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Decía Frederic Bastiat que el estado es una gran ficción en la que cada uno hace todo lo posible por vivir a costa de los demás. No me pregunten si la traducción desde el original de Bastiat debería reflejar más el carácter ficticio del estado o si lo realmente ficticio (ilusorio) es el deseo de vivir a costa de otros. Creo que las dos interpretaciones, así sin más, serían falsas. El Estado es una realidad, igual que el hecho de que gracias a él existen gentes que realmente viven a costa de los demás: los políticos, los burócratas y los receptores netos de ayudas estatales. No se olviden que la fuerza que realmente hizo posible las escuelas estatales y la educación aparentemente gratis y para todos fué el deseo de los empresarios y las clases medias de disponer de un sistema educativo y de formación laboral a costa de … los bolsillos de otros. En nombre del “interés general”.

 
Si contemplamos la afirmación de Bastiat desde un punto de vista más interactivo, histórico-dinámico, sí vemos más claro lo que quería decir con “ficción” o “ilusión”: ¿existen realmente receptores netos de impuestos? ¿Y pagadores netos? El pagador neto, consciente del robo vía impuestos, intentará por todos los medios posibles hacerse con el suficiente poder político (un lobby, un partido) que le permita recuperar parte de su dinero. ¿Y el receptor neto? ¿Acaso los pobres, asistidos socialmente, no pagan IVA?.
El conductor piensa que con sus impuestos se pagan las líneas del AVE y el déficit de RENFE. El usuario de trenes piensa que con sus impuestos se construyen autopistas que él no usa. El visitante de la Ópera piensa que con su dinero se paga a la policía que vigila los encuentros de fútbol, mientras el hincha futbolero piensa que con su dinero se subvencionan grupitos culturales de dudosa utilidad pública. El conservador no cree que con su dinero se deban subvencionar actividades que van en contra de la familia, el crítico de los valores tradicionales pone el grito en el cielo cuando ve cómo los matrimonios con hijos son mantenidos en situación de ventaja, consolidando una institución obsoleta. Las familias de clase media consideran un derroche malgastar su dinero en la escolarización de extranjeros incorregibles e ineducables (bárbaros, vaya). Los contribuyentes extranjeros piensan que con su dinero se financian las pensiones de los nacionales que día sí y día también les recuerdan que son ciudadanos de segunda.
Lo peor de todo esto es que, aún siendo conscientes de todas estas ridículas redistribuciones, aún siendo conscientes de lo absurdo de tales situaciones, no somos capaces de adoptar una decidida postura frente a ellas, frente al estatismo. La lucha entorno a quién debe pagar lo de quién, quién debe vivir a costa de quién, ha dejado profundas heridas: una consciencia colectiva de repudio al intervencionismo es ya imposible. Sólo queda el deseo de ganar tanta influencia como sea posible para asegurarse los propios privilegios.
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