viernes, 22 de abril de 2016

Chile: a un paso del fascismo.

Chile: a un paso del fascismo.

Comúnmente se usa la palabra “fascista” de forma despectiva para referirse a toda persona que habla acerca de cualquier postura política que no es la propia. De hecho, nadie hoy en día se admite orgullosamente fascista. Pero el hecho de que no haya un grupo formalmente establecido y auto denominado de esa forma, no quita que conceptualmente podamos catalogar de ese modo a muchos.
Me parece razonable la definición que da Llewellyn Rockwell, autor estadounidense, cuando se refiere al fascismo como un sistema de gobierno que carteliza al sector privado, planifica y tiene un fuerte control sobre la economía, exalta el estado policial como fuente de orden, niega derechos y libertades fundamentales a los individuos y hace del poder ejecutivo el amo ilimitado del poder.


 
A mi juicio, el conjunto de los políticos que toman hoy en día las decisiones, encajan bastante bien dentro de esa categoría apoyando y cumpliendo, parcial o completamente, todos los aspectos antes señalados. La genialidad del asunto es que se logra de forma conjunta, casi coordinada, de parte de los políticos tanto de izquierda como de derecha, lo que podremos evidenciar a continuación.
Como bien nos percatamos en los pasados meses, no ha habido ningún cargo de conciencia al incluir a los privados dentro de los negocios estatales. Ejemplos de esto son: ley Longeira, caso Penta, SQM, etc. con una gran variedad de políticos involucrados de ambos bandos. A esta lista podríamos incluir los privilegios de los taxistas, la CUT, la asamblea de periodistas, el gremio de profesores, el sector bancario y muchos otros grupos que dependen de la protección, leyes especiales o los favores del estado para prosperar.
La siguiente característica concierne a la economía, la cual por suerte para nosotros, tiene bases un tanto más sólidas que la moral de nuestros políticos, más no lo suficiente como para evitar la lenta y paulatina succión insaciable de recursos que caracteriza a cualquier estado fascista. Fácilmente lo podemos evidenciar en el gasto público, el cual era de 1.408 euros Per Cápita y consumía el 18,6% del PIB el 2006, incrementado hasta 3.138 euros Per Cápita y consumiendo un 25,8% del PIB en el 2015, sin indicios de que se detenga.
Proseguimos a analizar el estado policial, característica hasta hace poco inexistente en nuestro país. Lamentablemente hoy ya hay en comisión mixta, leyes que le otorgan a las policías la arbitraria facultad de realizar un control de identidad a cualquier persona mayor de 14 años en cualquier momento que se considere necesario y con la posibilidad de retenerla por 4 horas, violando de esta forma principios jurídicos básicos como la presunción de inocencia. Se le añade al pack de estatismo policial, la absurda sanción a cualquiera que maltrate a uno de estos funcionarios policiales aún cuando no haya pruebas físicas del acontecimiento, destruyendo absolutamente el principio de igualdad ante la ley, ya que se entenderá que el resto de nosotros no poseemos esa protección especial.
En este siguiente punto no sé si realmente podemos hablar de que hemos ido perdiendo derechos y libertades personales, o más bien nunca las hemos tenido. Más allá de un espacio delimitado de libertades, obviamente toleradas por no representar una amenaza para el poder, no son muchas las que se nos reconoce plena capacidad de ejercer. Una de ellas es la libertad de expresión, la cual se intentó mermar en este último pack de leyes que se discuten actualmente, proponiendo una ley “mordaza”, la cual obliga a todos los ciudadanos a guardar silencio respecto de cualquier investigación en proceso. Propuesta que excluía a los periodistas, obviamente ya cartelizados. Además de ese intento por debilitar el periodismo ciudadano, nuestras facultades para consumir cualquier tipo de sustancia, portar armas, decidir sobre nuestros cuerpos, elegir como educar a nuestros hijos, etc. son prácticamente nulas o a lo menos muy limitadas.
Finalmente, si bien es sabido que nuestra república presidencialista dista de tener un poder ejecutivo equiparable con el de Mussolini, cabe hacerse la pregunta: ¿no será el cambio de constitución la piedra angular faltante? Después de todo, fue a través de los sistemas legales existentes que Hitler y Mussolini adquirieron el poder. Nada más falta establecer una nueva constitución que no sea tan rígida como la actual, que deje un pequeño espacio para la ambigüedad jurídica, para que todas nuestras libertades puedan ser absolutamente arrasadas por quien quiera que ostente el poder, usando como pretexto, por ejemplo, el estado de emergencia imperante hoy en la Araucanía.
Y de esta forma se va configurando el camino para nuestro tan anhelado fascismo, con todos los esfuerzos de una derecha que no quiere poner límite a la intervención en la economía, más un deseo fanático por establecer un estado policial absolutamente arbitrario, sumado a una izquierda ideológica, totalmente enviciada con meternos la mano en los bolsillos y sin ningún énfasis especial en resguardar libertades personales.
Poseemos el peor de los dos mundos y un avance que netamente apunta hacia la expansión del estado en estos cinco aspectos fundamentales. El costo de ir en esa dirección es como dijo el legislador y economista francés Frédéric Bastiat, “la prosperidad que no vemos, los empleos que no existen, las tecnologías a las que no tenemos acceso, los negocios que no llegaron a existir, la libertad de la que carecemos y el brillante futuro que nos han robado. El estado nos ha saqueado tan seguramente como un ladrón que entra en nuestra casa y nos roba todo lo que amamos.”
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