viernes, 22 de abril de 2016

¿Cuánto más?

¿Cuánto más?

“Si quieres cargarte en un cubano, si quieres ofenderlo, no te cagues en su madre ni en su padre. Di viva Fidel, viva Raúl” La cita es más o menos textual. Eso decía entre sonrisas, convencido y amable, como siempre, el dueño del restaurante cubano que a veces frecuento, ante la mirada algo atónita de un parroquiano que seguramente escoraba para la siniestra. ¿Cuántas veces ha de repetirlo? Su mujer, inmediatamente después, contaba al cliente, atento y curioso tras la primera andanada, como rompió la estampita del niño balsero, Elián, cuando su hijo la trajo a casa saludando con un “Mira mamá, mi primito Elián.” Al que respondió ella con un seco y enfurecido “Ese no es tu primo”. Pasó el martes.


En mi repertorio habitual, con unos y otros se encuentra Rock you like a hurricane, de Scorpions, los mismos que escribieron aquello del Wind of change, y que intencionadamente o no, a casi todos nos trae a la cabeza las imágenes de gente saltando por encima del muro de Berlín, ante la mirada ya impasible de los que tenían que custodiarlo. Ya hace más de un cuarto de siglo. Sigue habiendo muros hoy. ¿Cuántos muros más tienen que caer? ¿Si el comunismo no lo pudieron hacer funcionar los alemanes, quién puede hacerlo marchar? Y me sonrío.
Los planteamientos marxistas, más o menos radicales, no han funcionado nunca. Tarde o temprano acaban por claudicar frente a la gente que pide Libertad. Quizá, y solo quizá, haya algo de romántico en los unicornios. Quizá, y sólo quizá, la intención de miles y miles de ¿bienintencionados? socialistas que miran, con un ojalá dibujado en los ojos y media sonrisa,  hacia la izquierda sea buena. Quizá, y solo quizá, muchos populistas que directamente dicen admirar a asesinos homófobos y racistas con Ernesto Guevara, sean solo ignorantes y cortos de entendederas y no malas personas y asesinos homófobos y racistas en potencia.
¿Cuántas veces tiene que fracasar un sistema para que nos demos por aludidos? ¿Cuántos mesías han de bajar del cielo o del púlpito para convencernos si debemos llevar o no tampones y compresas?  ¿En cuántas camas, despensas y bolsillos han de meterse? ¿Cuánto más tienen que robar, prevaricar y medrar? ¿Cuántos consejos de administración de empresas afectas al poder deben copar? Queda muy bonito eso de que hay que ayudar al prójimo. Muy eclesiástico, aunque lo diga el Estado, que ya es la nueva Iglesia. Pero, por muy buenas intenciones que uno tenga, parece que es mucho más efectivo dejar que el prójimo se meta 3.000 euros del ala al buche todos los meses, eso sí, con el sudor de su frente, que la paguita miserable de 400, que te tiene atado a la teta estatal con la pata quebrada. Y mejor que rezar mucho. También funciona mejor que rezar. Al menos aquí en el valle de lágrimas.
De buenas intenciones está lleno el infierno, dice la sabiduría popular. Dejemos pues las buenas intenciones a un lado y veamos qué es lo que funciona. Por qué Singapur tenía una renta per cápita paupérrima hace 50 años, mientras Cuba era un próspero lugar y hoy es al contrario. Comparemos las dos Coreas. Nada es perfecto porque las personas no lo somos. Pero veamos que caminos llevan a lugares donde querríamos estar. Qué formas de Estado prosperan más y cuales acaban por agotarse. Y dejémonos de gilipolleces.
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