martes, 19 de abril de 2016

El mito escandinavo y la última utopía socialista

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Los países nórdicos se han transformado en la última gran utopía socialista. No los países reales, sino un mito construido a partir de la distancia y la ignorancia. Se trataría de sociedades donde un gran Estado ha creado una asombrosa combinación de prosperidad económica, paz social, igualdad, libertad y democracia. El camino hacia sociedades idílicas de ese tipo pasaría entonces por el aumento radical de los impuestos y el gasto fiscal, así como por la creación de amplios monopolios públicos y una multitud de mecanismos estatales de intervención y redistribución.



A los que creen en ese mito bien les vendría leer “El poco excepcional modelo escandinavo” y escuchar a su autor, Nima Sanandaji, que a comienzos de mayo visitará Chile. Se trata de uno de los intelectuales jóvenes más brillantes e influyentes de Suecia, que en su propia biografía, con raíces kurdas y nacido en Irán, refleja la nueva diversidad del mundo escandinavo. La tesis central del libro puede resumirse así: el progreso de los pueblos nórdicos nada tiene que ver con el surgimiento, muy tardío, del gran Estado, sino con un pujante capitalismo hijo tanto de la libertad económica y la igualdad básica de oportunidades como de una fuerte cultura del deber y el esfuerzo. Por el contrario, la expansión estatal a partir de los años 1960 debilitó ese progreso, conduciendo a severas crisis que han dado paso a importantes procesos de reforma pro mercado de los estados nórdicos. Para probar su tesis, Sanandaji nos invita a recorrer la historia del desarrollo escandinavo. Ello demuestra, con contundencia, que la supuesta causalidad que hace del gran Estado una suerte de primer motor del progreso es falsa.
La evidencia es abrumadora al respecto: el gran salto escandinavo al desarrollo, en particular en sus países históricamente más avanzados, Suecia y Dinamarca, se dio muchos decenios antes de que el gran Estado benefactor siquiera hubiese sido pensado. De hecho, el período más exitoso en la vida económica de esos países se registra en los decenios anteriores a la Primera Guerra Mundial y se prolonga luego hasta mediados del siglo XX, es decir, cuando los estados nórdicos eran muy pequeños en términos tanto absolutos como relativos. Ese es el momento no solo de la formación de las principales empresas transnacionales escandinavas, sino también de un gran mejoramiento de las condiciones generales de vida y de los niveles de igualdad. Tal como Sanandaji nos lo recuerda, los avances más rápidos en esa dirección se dieron cuando el Estado era limitado y las políticas redistributivas muy poco significativas.
Las razones de este notable progreso antes del surgimiento del gran Estado son múltiples. Nuestro autor hace hincapié en la existencia de una cultura con altos niveles de confianza mutua, un fuerte sentido de la responsabilidad y una notable ética del deber y el trabajo. Se trata, por lo tanto, de sociedades con altos niveles de “capital social”, cuyo origen debe buscarse tanto en la homogeneidad étnica y la igualdad básica de oportunidades dada por la existencia de un fuerte estrato de campesinos propietarios como en sus tradiciones religiosas (protestantes).
Pero aquí también juega un papel importante la temprana formación de un Estado pequeño pero ágil, caracterizado por su probidad, profesionalismo y respeto por la legalidad. Todo ello se combinó, desencadenando la mayor era de progreso de los países escandinavos, con las grandes reformas liberales de mediados del siglo XIX y la plena integración de esos países al comercio mundial. Se trata, como Sanandaji subraya, de la creación de las instituciones clásicas de la libertad económica lo que, a partir de sus particulares condiciones históricas, lleva al surgimiento de un gran capitalismo escandinavo que transformará lo que hasta entonces eran sociedades periféricas y atrasadas en verdaderos líderes del progreso mundial. Todo este relato histórico es lo que callan o ignoran quienes proponen la utopía estatista nórdica.
Es como si para ellos todo lo bueno hubiese empezado cuando llega el gran Estado, es decir, a partir de la década de 1960. Sin embargo, la realidad es exactamente al revés. Sanandaji muestra como la acelerada deriva estatista comienza a minar el éxito escandinavo, hasta hundir tanto a Dinamarca como a Suecia en graves crisis que impulsarán luego profundas reformas del Estado de bienestar y un retorno paulatino hacia los principios de libertad económica que habían fundado el éxito histórico de los países del norte. Sanandaji insiste en que el daño causado por el intervencionismo estatista no fue mayor gracias a las sólidas bases tanto culturales como económicas preexistentes.
Como él dice, toma tiempo destruir un capital cultural y social tan fuerte y una base productiva tan sólida como la de los países nórdicos. Pero, a pesar de ello, es evidente que se produjo un deterioro, manifestado tanto en las crisis económicas sufridas como en un claro decaimiento de las virtudes cívicas y morales. En suma, la prosperidad nórdica poco o nada tiene que ver con el gran Estado y sí mucho con la libertad, el emprendimiento, un Estado limitado pero activo y probo, la cultura cívica, la moral y la igualdad básica de oportunidades. Esto es lo que Nima Sanandaji nos enseña en su breve pero contundente ensayo, que es un excelente antídoto contra ese mito del exitoso socialismo nórdico que tan dañino puede ser si nos impulsa a seguir un camino que debilita las fuentes del verdadero progreso dondequiera que se siga.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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El poco excepcional modelo escandinavo
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