jueves, 21 de abril de 2016

Entrevista a Daniel Raisbeck

Captura-de-pantalla-2015-09-08-a-las-6.21.44-p.m.
Tenemos el placer de entrevistar a Daniel Raisbeck: miembro fundador del Movimiento Libertario de Colombia, escritor, historiador y profesor de estudios clásicos en la Universidad del Rosario en Bogotá.
  • En primer lugar, y siguiendo la actualidad, ¿cuál es su opinión sobre la reciente victoria de la oposición venezolana en las elecciones parlamentarias?
Sin duda alguna el triunfo contundente de la oposición en Venezuela es una buena noticia para quienes defendemos la libertad en las Américas, sobre todo porque el margen de la victoria fue tan amplio que el régimen no pudo manipular los resultados. En este sentido, sin embargo, parecen haber sido las fuerzas armadas quienes obligaron al gobierno a reconocer su derrota.
Dentro de este contexto, hay que tener en cuenta que la oposición venezolana no es una agrupación liberal clásica ni “libertaria”. De hecho, varios de sus líderes pertenecen a la Internacional Socialista y, según entiendo, la oposición incluye elementos disidentes del PSUV. 


Más allá de la euforia causada por la primera derrota real del chavismo, hay que tener en cuenta que la coalición de la MUD consiste de 18 partidos, los cuales no comparten una ideología clara. Como ha escrito Carlos Sabino, esto es preocupante porque la unidad puede ser muy frágil.
Uno esperaría que los diputados puedan ponerse de acuerdo para actuar en defensa de las libertades básicas. Por ejemplo, deben aprobar una ley de amnistía para los presos políticos, acabar los controles de cambio y liberalizar la economía en términos generales para que deje de haber escasez de productos básicos y medicinas.
Deben hablar claramente y afirmar que esta triste situación económica es el resultado inevitable de las políticas socialistas de Chávez y de Maduro, quienes siempre dijeron ser víctimas de una “guerra económica”. En realidad, son los chavistas quienes han lanzado un ataque brutal y permanente contra sus propios ciudadanos al privarlos de toda libertad económica durante casi dos décadas.
Al mismo tiempo, la mayoría opositora debe exigir que el gobierno y sus ministros rindan cuentas y publiquen cifras veraces por primera vez en mucho tiempo.
Mi sugerencia como extranjero y sin tener mucho en juego en el asunto sería que la nueva asamblea se dedique a estas tareas fundamentales antes de casar peleas políticas de grandes proporciones, tal como convocar un referendo revocatorio contra Maduro.
  • ¿Cuál es su valoración sobre el fin del Kirchnerismo en Argentina tras 12 años?
Es una situación muy similar a la de Venezuela. Como era predecible, las políticas estatistas y anti-liberales de los Kirchner en Argentina tuvieron resultados desastrosos. Al incrementar el tamaño del Estado en casi un 100% en 12 años, los Kirchner crearon un gran déficit fiscal (de mínimo 6% del PIB en el 2015) que buscaron cubrir con la impresión de dinero. Esto ayudó a producir los niveles de inflación más altos en décadas, lo cual condujo a la fuga masiva de divisas, pues muchísimos argentinos no confiaron en el manejo de la economía del gobierno. Al ver dilapidadas las reservas del Banco Central, el gobierno impuso un muy complejo sistema de control de cambios. Esto sólo le dio un gran impulso al mercado negro de dólares. Y la devaluación del peso afectó adversamente a los exportadores.
Bajo tales condiciones es prácticamente imposible que crezca la economía.
El problema principal, diría yo, es que los políticos latinoamericanos tienden a olvidar que la economía no sólo consiste del fisco, y que ese mismo fisco lo alimenta únicamente el sector productivo que ellos mismos se encargan de destruir. Se podría decir que el caso de Venezuela y Argentina bajo Chávez / Maduro / Kirchner es tan sólo la expresión extrema de un fenómeno que conocemos muy bien en el resto de nuestros países.
Pero por más demagógico que sea un gobierno y por más carismático que sea su líder, no es factible someter a la ciudadanía al sufrimiento económico ad infinitum, sobre todo cuando se trata de un martirio innecesario y causado por locuras ideológicas. El caudillismo es muy caro, y tarde o temprano la parranda llega a su fin.
En este sentido, los Castro pudieron mantener una dictadura socialista durante décadas porque ellos derrocaron a un régimen dictatorial; para cualquier cubano, la memoria de unas elecciones en la isla es muy distante. La idea misma es una especie de abstracción. Argentina y Venezuela tienen instituciones más sólidas; sin duda ayudó mucho que Cristina Fernández de Kirchner no pudiera reelegirse indefinidamente; siempre iba a ser más realista derrotar a un sucesor designado. En Venezuela, el mismo Chávez no pudo deshacerse por completo de las instituciones republicanas. Esto es un factor importante, aunque la drástica caída del precio mundial del petróleo, un evento externo, también fue fundamental.    
Dicho esto, el optimismo frente a la caída de la casa Kirchner debe ser limitado. Como escribe Adam Dubove, Mauricio Macri, el nuevo presidente de Argentina, “no vaciló en aumentar impuestos” como alcalde de Buenos Aires. También “busca endeudar a los contribuyentes, y nunca ha dejado de coquetear con el lobby corporativista que impulsa el mito de la ‘industria nacional’. Él mismo fue parte de esa casta cuando administró… las empresas familiares que inescrupulosamente hacían jugosos negocios con el Estado”.
Al igual que la oposición venezolana, Macri no es liberal. Puede que no sea Kirchner, pero tampoco es un convencido defensor del libre mercado. Es cierto que los primeros pasos que ha tomado son alentadores, pero ni los libertarios argentinos deben bajar la guarda, ni debemos los defensores de la libertad en América Latina sorprendernos si, al final de cuentas, Macri no hace mucho por fortalecer nuestra causa.
  • Desde su punto de vista, ¿por qué el libertarismo o liberalismo no es bien recibido en gran parte de Latinoamérica o Europa?
Durante el Siglo XX, los liberales en occidente permitieron que los estatistas – ya fueran socialistas o de otras tendencias – se tomaran prácticamente todas las instituciones relevantes para el discurso político: la academia, los medios de comunicación, centros de cultura, los partidos supuestamente centristas y demás. Tanto es así que perdimos la misma palabra “liberal” ante los socialdemócratas.
Esto creó problemas porque el discurso liberal, siendo contra-intuitivo, es innatamente difícil de exponer en la plaza pública. Cuando existe algún problema en la sociedad, la mayoría de las personas exigen que el Estado lo solucione directamente.
En Colombia, tales reclamos resultan algo absurdos ya que la mayoría de la población sabe que el Estado de por sí es generalmente incapaz de solucionar problemas básicos, como pavimentar las destruidas calles de un barrio. No obstante, los políticos se aprovechan de los instintos de los votantes y de sus llamados por la acción estatal directa, por ejemplo al ofrecer subsidios para supuestamente eliminar la pobreza, lo cual nunca funciona en la práctica. Lamentablemente, el espejismo del Estado interventor como un agente de benevolencia suele ser muy útil para sumar votos en las urnas.
El liberalismo clásico, la cual es una filosofía más económica que política, plantea todo lo contrario. Juan Carlos Hidalgo lo resume bien: el verdadero liberalismo sostiene que “las soluciones a los problemas surgen normalmente de manera espontánea, cuando la sociedad civil y el sector privado tienen la libertad de actuar dentro de un marco de reglas claras pero sin mayores restricciones”.
Pese a su gran sabiduría – o tal vez quizá precisamente a causa de ella – este mensaje de independencia y espontaneidad resulta enormemente difícil de comunicar en medio, por ejemplo, de una campaña electoral. El trabajo previo necesario para que un sector masivo del público sea receptivo a las ideas de la libertad es realmente gigantesco.
Dada la naturaleza contra-intuitiva de las propuestas liberales clásicas / libertarias, es esencial que hagamos pedagogía constantemente. Hoy en día, las redes sociales digitales son una gran herramienta. Un vídeo “viral” de unos minutos de duración que explique, por ejemplo, las grandes ventajas de la libertad económica, o por qué los impuestos excesivos arruinan a una economía y – én últimas – a las personas, puede ser más útil para difundir nuestras ideas que un ensayo estrictamente académico.  
Eso no quiere decir que debamos abandonar la academia ni los centros de pensamiento. Sin duda alguna, el Cato Institute, el Institute of Economic Affairs y el Instituto Juan de Mariana, entre varios otros, cumplen una labor fundamental. Lamentablemente, en Colombia aún no tenemos un think tank liberal clásico de ese calibre, pues acá también es necesaria la estrategia “hayekiana” de influenciar a los intelectuales para que estos se encarguen de diseminar las ideas de la libertad en distintos ámbitos de la sociedad.
Pero también hay que tener en cuenta la crítica de Murray Rothbard a esta estrategia, pues resulta que “los intelectuales y los ‘formadores de opinión’ tienden a ser una parte fundamental del problema, y no sólo porque estén equivocados (al defender al estatismo), sino porque sus intereses particulares están atados al sistema dominante”.
Es decir, los miembros del establecimiento mediático y académico en casi todo país tienen incentivos económicos personales para abogar por más gasto público y por un Estado cada vez más grande. En Colombia, estos incentivos son las pautas publicitarias del gobierno – para los dirigentes mediáticos – y los contratos estatales para llevar a cabo estudios o investigaciones en el caso de los académicos.
Recientemente hubo un caso en el país que demuestra a la perfección el modus operandi de esta trinidad poco saluble compuesta por los medios, la academia y el Estado. El público se enteró de que la Fiscalía le había entregado una serie de contratos por un valor superior a un millón de dólares a la empresa de una periodista colombiana llamada Natalia Springer, cuyas credenciales académicas fueron muy publicitadas, para que realizara una serie de estudios acerca del conflicto armado en el país. Dada la considerable suma entregada a Springer, y dada la supuesta objetividad que deben mantener los periodistas frente al gobierno de turno, gran parte del público se escandalizó al conocer los detalles de estos contratos.
Ahora, no me compete a mí juzgar la eficacia de la cuestionada metodología que utilizó la empresa de la señora Springer para llevar a cabo sus estudios. Mi punto sencillo es que, para quienes queremos reducir el gasto público y limitar el poder del Estado, no es muy realista esperar contar con el apoyo de quienes se lucran directamente del fisco. Ni siquiera podemos contar con su comprensión.
Curiosamente, una de las defensas de Natalia Springer que leí argumentaba que la persecución mediática contra ella era injusta porque, entre otras razones, varios medios de comunicación como la Revista Semana y los diarios El Tiempo y El Espectador también reciben grandes sumas de dinero del Estado. Aunque es cierto que el caso Springer no es de ninguna manera aislado, resulta curioso que la denuncia sea que ningún medio grande tiene la autoridad moral para criticar la entrega de contratos colosales a una periodista.
Puede que esto sea verídico hasta cierto punto, pero considero que las lecciones centrales que nos deja el asunto son otras. Primero que todo, el caso Springer saca a la luz el enorme problema de que un Estado grande e interventor como el colombiano, el cual dificulta enormemente la generación de riqueza a través del emprendimiento y la libre competencia en el mercado, genera al mismo tiempo una serie de incentivos perversos para que aquellos con cercanas conexiones políticas puedan enriquecerse enormemente a través del mismo Estado. De hecho, entre más dinero les quite forzosamente el Estado a los ciudadanos por medio de los impuestos y entre más obstaculice la sana competencia de mercado, más factible y atractivo resulta el enriquecimiento a costa del fisco y vía las pérfidas artes del cortesano.     
En segundo lugar, el caso Springer demuestra que el gobierno no tiene por qué cobrarnos gigantescas cantidades de impuestos a los ciudadanos para luego entregarles gran parte de nuestras contribuciones directamente a los medios de comunicación o a personas asociadas con ellos, especialmente cuando el único propósito de estos turbios giros es el proselitismo propagandístico.   
En otras palabras, las lecciones que debería dejar el caso Springer son profundamente libertarias, pues este tipo de problemas difícilmente surgirían con un Estado limitado y mucho más pequeño, que se dedique a las funciones básicas de proveer justicia eficaz y seguridad física para el ciudadano y su propiedad.
Bajo un gobierno fiel a los principios liberales clásicos o libertarios, los medios de comunicación tendrían que financiarse sin ningún subsidio del Estado. Y lo mismo aplicaría para la academia salvo en los casos de las universidades públicas, cuyo presupuesto debe ejecutarse tan eficiente y transparentemente como en la mejor universidad privada. Pero este mensaje, por las razones que menciona Rothbard, no lo transmitirán ni los medios de comunicación tradicionales ni la mayoría de los académicos establecidos, quienes de alguna manera se benefician del sistema actual.
He ahí la importancia de que los liberales clásicos hagamos uso no sólo de las redes sociales que mencioné, sino también de medios realmente independientes como libertaddigital y el PanAm Post, donde trabajo actualmente.
También considero que una organización como Estudiantes por la Libertad es importantísima para difundir las ideas de la libertad en las universidades y contrarrestar los efectos del estatismo atrincherado en diversas facultades. Conozco casos de estudiantes que aprenden acerca de Hayek y Mises en Estudiantes por la Libertad y luego cuestionan las teorías Keynesianas o Marxistas de sus profesores abiertamente en sus clases de economía o de derecho. Esto sólo puede calificarse como un éxito rotundo, especialmente porque estos mismos estudiantes seguirán profundizando su conocimiento del liberalismo clásico y, posiblemente, algún día no muy lejano lo compartan como profesores.
En su gran obra acerca de la democracia moderna, Alexis de Tocqueville hace énfasis en las asociaciones civiles y voluntarias como un contrapeso fundamental al poder del Estado. En la era digital, el gran reto de los libertarios y liberales clásicos es aprovechar la tecnología disponible para crear y fortalecer asociaciones civiles y retomar los espacios perdidos durante el Siglo XX. Si cumplimos con nuestra tarea, si nos dedicamos a difundir nuestras ideas en todo ámbito, y si nos atrevemos a participar en la política tanto en América como en Europa, el Siglo XXI puede ser libertario.
  • Hablando de Europa, ¿cree usted que líderes como Tsipras, o Pablo Iglesias aquí en España, favorecen la expansión del socialismo en Europa?
El discurso político tanto de Tsipras como de Iglesias es socialista, y ambos han logrado fortalecer y expandir su ideología en sus respectivos países y más allá.
Quizá bajo circunstancias diferentes no hubieran logrado surgir movimientos profundamente anti-mercado como Syriza y Podemos, pero la realidad es que el sur de Europa vive una prolongada depresión económica. Cuando hay desempleo crónico con niveles superiores al 20% – y mayores al 50% entre los jóvenes – no sorprende que una porción significante de los ciudadanos apruebe algún cambio político radical.
En mi opinión, esta situación hay que entenderla bajo el contexto del evento económico más importante para Europa desde la caída del Muro de Berlín: la creación del euro.
Aunque hoy resulte difícil de creer, hace unas décadas la élite política europea le vendió al público la introducción de la moneda única como una panacea económica. Tony Blair, quien pretendía que Gran Bretaña ingresara a la eurozona, dijo en 1998 que el euro le traería a Europa “altos niveles de empleo,” “estabilidad y crecimiento”; en el 2001, el Consejo Europeo proclamó que el euro representaba un “polo de estabilidad”, pues protegía a los países de la especulación y les brindaba un “crecimiento sostenible”. Helmut Kohl inclusive sugirió que el euro garantizaría la paz en Europa.
Hoy sabemos que estas visiones fueron algo fantasiosas, y que más bien tuvieron razón “euroescépticos” como Margaret Thatcher, quien advirtió que la moneda única en un territorio con grandes desequilibrios de producción – con Alemania en un extremo y Grecia (aunque no mencionó al país heleno) en el otro – terminaría “devastando a las economías ineficientes¨ de los países más pobres, lo cual conllevaría a “enormes transferencias de dinero de un país a otro”.
William Hague dijo proféticamente en 1998 que, para las economías más débiles, el euro sería “una casa sin salidas consumida por las llamas”.
Y los euroescépticos británicos tuvieron razón porque percibieron que el euro era un proyecto mucho más político que económico. Kohl y los demás líderes eurofederalistas, en su afán por avanzar hacia los “Estados Unidos de Europa”, pretendían crear una unión monetaria que acelerara la unión política a nivel europeo. Entre más países adoptaran el euro, mejor. Mientras tanto, muchos políticos y ciudadanos en países como Grecia apoyaron el ingreso a la eurozona por razones más sicológicas que económicas; más que una moneda, el euro fue visto como un símbolo de status, un vínculo directo con una Europa moderna, próspera y democrática que, de la noche a la mañana, pondría fin a un pasado reciente dominado por dictaduras, guerras, golpes de Estado y represión.
Por eso Grecia fue admitida a la eurozona mientras presentaba cifras falsas acerca de su deuda y de su déficit. Inevitablemente, los criterios fiscales establecidos en Maastricht fueron violados, con especial descaro en Grecia. Pero la moneda compartida con Alemania brindó una fachada de solidez que, durante años, escondió una estructura disfuncional. Sucesivos gobiernos griegos incrementaron el tamaño del Estado y las prebendas para sus legiones de empleados, logrando acumular deudas formidables gracias a unas tasas de interés artificialmente bajas. Sólo la calamidad financiera del 2008 y 2009 dejó en evidencia una unión monetaria hecha a medias. Como explica Ambrose Evans-Pritchard, del diario londinense Daily Telegraph, el euro es una “moneda huérfana sin un tesoro público europeo ni un gobierno europeo unificado que la respalde”.
Los “eurobonos” emitidos por el Banco Central Europeo, una manera de colectivizar la deuda, nunca fueron viables políticamente en Alemania. Tampoco en Holanda, Austria y Finlandia. El norte de Europa rescató a Grecia en varias ocasiones desde mayo del 2010 pero exigió a cambio la política de austeridad implementada por la Troika.
En efecto le quitaron su independencia económica al gobierno griego, lo cual seguramente era necesario dada la incompetencia y la corrupción de la clase política helena. No obstante, esto generó resentimiento entre la población ya que las medidas de austeridad necesarias fueron presentadas por grupos nacionalistas de izquierda y de derecha como imposiciones foráneas. Y la élite política europea, en vez de disipar tales miedos, decidió entrometerse cada vez más en la política interna griega, derrocando de facto al Primer Ministro Papandreou cuando este amenazó con llevar a cabo un referendo en torno a uno de los rescates financieros.
Por otro lado, la élite eurofederalista no quiso reconocer que, más allá del derroche griego, el problema fundamental es el euro tal como ha sido diseñado.
En teoría, es posible que Alemania, un gran exportador de vehículos, químicos y maquinaria y la cuarta economía más grande del mundo, pueda compartir una moneda con Grecia, un país de ingresos medios donde el turismo compone cerca del 20% del PIB mientras que el 3% viene de transferencias de la Unión Europea. Pero para que esto sea posible sin transferencias directas y permanentes de Berlín o Frankfurt hacia Atenas, Grecia ha debido implementar hace muchos años una serie de reformas desde el lado de la oferta, empezando por flexibilizar el mercado laboral y facilitar el ingreso de nuevos actores a varias industrias monolíticas.
Como los griegos nunca implementaron dichas reformas, el BCE quedó en una situación casi imposible: debe mantener la estabilidad financiera en toda la eruozona, lo cual implica formular una misma política monetaria tanto para Alemania, cuyo crecimiento es muy sólido para una economía avanzada, como para Grecia, donde la economía se contrajo en un 25% en los últimos cinco años, un fenómeno que usualmente sucede después de que un país ha sido devastado por una guerra.
En términos de estímulos monetarios o medidas contra la inflación, lo que le conviene a Grecia no necesariamente le conviene a Alemania. Y no es en vano que la sede del BCE se encuentra en Frankfurt mas no en Salónica.
Así que Tsipras logra llegar al poder – y mantenerse en él tras incumplir prácticamente todas sus promesas electorales – por liderar al único partido que se opuso desde el inicio a la impopular política de la Troika. Los griegos, pese a su quiebra, no querían recortar gastos ni alterar su cómodo estilo de vida, con un salario mínimo 50% más alto que el de España pese a tener un PIB per cápita bastante menor, como señala Daniel Lacalle.
No importa que las reformas hayan sido implementadas demasiado tarde y que hayan sido bastante tímidas en realidad. A la mayoría de los votantes tampoco les importa que el socialismo de Syriza jamás conducirá a Grecia a la prosperidad; Tsipras resulta ser una especie de héroe patriota por enfrentarse a “las instituciones” que han humillado a su país, y esto sin duda atrae votos. Paradójicamente, el euro, que supuestamente traería unidad, ha logrado despertar nacionalismos latentes.
También resulta irrelevante para una mayoría de votantes griegos que rechazar las condiciones de la austeridad tal como prometió Syriza debería implicar, en efecto, abandonar el euro. Ellos no están dispuestos a dejar este talismán primermundista. Y Tsipras, como buen político socialista, es muy hábil a la hora de manipular los sentimientos de los votantes, tal como ha sabido manipular a sus contrapartes, jefes de estado dispuestos a ceder ante Grecia para salvar la integridad de la eurozona.
La solución no es fácil de determinar. Por un lado, Lacalle tiene razón al argumentar que, al regresar al dracma, el gobierno griego quebraría “la seguridad social y las pensiones y (llevaría) al país atrás 20 años”. En realidad no hay nada competitivo acerca de una devaluación. Pero Lacalle también dice que el euro sólo puede funcionar con “responsabilidad crediticia y presupuestaria”, cualidades que no han salido a relucir durante la saga de la deuda griega.
En últimas yo estoy de acuerdo con el ex-parlamentario alemán Frank Schäffler, un liberal clásico que argumenta que Grecia nunca ha debido recibir rescates financieros de otros países. En mayo del 2010, Schäffler se opuso al primer bailout de Grecia en el Bundestag pues, según sus cálculos, la economía griega debería volverse al menos 30% más productiva para cumplir con los requisitos de la Troika en el tiempo especificado, lo cual era imposible. De hecho, Grecia está hoy más endeudada que antes de la crisis pese a los rescates y generosísimos alivios de la deuda que ha recibido. Schäffler agrega que, tras los rescates a Grecia del 2012, los acreedores dejaron de ser inversionistas privados y se convirtieron en otros estados – es decir, los contribuyentes al fisco de otros países pagan las cuentas – lo cual confirmaría el eslogan izquierdista según el cual, en el capitalismo, “las ganancias son privatizadas y las pérdidas socializadas”.
Principalmente por el hecho de haber incumplido sistemáticamente las reglas establecidas, Grecia debería dejar de permanecer a la eurozona, así se le condone aún más de su deuda en un acuerdo cordial.
Como escribe Matthew Lynn en la revista The Spectator, Grecia no tiene por qué ser el epicentro de una crisis financiera” pan-europea y con ramificaciones globales; con una moneda propia, podría ser como antes: “una economía balcánica ineficiente y ligeramente destartalada, plagada por el amiguismo y la corrupción. Pero que sobrevivía”.  
En España, el surgimiento de Podemos también se dio por la gran habilidad política de Iglesias, quien logró convertirse en el vocero de la frustrada generación de los “mileuristas” al culpar al neoliberalismo de todos los males económico del país, incluso citando al Papa para fortalecer sus argumentos.
Pero resulta que, en primer lugar, el “neoliberalismo” es una palabra sin significado alguno. Como escribe Mario Vargas Llosa, el neoliberalismo es una “tremebunda entelequia destructora” que se han inventado políticos e ideólogos de toda tendencia, unidos en torno a “una desconfianza tenaz hacia la libertad como un instrumento de solución para los problemas humanos”.
Por otro lado, Juan Ramón Rallo, aparte de probar la invalidez de casi toda propuesta económica de Podemos, ha demostrado que lo que realmente necesita España para generar empleos reales y mayor crecimiento económico es reducir al máximo la intervención estatal en la economía, y eliminar prácticamente todas las regulaciones innecesarias que impiden el emprendimiento.  
Desafortunadamente, estas ideas aún no han permeado el “mainstream” de la opinión pública española, mientras que Iglesias utiliza términos de moda como “inequidad” y “exclusión” – tomados a propósito de los movimientos estatistas latinoamericanos – que sí seducen a los votantes, y en particular a los jóvenes. Y hay que resaltar que Iglesias y Podemos han hecho un gran uso de las redes sociales y de los nuevos medios de comunicación que ha proporcionado la libertad económica que ellos atacan sin cesar.
Esto tiene que ver con un fenómeno que mencioné anteriormente: el dominio estatista sobre la academia y las instituciones relevantes para el discurso político, incluyendo las intituciones culturales. Y, como dije, los liberales clásicos tenemos muchísimo trabajo por delante para impulsar a la opinión pública hacia el lado de la libertad.
  • Siendo uno de los tratados comerciales más controvertidos de la historia moderna, ¿cuál es su opinión sobre el TTIP entre la UE y EEUU?
El libre comercio entre ciudadanos estadounidenses y europeos es deseable sin duda alguna, pero la pregunta es si esto necesariamente se logra por medio de un Tratado de Libre Comercio entre Washington y Bruselas. Uno de los primeros obstáculos que surgió frente al TTIP fue la exigencia de Francia de que su industria del entretenimiento permaneciera protegida frente a la “amenaza” de Hollywood y de Silicon Valley. Una vez se aceptan este tipo de condiciones, se debe ceder necesariamente en otros campos.
Usualmente, el resultado final de este tipo de negociaciones es un acuerdo en el cual las contrapartes escogen a ganadores y perdedores en cada país, con ciertas industrias protegidas de la competencia y otras no. Y normalmente las industrias protegidas son aquellas que ejercen algún tipo de poder sobre los políticos. Así que, muchas veces, los TLC se tratan de todo menos del libre comercio, y terminan siendo arreglos corporativistas.
En este sentido, yo diría que el modelo a seguir es Estonia, país que abrió su comercio unilateralmente al mundo entero al principio de los noventa. Y también se debe mencionar a Nueva Zelanda, donde se eliminó todo subsidio y todo arancel para el sector agrícola hace unas décadas. Hoy la industria agrícola neozelandesa es mucho más fuerte que antes gracias a los efectos salubres de la competencia.
  • En relación con el poder estatal, ¿cuál debería ser el papel del Estado en un país? ¿Cree usted en el libre mercado sin intervención del Estado? Y, en caso de intervención, ¿en qué medida? En relación con la sanidad y educación…
Tengo amigos anarco-capitalistas que consideran que el Estado es del todo innecesario. Yo respeto este punto de vista pero creo que debe existir un gobierno mínimo, que brinde justicia eficaz y proteja la seguridad física del ciudadano y de su propiedad. El Estado también debe asegurar la estabilidad jurídica y hacer cumplir unas reglas de juego muy claras y muy sencillas para los actores en el mercado. Una vez cumpla estas funciones básicas, el Estado debe limitarse al máximo.
Si existe un consenso en la sociedad para financiar sistemas públicos de educación o de salud, esto debe hacerse con la plena participación del sector independiente. Por eso apoyo los colegios en concesión en Bogotá, los cuales son el equivalente de los “charter schools” norteamericanos o de los “free schools” ingleses o suecos. También apoyo la creación de bonos escolares, los “school vouchers” que proponía Milton Friedman. En nuestra reciente campaña, también propusimos la creación de “hospitales en concesión”, donde la demanda puede ser subsidiada pero el servicio lo presta un operador privado de altísima calidad que compite de tiempo completo con sus semejantes.
  • Tras su paso por el Movimiento Libertario, ¿Qué proyectos profesionales le esperan?
La elección para la Alcaldía de Bogotá fue el 25 de octubre del año pasado. El primero de noviembre me uní al PanAm Post como parte del equipo editorial, aunque sigo participando como columnista. También estoy vinculado a la Universidad Sergio Arboleda como docente en la Escuela de Gobierno. El 15 de enero participaré en el Foro de Antigua, un evento fenomenal organizado por la Universidad Francisco Marroquín que reúne a defensores del libre mercado de varios continentes en Guatemala.
En el 2016 seguiré fortaleciendo al movimiento Libertario en Colombia en sus distintas facetas, incluyendo el Centro para la Libre Iniciativa, un centro de pensamiento, y Estudiantes por la Libertad. Nuestra meta es llegar al Congreso de la República tras las elecciones parlamentarias del 2018 y defender las ideas de la libertad desde el poder legislativo.
Ha sido un placer para nuestra plataforma tener la oportunidad de entrevistar a una persona tan brillante como el señor Raisbeck. Esperamos seguir ampliando nuestros horizontes con nuevas e interesantes entrevistas. ¡Libertad!
Publicar un comentario