miércoles, 20 de abril de 2016

¿Estados Unidos en contra del comercio?

Kenneth Rogoff, Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003. His most recent book, co-authored with Carmen M. Reinhart, is This Time is… read more
CAMBRIDGE – La escalada del populismo anticomercio en la campaña electoral estadounidense de 2016 presagia un alejamiento peligroso del rol de Estados Unidos en los asuntos mundiales. En nombre de reducir la desigualdad en Estados Unidos, los candidatos presidenciales de ambos partidos estarían obstaculizando las aspiraciones de cientos de millones de personas extremadamente pobres en el mundo en desarrollo de pasar a integrar la clase media. Si el atractivo político de las políticas anticomercio persiste, marcará un punto de inflexión histórico en los asuntos económicos globales -un mal augurio para el futuro del liderazgo norteamericano. 


El candidato presidencial republicano Donald Trump ha propuesto imponer un impuesto del 45% a las importaciones chinas en Estados Unidos, un plan que seduce a muchos norteamericanos que creen que China se está enriqueciendo gracias a prácticas comerciales injustas. Pero, a pesar de su extraordinario éxito en las últimas décadas, China sigue siendo un país en desarrollo donde un porcentaje importante de la población vive en un nivel de pobreza que, para los parámetros occidentales, sería inimaginable.
Consideremos el nuevo plan quinquenal de China, que apunta a colocar a 55 millones de personas por encima de la línea de pobreza para 2020, un umbral definido en apenas 2.300 yuanes chinos, o 354 dólares, por año. En comparación, la línea de pobreza en Estados Unidos es de alrededor de 12.000 dólares para una sola persona. Es verdad, existen diferencias sustanciales en el costo de vida que tornan dudosas las comparaciones directas y, sí, la pobreza es una condición social tanto como económica, al menos en las economías avanzadas; pero el argumento de que la desigualdad entre los países se traduce en desigualdad al interior de los países es muy poderoso.
Y el problema de la pobreza de China difícilmente sea el peor del mundo. Tanto India como África tienen poblaciones aproximadamente comparables a los 1.400 millones de habitantes de China, y los porcentajes de personas que alcanzaron la clase media son significativamente menores.
El candidato presidencial demócrata Bernie Sanders es un individuo mucho más atractivo que "El Donald", pero su retórica anticomercio es casi tan peligrosa. Sanders, simpatizante de prominentes economistas de izquierda, despotrica contra el nuevo Acuerdo Transpacífico (TPP por su sigla en inglés) que está sobre la mesa, aunque éste ayudaría mucho al mundo en desarrollo -por ejemplo, al abrir el mercado de Japón a las importaciones latinoamericanas.
Sanders incluso ataca a su rival Hillary Clinton por haber respaldado acuerdos comerciales anteriores como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) de 1992. Sin embargo, ese acuerdo obligó a México a reducir sus aranceles sobre los productos estadounidenses mucho más de lo que obligó a Estados Unidos a reducir los suyos, ya bajos, sobre los productos mexicanos. Desafortunadamente, el éxito rotundo de la retórica anticomercio de Sanders y Trump ha alejado a Clinton de su posición más centrista y podría tener el mismo efecto en muchos miembros de la Cámara Baja y el Senado. Esta es una receta para el desastre.
El TPP efectivamente tiene defectos, en especial en lo que concierne a su extralimitación en materia de protección de los derechos de propiedad intelectual. Pero la idea de que el acuerdo arrasará con una gran cantidad de empleos en Estados Unidos es sumamente debatible, y algo hay que hacer, decididamente, para que resulte más fácil vender productos de alta tecnología al mundo en desarrollo, incluida China, sin miedo de que esos productos sean instantáneamente clonados. La no ratificación del TPP casi con certeza condenaría a decenas de millones de personas en el mundo en desarrollo a seguir sumidas en la pobreza.
El remedio correcto para reducir la desigualdad dentro de Estados Unidos no es alejarse del libre comercio, sino introducir un mejor sistema tributario, que sea más simple y más progresivo. Lo ideal sería un giro de un impuesto a las ganancias a un impuesto progresivo al consumo (el ejemplo más simple es un impuesto fijo con una exención muy alta). Estados Unidos también necesita de manera desesperada una profunda reforma estructural de su sistema educativo, que elimine los obstáculos para introducir tecnología y competencia.
En efecto, las nuevas tecnologías ofrecen la perspectiva de facilitar, y mucho, la posibilidad de volver a capacitar y equipar a trabajadores de todas las edades. Quienes defienden la redistribución a través de mayores déficits presupuestarios del gobierno tienen poca visión de futuro. Dada la demografía adversa en el mundo avanzado, la desaceleración de la productividad y el aumento de las obligaciones de pensiones, es muy difícil saber cuál sería el desenlace de una deuda creciente. 
¿Los progresistas pro-déficit toman conciencia de que la carga de cualquier crisis futura de deuda (o de medidas de represión financiera) probablemente recaiga de manera desproporcionada en los ciudadanos pobres y de ingresos medios, como sucedió en el pasado? Una redistribución simple del ingreso a través de impuestos y transferencias es mucho más directa y más potente, y en efecto serviría para expandir la demanda agregada.
Cualquiera que retrate a Estados Unidos como un gran perdedor del status quo económico global debería tener una perspectiva más amplia sobre el tema. Tengo pocas dudas de que, de aquí a un siglo, el estilo de vida centrado en el consumo de los norteamericanos ya no será visto como algo a envidiar y emular, y el hecho de que el país no implemente un impuesto al carbono será considerado un enorme fracaso. Con menos del 5% de la población mundial, Estados Unidos es responsable de un porcentaje inmensamente desproporcionado de las emisiones de dióxido de carbono y otro tipo de contaminación, y gran parte de la culpa recae en la clase media de Estados Unidos.
Pero la idea de que el comercio alimenta la desigualdad es una perspectiva muy pueblerina, y los proteccionistas que se envuelven en una narrativa de desigualdad moralizadora son profundamente hipócritas. En lo que concierne al comercio, la actual campaña presidencial de Estados Unidos es una vergüenza en cuanto a la sustancia, no sólo a la personalidad.
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