martes, 19 de abril de 2016

Francisco en el mercado

Por: María Jamardo.
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No es ni extraño ni novedoso que un líder religioso se pronuncie sobre moralidad. En la propia esencia filosófica que sienta la escala de valores de cualquier religión radica un indiscutible intento de dogmatizar a la sociedad acerca de lo que es correcto y lo que no. 
Se ha puesto de moda opinar sobre economía y centrar el debate del progreso sobre dos conceptos opuestos pero correlativos: la riqueza y la pobreza, como baremos exclusivos para cuantificar (respectivamente) el grado de imperfección y perfección del modelo social. El Papa Francisco no ha querido evitar pronunciarse sobre el conflicto, en su último discurso en la Asamblea General de la ONU, dentro de una gira al más puro estilo de cualquier estrella de rock. Una verdadera revolución.




El estallido de la crisis financiera más reciente y su impacto en la economía de calle ha incidido de manera especial, y en cierto sentido positiva, en la sociedad. A todos han empezado a preocuparnos conceptos que hasta el momento se reservaban a los expertos y todos (en mayor o menor medida y con mayor o menor acierto) nos hemos forjado una opinión acerca de los motivos que pueden explicar el fracaso del modelo económico y social a que se enfrenta la humanidad a escala mundial.
Se atribuyen los desperfectos- en general- a la corrupción, la politización educativa y la concepción del dinero como un bien inadecuado, que corrompe y representa el culto sin escrúpulos a lo material. Sin embargo, todos ellos son en realidad síntomas de políticas equivocadas que, precisamente por intentar reducir la pobreza de manera artificial, han aplicado medidas correctoras que sólo contribuyen en el agravamiento de la situación inicial: demagogia, proteccionismo y prohibición. Las tres causas, son piezas de un error todavía mayor: que cualquier ideología es válida y que aquellas que priman la búsqueda del bien común, son la solución.
“Las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando están en lo correcto como cuando no, son más poderosas de lo que comúnmente se entiende. En realidad, el mundo está gobernado por poco más. Los hombres prácticos que se creen totalmente exentos de cualquier influencia intelectual son por lo general esclavos de algún economista difunto. Los locos con autoridad”, escribe Keynes.
Partiendo de que las ideas importantes que tienden a prevalecer en cualquier estructura social son las que entienda ésta como legítimas y del hecho de que sin un mínimo incentivo al espíritu de superación es imposible que una sociedad alcance la prosperidad, las ideas contrarias a la actividad empresarial – que no olvidemos es la única capaz de generar valor añadido y riqueza real – al sostener que las ganancias son moralmente perversas y que la propiedad privada no es una prioridad, obstaculizan el progreso de la humanidad; exactamente en sentido inverso a lo que ha defendido su Santidad, quien parece confiar en la autoridad moral del Estado y denuncia al mercado como inmoral.  No puedo evitar pensar en su Argentina natal o en Venezuela, quizás. Ambas ejemplo nefasto de esa mentalidad, que entiende al gobierno como fuente de justicia colectiva frente a la avaricia del mercado basado en lo individual.
La igualdad económica y la socialización del riesgo han sido desacreditadas en la práctica. Por eso, quienes apoyan la igualdad de resultados ya no atacan la actividad empresarial de manera frontal, pero sí cuestionan la moralidad del mercado y predican sobre la inmoralidad de la desigualdad. Curioso, que entre todos ellos, no se encuentre ni un solo empresario que, de esto, algo sabrán.
El problema es que la defensa de la igualdad de resultados, no puede en ningún caso premiar el esfuerzo individual ni, por lo tanto, proteger los derechos individuales. Y nos demuestra la experiencia, además, que las sociedades donde se cuestiona la moralidad del mercado, la ética colectivista no arroja en ningún caso resultados ni buenos ni deseables. Cuando no se defiende la libertad de la actividad económica en el mercado, la sociedad (incluso habiendo obtenido beneficios en base a políticas no intervencionistas) tenderá a dudar de su legitimidad e intentará desacreditar y desmoronar lo conseguido.
Observo a Francisco con interés y trato de seguirle con objetividad pero, desde una perspectiva aconfesional, en esta materia no puedo evitar discrepar abiertamente. En el ámbito de la libertad individual – clave para avanzar- cuando un gobierno se atribuye la autoridad moral de inmiscuirse en las decisiones de carácter personal, no existe un límite cierto al tipo ni a la cantidad de medidas que tomará para reducir la libertad en pro de la justicia social. Y eso, sí que resulta ciertamente injusto e inmoral.
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