jueves, 21 de abril de 2016

La corrupción global

Lluis Foix
Cada euro que escapa de la presión fiscal pertinente es un acto que revierte en la extensión de la pobreza en el mundo, fomenta las desigualdades y acaba alimentando los populismos.

Lluis Foix
 
No se puede esconder dinero ni en los paraísos fiscales. Todo empezó con un soplo que llegó hace dos años a un diario de Munich, el Süddeutsche Zeitung, y ha terminado, de momento, en una publicación masiva de información confidencial elaborada por 370 periodistas de 76 países, en 109 redacciones, trabajando en 25 idiomas sobre el contenido de más de once millones de documentos que salieron de la firma Mossack Fonseca, el cuarto despacho del mundo en colocar dinero en territorios sin control financiero internacional.



En síntesis, este es el relato de los papeles de Panamá que han revelado la existencia de miles de millones de dólares escondidos en los principales refugios de la opacidad financiera internacional.
No es un problema estrictamente de descontrol de la codicia capitalista. Cuando menos, los beneficiados de esta exposición espectacular de nombres y cuentas corrientes se encuentran en todo el arco ideológico y territorial del planeta. Se menciona al presidente Putin, al padre de David Cameron, al presidente de Pakistán, al presidente de China, al primer ministro de Islandia y a una extensa lista de celebridades que van desde la hermana del rey emérito, Pilar de Borbón, hasta el cineasta Almodóvar. Hay cientos de venezolanos.
No es el único despacho de abogados que gestiona capitales opacos en Panamá. Estamos en el inicio de una operación que puede traer consecuencias políticas y financieras importantes. No se ha entrado en el contenido de las revelaciones. Los nombres han sonrojado a más de un político en activo. El primer ministro de Islandia, Sigmundur Gunnlaugsson, se parapetó en su cargo pero al final ayer por la tarde tuvo que presentar su dimisión.
Habrá que ver si estos depósitos masivos de capitales en islas y te­rritorios que garantizan la opacidad son legales o no. Tener dinero en cualquier parte del mundo no es ­delito siempre y cuando cotice fiscalmente.
Es curioso que Panamá sea el único país que no ha firmado el acuerdo de intercambio automático de información reservada. No sorprende que sea precisamente ese país el que gestiona con cantidades más astronómicas el movimiento de capitales que buscan el secreto de un refugio seguro.
La corrupción campa por sus respetos en el ancho mundo. Las grandes fortunas buscan tranquilidad en los mares del Sur o en las islas del Canal. Pero también en Luxemburgo y la City de Londres.
Hay dos cuestiones de fondo muy relevantes. La primera es la inseguridad global en tiempos de mensajes y tecnologías sofisticadas que fomentan la circulación de todo tipo de mensajes encriptados. Cuando el australiano Julian Assange puso a disposición de la opinión pública mundial todo lo que consiguió almacenar en su disco duro sobre las actividades de la diplomacia norteamericana, tuvo que asilarse en la embajada de Ecuador en Londres, donde todavía reside después de cuatro años de cautiverio. Un tiempo después fue Edward Snowden el que aireó los secretos del Pentágono y de la seguridad de Estados Unidos en un acto que puso patas arriba la confidencialidad de los sistemas de defensa norteamericanos. Snowden, exfuncionario de la seguridad nacional norteamericana, se refugió en Hong Kong y ahora se encuentra en alguna parte de Rusia por miedo a ser entregado a los tribunales de Estados Unidos.
En los tiempos de la mayor preparación tecnológica de la historia se da también la vulnerabilidad más grande. La seguridad militar, económica o política ya no es controlada por unos pocos. Su conocimiento se ha socializado y está al alcance de personajes que pueden acceder a los secretos de los estados desde un servidor instalado en la Patagonia, en Sudán o Matadepera. Todo material que penetra en la nube digital ya no pertenece a nadie, por muy protegido que pueda parecer. Si tiene usted un secreto, no lo vacíe en el ordenador o en el móvil. Ha dejado de ser secreto.
La otra consideración se refiere a la misma existencia de los paraísos fiscales. No hay que reformarlos, sino que hay que suprimirlos. Por razones de justicia y de equidad. Cada euro que escapa de la presión fiscal pertinente es un acto que revierte en la extensión de la pobreza en el mundo, fomenta las desigualdades y acaba alimentando los populismos.
La corrupción no se extinguirá ni en las democracias ni mucho menos en las dictaduras. Los que pretenden acabar con ella radicalmente pueden convertirse en justicieros sin piedad para acabar cayendo en las mismas prácticas que querían erradicar.
Pero no es decente que una parte muy importante del dinero circulante en el mundo viva en la opacidad sin someterse a ninguna fiscalidad. Es una injusticia universal en estos tiempos en que la corrupción se manifiesta globalmente.
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