miércoles, 20 de abril de 2016

La izquierda y el comercio internacional

La izquierda y el comercio internacional


A Bernie Sanders no le gusta el libre comercio. En sus discursos, entrevistas e intervenciones durante esta campaña de primarias, el senador de Vermont ha criticado repetidamente los acuerdos comerciales firmados por Estados Unidos estos últimos años. Esta semana declaraba que, si fuera presidente, el país no debería siquiera permitir la entrada de exportaciones de países con salarios muy inferiores para proteger a los trabajadores americanos.
No es un argumento precisamente nuevo; partidos europeos desde Podemos al Frente Nacional también lo han utilizado alguna vez. Donald Trump, sin ir más lejos, también lo repite. La idea de que la competencia de mano de obra barata de países pobres destruye puestos de trabajo en Europa y Estados Unidos parece lógica, pero en boca de partidos de izquierdas presenta un pequeño problema: es increíblemente regresiva.
El comercio exterior habría afectado a menos de un 2% de todos los trabajadores de Estados Unidos en los últimos 12 años


Para empezar, los efectos del libre comercio en países desarrollados son como mucho un tanto ambiguos. Estudios recientes estiman que las importaciones chinas en Estados Unidos destruyeron en el peor de los casos 2,4 millones de empleos entre 1999 y el 2011. Esto puede parecer una cifra enorme, pero Estados Unidos es un mercado con más de 140 millones de puestos de trabajo; el comercio exterior habría afectado a menos de un 2% de todos los trabajadores del país en los últimos 12 años. Durante este periodo EE.UU. ha creado industrias enteras que no existían en absoluto hace una década, creando millones de empleos.
Otros estudios llegan a conclusiones distintas. El libre comercio destruye empleo en las empresas víctimas de importaciones baratas, pero también lo crea en los sectores exportadores. En países como Estados Unidos, estos son casi inevitablemente industrias de alta tecnología y servicios de alto valor añadido, con salarios más elevados. La apertura comercial tiene efectos distributivos dentro de cada economía, pero el crecimiento económico adicional puede generar suficientes recursos para “compensar” a los perdedores, y ayudarles a encontrar trabajo en los sectores donde el país es competitivo. Los países más globalizados de la OCDE, de hecho, son las socialdemocracias del norte de Europa: es perfectamente posible combinar comercio con estados de bienestar potentes y economías competitivas.
Donde no hay lugar a dudas acerca los beneficios del libre comercio es en los países en vías de desarrollo. En 1990, en los albores de la gran apertura comercial post-guerra fría, más de 1.900 millones de personas vivían bajo el umbral de la pobreza extrema ($1,25 al día), según Naciones Unidas. En el 2015 esta cifra se ha visto reducida a menos de la mitad, a 836 millones. La apertura comercial de Estados Unidos en el peor de los casos ha hecho que menos de un 2% de sus trabajadores tengan que buscar otro empleo, pero ha sacado a 290 millones de personas de la pobreza extrema sólo en China durante el mismo periodo.
La evidencia empírica de que el libre comercio dispara el crecimiento económico de los países pobres cuando se “enchufan” al sistema económico internacional es abrumadora
La evidencia empírica de que el libre comercio dispara el crecimiento económico de los países pobres cuando se “enchufan” al sistema económico internacional es abrumadora. Este crecimiento trae consigo una mejora de la esperanza de vida, derechos laborales y sociales de estas sociedades. Japón y Corea, los dos países que encabezaron esta revolución, son los ejemplos más evidentes, pero las estadísticas son claras a nivel global. Un político progresista, si realmente se preocupa de minimizar el sufrimiento y eliminar la pobreza en el mundo, no puede estar en contra del libre comercio.
El problema, claro está, es que el argumento a favor de los tratados comerciales es un poco más complicado que el silogismo Trumpiano de “China nos roba”. Decir que las importaciones quizás destruyan tu empresa textil pero que en agregado son beneficiosas, y que por lo tanto prometes crear un Estado de bienestar sólido para compensarte mientras señalas la caída de la pobreza en Bangladesh quizás sea el argumento correcto, pero no da para grandes eslóganes.
La realidad es una cosa compleja, y a menudo difícil de explicar. Quién lo iba a decir.
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