El 30 de Abril de 2010, siendo yo un pipiolo, tuve la oportunidad de estar presente cuando a Carlos Alberto Montaner, se le entregó el Premio Juan de Mariana a la defensa de la libertad en el Casino de Madrid. El discurso de Don Carlos Alberto es el mejor que había escuchado jamás —puede verse aquí—. Una de las anécdotas que se me quedaron grabadas en la memoria, fue su descripción de los trabajadores del régimen castrista que se dedicaban a denunciar radios y antenas clandestinas para que los cubanos no pudieran escuchar emisiones dañinas para la revolución. “No se me ocurre oficio más miserable” dijo el bueno de Montaner. Pues puede que lo haya, Don Carlos, puede que lo haya.
En las últimas semanas, hemos escuchado como una persona ha sido encarcelada por negarse a pagar un impuesto para financiar la TV pública alemana. Fui testigo de cómo llegaba a mi casa hace unas semanas una nota informativa pidiendo que actualizara la información sobre cuantas teles hay en mi casa, so pena de que viniera un inspector a registrar mi casa, pues en el Reino Unido si tienes una tele “secreta” y no pagas la TV Licence, que cumple la importante misión de financiera la BBC, te puede caer la del pulpo.


 
En España no tenemos esas cosas, somos demasiado pícaros para que un impuesto de esas características tenga sentido, simplemente tenemos una televisión pública hundida en deudas con cientos de trabajadores haciendo nada, pero haciéndolo con un gran sentir del deber cívico y del servicio público. Parece que a nadie le parece mal. Lo ven normal, natural. A mí, la idea de tener una televisión propiedad del gobierno me parece una aberración. Su justificación ha seguido un poco el patrón de ¿Es qué nadie va a pensar en los niños?
La excusa, sí excusa que no razón, para la televisión pública y su financiación han sido de los más variopintas desde el “Nadie tiene capacidad para montar un canal de TV en este país” ó “La protección del consumidor” o incluso “La necesidad de que haya un canal de noticias oficial” A esto suelen añadirse lo de “Sin intereses” ó “apolítico”. No me hagan reír, por favor, se puede ser intervencionista, pero no ridículo. Mi favorita de todas las excusas es aquella que dice que la televisión pública tiene una programación que de verdad “conviene” a la gente. El Estado haciendo de guardería, como de costumbre. Si eso fuera cierto, pues no habría televisiones privadas. ¿Para qué tener canales privados si TVE en su infinita sabiduría ya sabe lo que queremos ver? Cuando se dan cuenta de lo absurdo de su argumento, sueltan que es que las cadenas privadas sólo emiten “cosas comerciales” sin interés cultural. De ser así National Geographic, Bloomberg TV, Canal Historia ó muchos otros no llevarían funcionando décadas.
Decía “Er Sevilla”, ilustre filósofo y músico español, que los programas de libros en la tele no funcionaban porque a la gente que les gusta esos programas están leyendo, no viendo la tele. Las Televisiones Privadas existen porque son rentables y son rentables porque ofrecen al público lo que quieren ver y como todos somos diferentes porque eso hay miles de canales especializados, canales de cocina, de negocios, para bebés o incluso para perros.
Las nuevas tecnologías nos han provisto de algo con lo que no contaban los sabelotodos de TVE, BBC, etc. Observando como sus clientes modifican sus hábitos de consumo han empezado a ofrecer nuevas formas de disfrutar de sus productos. A través del portátil, de la tableta o del móvil. Con productos que no están limitados al cine o a la televisión. El boom de Netflix, Hulu, Amazon Prime que también incluye libros y música, Spotify para los que prefieren la música, Sky-mobile —televisión en el móvil— con la que el acuerdo de Twitter con la NFL hace que se pueda ver la liga de fútbol americano gratis desde Twitter. Todos estos avances se han producido gracias al libre mercado, a esa mano invisible, que agudiza el ingenio de todos los que quieren hacer algo útil con su vida, buscando la mejor manera de servir a sus congéneres. Por eso Netflix, Hulu, Apple TV y demás han aparecido en EEUU, el país con la televisión pública más ridículamente pequeña del mundo occidental.
El libre mercado ha vencido todas y cada una de las excusas para el mantenimiento de esa catástrofe llamada televisión pública. Dejándolos sin más justificación que su verdadera razón de ser. La TV pública nació como un instrumento de propaganda al servicio del poder, una institución desde la que dirigir a la opinión pública y desde la que colocar a todo aquel que apoyaba al poderoso pero sin mayor valía para otros menesteres. Una herramienta no de comunicación sino electoral, esa y solo esa ha sido y es siempre su función.
Por ello, incluso si quisieran, no pueden ofrecer contenidos de verdadera calidad, porque no cuentan con los incentivos de la competencia real para ofrecer un producto que realmente interese al público, cobrar o no cobrar su nómina, no depende de satisfacer las necesidades de un cliente, sino de un político.
El libre mercado que espolea la capacidad creativa del hombre como ninguna otra herramienta en el mundo ha ido dibujando un mapa en el que a esos servidores públicos sólo le queda seguir deteniendo a pobres alemanes, amenazar a hogares británicos y confiar en que los políticos españoles sigan considerando estratégico ahogar a los ciudadanos en impuestos para sobrevivir en un mundo que no les necesita y que se ha servido del mercado para encontrar los contenidos que si les interesa y que ellos no pueden ofrecerles.