La política es el lugar privilegiado de la mentira. A cada instante, la manipulación de masas genera estragos culturales. Los políticos se dedican a reescribir la historia y por todas partes se fabrican las imágenes seductoras de las nuevas ideologías estatistas y neo-totalitarias del futuro. Todas ellas son parte de la misma moral degenerada: el altruismo-colectivismo. Marketing político, retórica vacía, palabras amables y entorno teatral – este es el juego de bandos de la guerra civil cultural: fotogramas trucados, manipulados, encuadrados, seleccionados, filtrados, alterados. Ciertamente, en el mundo de la comunicación nada es dejado al azar. Los mass media han hecho posible que la mentira pueda devenir como absoluto para bloquear el advenimiento de los nuevos intelectuales. Por eso la conspiración política debe, entonces, darse a plena luz del día, como formando parte de una suerte de espectáculo: antes se mentía allí donde los ciudadanos no sabían o no podían saber nada; ahora se miente a los ciudadanos, precisamente, allí donde es posible saberlo todo.


Para Ayn Rand, la honestidad es una virtud innegociable. Honestidad entendida en un único sentido: no falsificar la realidad. La racionalidad nos insta a estar en contacto perpetuo con los hechos, no evadir. Nuestra supervivencia depende de ello. La honestidad es una suerte de afrontamiento y la evasión es la defensa psicológica frente al miedo que nos produce lo indeterminado. Mentir es, en pocas palabras, crear una nueva realidad que reemplace otra realidad amenazante. Pero la realidad es la que es y no cambiará aunque inventemos otra nueva. Con todo, no faltan quienes se oponen a esta verdad racional, ya sea mediante el error no calculado o mediante la ignorancia – hablamos de la ilusión de verdad de la masa y de la opinión de los que se hacen los listos, es decir: del subjetivismo cotidiano.
Junto con la mentira de lo cotidiano, vemos también el juego político de la mentira organizada. Platón lo describe a la perfección en su magna obra, en el tercer libro de La República y su tesis es escalofriante: la mentira política -escribe el ateniense- es necesaria para sanar y redimir a la sociedad. En sus propias palabras:
“Si no nos engañábamos hace un momento y realmente la mentira es algo que, aunque de nada sirve a los dioses, puede ser útil para los hombres a manera de medicamento, está claro que una semejante droga debe quedar reservada a los médicos sin que los particulares puedan tocarla […] Si hay, pues, alguien a quien le sea lícito faltar a la verdad, serán los gobernantes de la ciudad, que podrán mentir con respecto a sus enemigos o conciudadanos en beneficio de la comunidad sin que ninguna otra persona esté autorizada a hacerlo” [Las cursivas son mías]
Los políticos, para Platón, son tecnócratas: son los médicos de la sociedad. Deben obrar en beneficio de la comunidad, deben obran por el bien común. En otras palabras: obran por el bien de su propia casta (pues no conocen otros intereses sino los suyos propios como clase política).
Algo sacamos en claro de la muerte de Sócrates (y es, justamente, lo que estas palabras de Platón tratan de ocultar – traicionando así a su maestro) a saber: que la verdad es una amenaza a la ficción de las sombras del Estado; que la verdad perturba la existencia miserable y estupidizada de los hombres que se mueven en rebaños guiados por la mano de sus amos. En fin, que los hombres no quieren saber la verdad: quieren, secretamente, que sus políticos les mientan y harán cualquier cosa para que esto siga siendo así. Pues la verdad (digámoslo claramente) es un riesgo real para toda sociedad que se ha levantado sobre la dependencia y el parasitismo del trabajo de los grandes hombres de su tiempo.
Admitámoslo: nuestra sociedad es una sociedad que vive de segunda mano. El Estado del Bienestar vive de explotar a genios y empresarios, de ponerlos a su servicio como animales de carga. La mentira moderna consiste en que parezca que es justo al revés. Y para asegurar la integridad de este velo de maya (diferente en cada época, pero siempre puesto al servicio del poder) Platón deduce, teóricamente, una conclusión interesada: que la verdad es impotente frente a la fuerza – que nada puede hacer ante ella, sino ponerse a su fiel servicio.
¿A quien le importa, entonces, la verdad objetiva y universal, si es posible usar la fuerza para imponer y asegurar un gran gobierno? – parece concluir el filósofo, entre tímidos susurros.
Pero no nos dejemos engañar por los delirios del ateniense. Hay algo que omite con descaro. Se trata de un hecho evidente: que esta (la verdad) una vez destruida de forma violenta por salvajes irracionales, por pandillas de políticos mafiosos y corruptos, deja un vacío conceptual imposible de colmar. Pues nada hay mejor que la verdad para guiar al hombre hacia la resolución de sus propósitos personales. No hace falta, pues, imponer una dictadura para curar la enfermedad social que ha generado otra dictadura. No hace falta más poder para el Estado para sanar el mal que ha hecho ese mismo Estado. Tal cosa es el nihilismo. El único medicamento para sanar la cultura es que el médico deje de intervenir y permita obrar libre al individuo.
La respuesta de Ayn Rand a esta enfermedad es simple: nada podrán hacer los plutócratas si se empeñan en dominarnos. Pues podrán intentar falsificar la realidad, pero tal cosa es imposible: los hechos son los hechos. Y las consecuencias de vivir sumido en contradicciones provoca el firme debilitamiento de la supervivencia de cualquier civilización y de cualquier casta de privilegios. Los amos caerán, pues la realidad impone el deber metafísico de que el hombre sea libre.