miércoles, 20 de abril de 2016

Mejor no tirar dinero del helicóptero

Michael Heise is Chief Economist of Allianz SE and the author of Emerging From the Euro Debt Crisis: Making the Single Currency Work.
MÚNICH – A pesar de años de política monetaria expansiva, el Banco Central Europeo no pudo cumplir su meta de regresar a una inflación “inferior pero cercana al 2%”. Y es improbable que vayan a cambiarlo las últimas medidas: tipo de interés nulo para las principales operaciones de refinanciación del BCE; un aumento de las compras mensuales de activos, de 60 000 millones de euros (67 000 millones de dólares) a 80 000 millones de euros; y una tasa incluso menor para los depósitos, del −0,40%. Por eso algunos economistas piden al BCE que vaya más lejos y empiece a “arrojar dinero desde el helicóptero”: es decir, financiar el consumo privado mediante emisión monetaria.


Esta idea se origina en los debates en torno del monetarismo en los sesenta. Se decía entonces que a los bancos centrales nunca les faltarán medios para estimular la demanda agregada y la inflación si están dispuestos a apelar a medidas radicales. Pero lo que en aquel tiempo era una noción teórica ahora parece una posibilidad concreta.
En la práctica, se implementaría entregando una suma fija de dinero a las familias, o vales de consumo para todos, con financiación exclusiva del banco central. A los gobiernos o bancos comerciales a cargo de distribuir el dinero se les acreditaría un depósito o se les daría efectivo, pero sin crear una contrapartida en la columna de activos del banco central, lo que implica reducir su patrimonio, a menos que este realice (venda) reservas de revaluación incluidas en el balance.
Los proponentes de la idea la defienden diciendo que los bancos centrales están sujetos a normas contables especiales que pueden ajustarse según las necesidades. Entre ellos hay figuras eminentes como Ben Bernanke (expresidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos) y Adair Turner (exdirector de la Autoridad de Servicios Financieros del Reino Unido). El presidente del BCE, Mario Draghi, destacó los obstáculos técnicos, legales y contables que dificultan a esa institución tomar una medida de este tipo, pero no la descartó por completo.
La pregunta es: ¿se justifica dar un paso tan extremo?
La respuesta es: no. Entregar dinero directamente a los consumidores sería una medida viable en caso de espiral deflacionaria (como a fines de los años veinte y principios de los treinta), pero la situación actual es distinta, tanto en la eurozona como en la economía global.
Es verdad que el crecimiento de la demanda no termina de recuperarse de los efectos de la crisis financiera global que estalló en 2008. Bancos, empresas y hogares todavía están saneando sus balances y sacándose de encima montañas de deuda que acumularon durante el auge crediticio anterior a la caída. Pero como ya les falta mucho menos, el efecto negativo sobre el crecimiento está en vías de reducción.
Hoy no vemos a los consumidores restringir el gasto porque esperen un abaratamiento de bienes y servicios (como ocurriría en un período deflacionario), sino aumentarlo gradualmente, aprovechando una reactivación de sus ingresos y una gran mejora del poder adquisitivo causada por el derrumbe de precios del petróleo y los commodities. De modo que la mayoría de las economías avanzadas están otra vez produciendo cerca del límite de su capacidad.
Los datos sobre ganancias corporativas también contradicen la idea de que estemos empantanados en una deflación. La estabilidad de precios no ha generado presión sobre los márgenes de ganancias. Por el contrario, en muchas economías avanzadas, las ganancias están en un nivel alto (incluso récord), en parte por una reducción del costo de los factores.
En este contexto, distribuir dádivas financiadas por el banco central tendría peligrosas consecuencias sistémicas a largo plazo, al crear incentivos perversos para todos los involucrados. Las autoridades tal vez querrían recurrir al helicóptero cada vez que el crecimiento fuera inferior al deseado, en vez de implementar difíciles reformas estructurales para resolver las causas subyacentes del mal desempeño económico.
Todo esto sembraría en los mercados financieros expectativas de que los bancos centrales y los gobiernos siempre intervendrán para desinflar burbujas crediticias y mitigar sus consecuencias, incluso si eso supone acumular más deuda. Esto distorsionaría las percepciones de riesgo de los agentes y desvirtuaría la función de las primas de riesgo.
Si a eso le sumamos el impacto del agotamiento de las reservas de revaluación de los bancos centrales y el riesgo de negativización de su patrimonio (hechos que podrían debilitar la credibilidad de esas instituciones y con ella la de las monedas), resulta claro que arrojar dinero desde el helicóptero debería quedar, al menos por ahora, limitado al ámbito del debate académico.
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