sábado, 23 de abril de 2016

¿No a la globalización? El problema quizás esté en la mente.


¿Por qué es tan difícil hacerle llegar a la gente conceptos, ideas –las bondades de la libertad de comercio, por ejemplo- cuya veracidad está, a nuestro juicio, más que “demostrada”? El presente artículo, aunque no pretende dar una respuesta acabada a dichos interrogantes, sí trata de apuntar, con un ejemplo, alguna de las posibles respuestas a partir de los descubrimientos científicos de las últimas décadas.



En todos los países, el interés de la inmensa mayoría de la población debería ser comprar lo que necesita a quien lo vende más barato. Ya desde, por lo menos, Cantillon y Adam Smith, la Ciencia Económica tiene claro que, aunque el producto más barato sea extranjero, además de beneficiar al consumidor por su simple baratura, se liberan recursos (la diferencia ahorrada por el comprador) que se destinarán o a consumir otras cosas, o como inversión productiva, lo que generará más crecimiento en el propio país. Además, los bienes importados proveen de divisas a los extranjeros que venden, con lo que tendrán más capacidad para comprar productos locales. Así, todos (los obreros locales y los extranjeros) se aplicarán a aquello en lo que son más eficientes.
A pesar de ello, sigue habiendo personas que rechazan las bondades de la globalización y defienden, de buena fe, el proteccionismo como medida de política económica necesaria para salvaguardar a los nacionales frente a los extranjeros, en una argumentación que adolece de cierta inconsistencia lógica. ¿Por qué nos cuesta tanto llevar la argumentación hasta el extremo y descubrir que, a la larga, la adquisición de mercancías foráneas beneficiará a todos, como ya explicaban los clásicos?
Una primera respuesta parte del célebre título de Bastiat “Lo que se ve y lo que no se ve”, en el que el autor afirma que:
En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos. Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever.
Otros autores, como Ortega y Gasset, tienen el mismo planteamiento. Por cierto que no deja de llamar la atención que en esto de la “cultura”, sin embargo, seamos tan poco “chovinistas” y que sea un filósofo tan poco estudiado en nuestro país. Muy recomendable es, por ejemplo, el seminario organizado por la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala sobre este pensador dentro de su Máster de Filosofía. En efecto, en sus “Meditaciones del Quijote”, Ortega, a partir de la conocida metáfora del bosque, establece una distinción entre la superficie –lo aparente- y lo profundo –lo latente-, afirmando que hay toda una parte de la realidad –el mundo de las puras impresiones, de lo patente- que se nos ofrece sin más esfuerzo que abrir ojos y oídos, mientras que existe también un “trasmundo” constituido por estructuras de impresiones, que si es latente con relación a aquél, no es, por ello, menos real. Pues bien, para que “este mundo superior de lo profundo exista ante nosotros”, dice Ortega, es necesario ejercitar actos de mayor esfuerzo sin que por ello sea menos claro que el “superficial”.
Ese “mayor esfuerzo” del que habla Ortega es justificado de manera clara por la psicología evolucionista: la mente está estructurada para cumplir una función bien definida, permitir que el sujeto se adapte de manera útil al entorno, de manera que pueda solucionar los problemas que obstaculizaban la supervivencia de los ancestros humanos. Todo ello ha llevado a que su funcionamiento no sea tan “lineal” y directo como se pensaba, de ahí que la necesidad de ahorrar energía y recursos le lleve, muchas veces, a preferir respuestas rápidas, aunque no precisas, pero que exijan menos esfuerzo y consumo de recursos: decantarse inconscientemente por “lo que se ve”, sin ir más allá, no deja de ser una respuesta evolutiva no tan fácil de superar. En efecto, existen experimentos que muestran que si la gente cree que una conclusión es verdadera, muy probablemente esté dispuesta a creer argumentos que parezcan respaldarlo aunque sean impugnables, lo que lleva, en muchos casos, a que las falsas creencias se mantengan a ultranza, de manera que el ser humano es incluso capaz de morir por ellas. De hecho, el cerebro es capaz de rellenar y completar la información que le falta; a veces interpretamos nuestras percepciones de tal modo que las hacemos necesariamente estar de acuerdo con nuestras creencias o expectativas, de forma que cualquier información es utilizada por el cerebro para confirmar lo que cree: Es lo que se llama pensamiento circular.
Pero el problema que planteábamos respecto de la globalización no se queda, posiblemente, en esa necesidad de economizar energía. Existen otros condicionamientos “evolutivos” que pueden ayudar a ver al productor “extranjero” como malo, haciendo difícil cambiar esa impresión. En efecto, los humanos se reproducen a través de pocas crías, las cuales exigen una inversión parental alta y muchos cuidados, y de las que muchos llegan a adultos, tienen una madurez sexual tardía, y necesitan aprender en entornos estables y que les den seguridad. Ello no obstante, también los humanos se ven en la obligación de competir y cooperar por recursos escasos. De esta forma, por un lado cooperan, actúan conjuntamente de forma coordinada para conseguir algo y compartirlo o repartirlo (o intercambiarlo), mientras que, por otra parte, compiten, es decir, actúan para conseguir algo exclusivo, excluyente, no disponible para otro. Así, mientras los competidores se perjudican, y, por tanto, se detestan, ya que un agente prospera si sus competidores no prosperan, los cooperantes se gustan, ya que la cooperación hace que se beneficien mutuamente: un agente prospera si sus cooperadores prosperan. De ahí que pueda hablarse de grupos (en cuyo seno los individuos cooperan) y que se enfrentan o compiten con otros grupos (de hecho, como afirma Jared Diamond, de todos los sellos distintos de la humanidad –arte, lenguaje hablado, drogadicción y otros-, el que posee precursores más directos en el mundo animal es el genocidio).
Si nos paramos a analizar, en el argumento esgrimido más arriba en contra de la globalización, puede haber una parte “inconsciente” en la que se vea al “nacional” -al levantino del sector textil, por ejemplo- como “nuestro” frente al extranjero –v.g. al chino del mismo sector- que haga que la constatación empírica y el análisis racional no sean suficientes para desterrar, en muchos, un planteamiento, el proteccionista, muy arraigado en tanta gente. Esa predisposición inconsciente está reforzada, además, por el “adoctrinamiento” estatista que nos prepara, desde pequeños, a considerar como nuestro lo que está dentro del mapa que nos enseñan en la escuela.
Pero de nuevo surge un interrogante, ¿por qué hay gente que es capaz de superar esos “condicionamientos” mentales y zambullirse en el lado oscuro –profundo- de esa realidad, mientras que otros no alcanzan a dar ese paso? Ortega, de hecho, habla de dos “castas” de hombres: sensualistas frente a racionalistas, pudiendo dar lugar a diferentes tipos culturales: así, distingue, por ejemplo, entre la cultura griega/germánica y la latina/mediterránea. Según explica –y simplificando mucho-, la cultura griega/germánica busca lo típico y esencial bajo las apariencias concretas, estando siempre dispuesta a “alejar los objetos” al efecto de purificarlos e “idealizarlos”. Frente a esta posición, la que Ortega denomina cultura latina/mediterránea busca la “actualidad”, acentuando la apariencia de las cosas en una “ardiente y perpetua justificación de la sensualidad, de la apariencia, de las superficies, de las impresiones fugaces que dejan las cosas sobre nuestros sentidos conmovidos”.
Pero si las “circunstancias culturales” del sujeto “predisponen” mejor a una actitud u otra a la hora de enfrentarse a la realidad en sus diversas dimensiones, y si hay gente que es capaz de superar mejor que otros esos condicionamientos mentales que impiden o dificultan aprehender con claridad la realidad oculta, ¿acaso no puede “educarse” al individuo para que ajuste, corrija y/o depure su forma de ver el mundo, al menos al enfrentarse a determinadas cuestiones? Seguramente es posible. De hecho, grandes pensadores del siglo pasado ya propugnaron sistemas filosóficos en el seno de los cuales era imprescindible realizar una labor de “preparación” previa del sujeto antes de poder lanzarse, con éxito, a labores especulativas y filosóficas. Husserl, por ejemplo, afirmaba que, para adoptar una actitud fenomenológica, se necesitaba una motivación y una preparación a través de lo que denominaba “caminos de reducción”, ya que el hombre, en su estado “natural” no estaba preparado para afrontar tamaño reto. Salvando todas las distancias, es evidente que para el pensamiento estrictamente racional, el ser humano tiene un hándicap, el condicionamiento evolutivo de nuestra mente cuyo “interés” no es, precisamente, la “racionalidad”. Pero ello no tiene por qué ser un obstáculo insalvable o contra el que, al menos, no podamos intentar luchar. Esa lucha requiere, sin embargo, antes que nada, ser conscientes del problema -casi nunca lo somos-, siendo honrosas las excepciones que nos ayudan a ello para intentar superarlas.
Retomando la distinción que hacía Ortega, resulta más que evidente que en la actualidad ha ganado la batalla la tendencia sensualista, a la que parece que nos hemos “abandonado” todos en la sociedad occidental. Siendo ello así, mientras la gente no tenga tendencia a buscar el fondo oculto de las cosas, y no sea consciente de los condicionamientos mentales, por mucho que tratemos de explicar este o aquel principio aparentemente racional, nos chocaremos contra un muro, probablemente infranqueable. El trabajo tiene que empezarse un escalón más abajo. Razón y emoción no están separadas ni enfrentadas, pero, por los descubrimientos de la ciencia, parece más que evidente que la razón se apoya en la emoción y depende de ella: la emoción asigna valor a las cosas, y la razón sólo puede tomar decisiones basándose en esas valoraciones. Mientras la gente no sea consciente de ello, entienda y sienta como necesario el acudir al fondo de las cosas, tomando para ello las medidas personales necesarias para superar los condicionamientos evolutivos, la batalla estará perdida.
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