NUEVA DELHI – El mundo se enfrenta a una situación cada vez más peligrosa. Tanto las economías avanzadas como las emergentes necesitan crecer para aliviar tensiones políticas internas. Pero pocas lo están haciendo. Si los gobiernos responden con políticas que busquen desviar crecimiento de otros países, esta táctica de “empobrecer al vecino” no hará más que fomentar la inestabilidad en otras partes. Se necesitan reglas de juego nuevas.


¿Por qué es tan difícil volver a índices de crecimiento como los de antes de la Gran Recesión? La respuesta inmediata es que la bonanza anterior a la crisis financiera global de 2008 dejó a las economías avanzadas con una carga de endeudamiento excesivo que inhibe el crecimiento. Un remedio posible sería cancelar deudas para revitalizar la demanda, pero no es seguro que sea políticamente viable o que la demanda así generada sea sostenible. Además, puede ser que la recuperación también esté impedida por factores estructurales (como el envejecimiento poblacional y el bajo crecimiento de la productividad) que antes estaban enmascarados por la demanda a crédito.


Los políticos saben que el modo de resolver esos obstáculos es mediante reformas estructurales que aumenten la competencia, fomenten la innovación y promuevan cambios institucionales. Pero también saben que el costo de las reformas es inmediato, mientras que las ganancias suelen demorar y sus beneficiarios son inciertos. Como señaló Jean-Claude Juncker (entonces primer ministro de Luxemburgo) en lo peor de la crisis del euro: “Todos sabemos lo que hay que hacer; lo que no sabemos es cómo lograr que nos reelijan después de hacerlo”.
Los bancos centrales se enfrentan a otro problema: una inflación que coquetea con el límite inferior permitido por sus mandatos. Como los tipos de interés ya están muy bajos, los bancos centrales de las economías avanzadas saben que no pueden sostener las expectativas de inflación con políticas monetarias convencionales (y no quieren decir que se quedaron sin municiones). En última instancia, siempre queda el recurso a lanzar dinero desde el helicóptero: que los bancos centrales impriman billetes y los suelten en las calles para crear inflación (más prosaicamente: entregar un cheque a cada ciudadano, y tal vez más a los pobres, que serán más proclives a gastarlo). También podrían ser más agresivos en el uso de otras herramientas no convencionales: compra de activos (la llamada flexibilización cuantitativa), tasas negativas, etc.
¿Son esas políticas eficaces para fortalecer la demanda y el crecimiento? La política monetaria opera influyendo en las expectativas de la gente. Si la aplicación de una política cada vez más agresiva convence a la gente de que un desastre es inminente, puede ocurrir que las familias en vez de gastar, ahorren. Tendencia que se agravará si la gente percibe que en algún momento habrá que revertir las consecuencias de la política (distorsión de precios de activos, alto endeudamiento público, etc.).
A la inversa, si se convence a la gente de que la política se mantendrá para siempre, tal vez se lance otra vez a comprar activos y endeudarse, lo que ayudaría a los bancos centrales a lograr sus objetivos en el corto plazo. Pero toda política debe cambiar, y cuando lo haga, las variaciones de precios de los activos provocarán una conmoción.
Más allá de los efectos internos, todas las políticas monetarias provocan “derrames” externos. En circunstancias normales, si un país reduce sus tipos de interés para estimular el consumo y la inversión locales, a esto le seguirá una devaluación de la moneda, que facilitará las exportaciones.
Pero las circunstancias actuales no son normales. No es seguro que la demanda interna responda a políticas no convencionales. Además, estas producirán una distorsión de precios de los títulos de deuda pública locales que tal vez incentive a fondos de pensión y aseguradoras a comprar deuda en otros mercados extranjeros menos distorsionados. Esa búsqueda de rentabilidad depreciará aún más la moneda local y aumentará el riesgo de que se lance una guerra de devaluaciones competitivas de la que ningún país saldrá ganando.
Lo cierto es que hoy los bancos centrales de los países desarrollados pueden aducir toda clase de justificativos para sus políticas con tal de no nombrar lo innombrable: que tal vez el principal canal de transmisión sea el tipo de cambio. De ser así, se necesitan reglas monetarias que impidan a los bancos centrales poner sus mandatos locales por encima de la responsabilidad internacional de cada país.
Si se nos permite una analogía con las reglas de tránsito, las políticas con pocos derrames negativos deberían tener luz “verde”; las que son admisibles transitoriamente, luz “amarilla”; y las que hay que evitar todo el tiempo, luz “roja”.
Si una política tiene efectos positivos tanto para el país que la aplica como para los demás, decididamente es una política de luz verde. También podría serlo si estimula la economía local con derrames negativos externos que solo serán transitorios (todavía puede beneficiar a las otras economías, porque en algún momento impulsará la demanda de importaciones de la economía local).
Un ejemplo de política de luz roja sería aquella política monetaria no convencional que no logra estimular la demanda interna de un país y genera grandes egresos de capitales que provocan burbujas de precios de activos en los mercados emergentes.
Habrá muchas áreas grises (o amarillas, para seguir con la analogía). Podría haber una política con beneficios importantes para una economía grande que provoque perjuicios pequeños al resto del mundo, de modo que el efecto general sobre la economía mundial sea positivo. Tal política sería admisible por un tiempo, pero no para siempre.
Incluso con los mejores datos, modelos e investigaciones empíricas, todavía estamos lejos de un acuerdo sobre los colores de las políticas actuales. Es hora de empezar a discutirlo. Podríamos tomar investigaciones de académicos eminentes como punto de partida, y de allí llevar el debate a instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional y el G-20. Al principio habrá muchas dudas, pero con el tiempo el debate llevará a mejorar los modelos y los datos, y motivará a las autoridades a no adoptar políticas catalogadas claramente como “rojas”.
Es de suponer que lo que tengo en mente demandará, en algún momento, un nuevo pacto internacional similar a Bretton Woods, y cierta reinterpretación de los mandatos de los bancos centrales con influencia en la economía global. Pero ya tenemos una base para el debate. El artículo IV del convenio constitutivo del FMI señala: “En particular, todo país miembro (…) evitará manipular los tipos de cambio o el sistema monetario internacional para impedir el ajuste de la balanza de pagos u obtener ventajas competitivas desleales frente a otros países miembros (…)”.
Fijar reglas nuevas llevará tiempo. Pero la comunidad internacional puede elegir. O seguimos fingiendo que la falta de un sistema monetario global no supone ningún problema (y esperamos que no provoque un desastre). O empezamos a crear un sistema apto para el mundo integrado del siglo XXI.


Este artículo se basa en trabajo realizado con la Dra. Prachi Mishra del Banco de Reserva de la India.