sábado, 23 de abril de 2016

Por qué los economistas keynesianos no entienden la inflación

Inflation
Los “maniáticos monetarios” y “zelotes ignorantes” de los antiguos están de vuelta  predicando la salvación con solo tener más inflación.[1] Keneth Roggoff y el presidente de la Fed de Chicago, Charles Evans, no midieron sus palabras, mientras que otros han sido más circunspectos. Christine Lagarde nos advierte sobre el “ogro de la inflación” y los “riesgos” de una baja inflación, mientras que otros han estado reclamando una política monetaria más laxa para reducir el valor del yen o el euro. Por supuesto, es mucho más fácil dejar que la inflación salga de su jaula que hacerla volver a ella. Tenemos amplias evidencias de que una vez se levanta lainflación.es extremadamente difícil de controlar. La inflación en EEUU era del 1% en 1915, casi el  8% en 1916 y de más del 17% en 1917. Esteba en torno al 2% en 1945 y saltó a más del 14% en 1947. Durante la década de 1970, la inflación era baja en 1972 y ascendió al 11% en 1974 y se mantuvo en niveles muy altos hasta que Volcker aumentó los tipos hasta el 19% para domar a la bestia.



Incluso si estás de acuerdo con que un objetivo de inflación del 2% es una política apropiada, la inflación debería, como mínimo, medirse correctamente. Las mediciones apropiadas son improbables ya que, por desgracia, los economistas ortodoxos actuales utilizan una versión simplificada de la teoría original de la cantidad de dinero. En esta versión, el dinero está ligado exclusivamente a la renta nominal y el deflactor del IPC o el PIB se usan como representativos de los precios y servicios en la renta nominal. Esta versión se obtiene de la teoría de Keynes de las preferencias de liquidez.
Sin embargo  la teoría cuantitativa del dinero original, no keynesiana, demuestra claramente que la demanda de dinero refleja, no solo la renta nominal del deflactor del PIB, sino todas las posibles transacciones, que no podemos medir. El dinero está ligado a los precios de todo lo que este puede comprar: bienes de consumo, acciones, bonos, sellos, tierra, etc. El uso de la varios keynesiana simplificada en libros de texto de economía y por parte de los economistas profesionales ha causado un daño inmenso. Cuando tu teoría es errónea, tus prescripciones políticas probablemente también lo sean.
Muchos economistas ortodoxos no prestan atención el hecho de que estamos teniendo en realidad la inflación que tanto preocupaba a todos en 2009. Solo que se está mostrando en precios de activos en lugar de en precios de consumo. Por alguna razón consideramos malo que haya precios más altos en alimentos y algo a evitar, mientras que precios más altos en vivienda se ven como algo bueno y a alabar. Pero ambos son una reducción en el poder adquisitivo. Hoy los precios de las viviendas superan significativamente el crecimiento salarial en muchos mercados y se mantienen a niveles altos propios de burbujas, poniendo los precios de estas fuera del alcance de muchas parejas jóvenes. Sus rentas tienen menos poder adquisitivo: el dinero puede comprar menos casa, igual que puede comprar menos hamburguesa.
Al establecer un objetivo de inflación, la Fed no dejó que la deflación siguiera su curso después del crash de 2008 y eso fue un gran error. Durante los años de auge 2001-2007, se dispararon los precios de las viviendas. Esta burbuja especulativa llevó a una sobreconstrucción masiva tanto de viviendas privadas como de propiedades comerciales.
La deflación habría permitido una realineación de los precios relativos más cercana a lo que realmente quiere la sociedad que se produzca, pero al inflar la oferta monetaria, la Fed interfirió con este proceso esencial de liquidación. Los precios de las viviendas deberían haber caído muchísimo más de lo que lo hicieron en relación con otros precios. La vivienda debería haber permanecido en horas bajas posiblemente durante una década o más, hasta que este exceso en la construcción se hubiera liquidado. La nueva relación de precios relativos habría permitido que los recursos se trasladaran a la producción de bienes y servicios más en línea con los que la sociedad demandaría en un mercado funcional. El carpintero se habría mudado y trabajado en un pozo petrolífero, posiblemente con un salario incluso mayor. Pero no pasó eso.
Hoy la vivienda está de vuelta, con aumentos de precios a niveles de la época de la burbuja y con la actividad constructiva repuntando. Pero el exceso no ha desaparecido. Simplemente se ha dejado en el limbo, debido a la estrategia de “extender y pretender” de los bancos hecha posible por la impresión masiva del banco central a lo largo de los últimos cinco años. Por supuesto, cuando la música, o la impresión de dinero, se detenga, el ajuste en la vivienda será incluso más desastroso.
La Fed debería aprender varias lecciones de la historia acerca de la inflación. La primera es que una onza de prevención vale por una libra de cura. Hay que tratar la inflación como las quemaduras solares, protegiéndose antes de que la piel se vuelva roja. Segundo, la Fed no debería preocuparse por la inflación de precios del consumo, sino por el aumento en todos los precios que somos incapaces de medir (siendo imposibles de calcular los pesos). El reciente aumento en los precios de activos, como acciones o terrenos agrícolas, debería ser una fuerte señal de advertencia.
La solución real es acabar con la banca de reserva fraccionaria. El banco central sería entonces superfluo. No se echaría de menos. Su historial como compensador de los efectos negativos de la banca de reserva fraccionaria ha sido desastroso y, si ha conseguido algo, es empeorar mucho más las cosas.
Si se obligara a los bancos a mantener una reserva del 100%, ni estos ni el público podrían tener una influencia importante en la oferta monetaria. Los bancos se verían entonces obligados a extender crédito al mismo ritmo lento al que se mueven los ahorros. El crédito reflejaría por fin los recursos reales liberados para producir bienes de capital. La oferta monetaria podría entonces ser la que debería haber sido siempre, un medio de medir el valor de intercambio, como una regla de medir, y como un almacén de valor.
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