Muy cerca de mi bachillerato hay un restaurante en el que se desayuna, como diría un amigo mío, “de lujo”. Vamos, que si fuese por mí desayunaría allí todos los días. Pero claro, hay un inconveniente que ya se estará usted imaginando: es caro. Por lo tanto, en contadas ocasiones desayuno allí.
Al final cabo, lo que estamos haciendo todos los días es moderar nuestro gasto. ¿Cómo se llama esto? Recorte presupuestario (intentas gastar lo menos posible de tu presupuesto, no vaya a ser que te quedes sin nada). Y sí, estoy hablando de esos “malvados recortes” (o moderación presupuestaria) que aplican muchos Estados con resultados apreciablemente buenos como Alemania o Reino Unido. Básicamente tienen el objetivo de reducir el gasto excesivo e improductivo del Estado, cosa que, no nos equivoquemos, no se hace ni se ha hecho en nuestro país: nuestro gasto público sobre el PIB es nada más y nada menos que un 44,50% (en 2014, cuando se produjeron los mayores y “malvados” recortes del PP, sólo bajó un 0,51%).


2016-04-17 Recortes, impuestos y gasto público,1
Pocos partidos se plantean moderar el gasto. Quieren ir al restaurante todos los días y para ello quieren aumentar aún más el gasto público aumentando la recaudación y, como todos sabemos, esto se traduce en subir los impuestos. Ya se ha comprobado a lo largo de la historia que subir impuestos no implica una subida de la recaudación, en muchas ocasiones, además, se da el efecto contrario: Una reducción de la cuantía a pagar en impuestos puede llevar aparejada una mayor recaudación. Por ejemplo, en julio de 2010 se subió el IVA general del 16 al 18% y dos años después si uno mira la contabilidad de caja del Estado puede comprobar que en 2012 se recaudó un 9’9% menos que en 2011 y esto ocurre no sólo con el IVA sino también con otros impuestos indirectos a los que se les subió antes el IVA, como el tabaco, las bebidas alcohólicas y los hidrocarburos.
2016-04-17 Recortes, impuestos y gasto público,2En épocas de crisis en las que la mayoría de las familias disponen de cada vez menos recursos para el consumo, los políticos de nuestro país no han hecho más que subir los impuestos mermando así nuestro poder adquisitivo cuando precisamente en estas épocas es cuando hay que desahogar el bolsillo de los ciudadanos, ya que no son los burócratas los que acaban con las crisis (son más bien los que las crean) sino nosotros con nuestro esfuerzo y sacrificio.
Además de todo lo expuesto anteriormente, las previsiones de recaudación de los Estados siempre son equivocadas y desorbitadas, como se ha demostrado en nuestro país tantas y tantas veces. La media de error en las estimaciones de ingresos en España ha sido de un 1% del PIB en el primer año y, atención, el 1,6% el segundo y el 1,8% el tercero (Revenue Forecast Errors, 2014, Univ. de Lisboa). Pero no nos equivoquemos, pese aunque lo parezca (y desde luego que motivos no nos faltan) nuestros políticos no son tontos y saben que muchas de sus propuestas y previsiones no se pueden llevar a cabo. Pero claro, su objetivo no es ser realistas sino llegar al poder, como políticos que son. Y es que la mayoría de los españoles se creen tales estupideces y las reafirman con su voto. Así nos va.
Gasden FlagLo verdaderamente revolucionario en este país no debería ser reclamar más gasto, más impuestos, más Estado o menos recortes, sino exigir que nuestro dinero se quede en nuestro bolsillo, ya que no hay nadie que sepa gastarlo mejor que nosotros mismos, exigir a los políticos que reduzcan el inmenso gasto improductivo del Estado y exigir la reducción de sus poderes y privilegios que en tantas ocasiones han sido usados para corromperse, colocar a sus amiguetes en instituciones tan cuestionables como son las Diputaciones y el Senado o para acciones electoralistas. Porque no nos equivoquemos, la corrupción viene causada en gran parte por el inmenso poder que tienen los políticos en nuestro país. Lo realmente revolucionario sería reforzar a la sociedad civil y destacar aspectos tan nobles como son la meritocracia, el trabajo y la responsabilidad.
Exijamos el total control sobre nuestras vidas, tanto en el ámbito económico como en cuestiones morales. Don’t tread on me.