miércoles, 27 de abril de 2016

Venezuela se desploma ante la indiferencia chilena


Lo razonable sería que Chile se sacudiera de su inmovilismo y se pusiera a la cabeza del esfuerzo por restituirle el rol de la OEA en defensa de la democracia regional. Lamentablemente, la política exterior chilena bajo el gobierno de la Nueva Mayoría sufre de un fuerte sesgo ideológico al momento de fijar posiciones principistas, porque se ha visto afectada por el veto del partido comunista.

La situación en Venezuela es muy seria. Hay hiperinflación (482%), escasez de alimentos y servicios básicos, desabastecimiento y contracción económica por falta de inversión (-8%). Una crisis humanitaria se avecina por la emergencia en salud ante la falta de medicamentos. La solución del gobierno es muy simple: dejar de publicar las cifras oficiales de crecimiento, desempleo o pobreza. A ello, se suman la represión y encarcelamiento de opositores, la anulación de la Asamblea Nacional y el copamiento del Poder Judicial; es decir, la vía chavista a la dictadura.



La visita ahora del secretario general de Unasur Ernesto Samper a Caracas, con el objeto de participar en la llamada “Comisión de la Verdad”, una creación del gobierno de Nicolás Maduro supuestamente para “esclarecer los hechos de 2014”, pero que -en el fondo- pretende justificar los presos políticos en dicho país, es impresentable. El ex Presidente liberal colombiano (1994-98), acusado en su momento de beneficiarse de las platas del narcotráfico, no sólo apoyó la aludida iniciativa chavista, sino que aseguró cínicamente que ella contribuiría a lograr la paz entre los venezolanos (la oposición no está en la Comisión), lo que ha sido terminantemente rechazado por los dirigentes opositores.
No corresponde a Samper ni a la Unasur respaldar al gobierno de Venezuela. Recordemos a este respecto que la estrategia de Itamaraty (cancillería brasileña) bajo el PT pretendía mover el centro de poder hemisférico desde Washington hacia Brasilia, devaluando el rol de la OEA y creando -como alternativa- a la Unasur (una OEA ideológica y “sin gringos”). Ese objetivo fue respaldado de inmediato por la diplomacia petrolera del chavismo (ALBA-Petrocaribe) y por los partidos neomarxistas del Foro de Sao Paulo. Durante el primer gobierno de Michelle Bachelet, Chile incluso se prestó a ese juego y el secretario general de la OEA José Miguel Insulza miraba para el otro lado cada vez que actuaba Unasur.
Hoy, nuestra membrecía en esa entidad populista es bastante discutible, pero no nuestro compromiso con la vigencia universal de los derechos humanos. Chile no puede respaldar el proceder de Samper, que no hace otra cosa que legitimar la acción autoritaria y represiva del gobierno populista venezolano. Lo que corresponde, en su lugar, es la intervención de la OEA, a través de la invocación del art. IX de la Carta Democrática Interamericana, para la liberación de los presos políticos venezolanos y una transición ordenada hacia la democracia.
El nuevo secretario general de la OEA, el diplomático uruguayo Luis Almagro, ha hecho ingentes esfuerzos por recuperar el liderazgo del referido organismo regional, habiéndose propuesto enfatizar el papel de éste frente al déficit democrático que se vive en Venezuela, así como atender la grave crisis social y económica que sufre el país tras casi dos décadas de chavismo. Uno de sus pronunciamientos más contundentes ha sido contra el despojo de las facultades de la Asamblea Nacional por el Tribunal Supremo de Justicia en la insólita e inexplicable declaratoria de inconstitucionalidad de la Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional.
Aunque Almagro intenta liberar a la OEA del perverso secuestro institucional de que ha sido objeto, y en forma aislada tanto el Presidente argentino Mauricio Macri como el candidato presidencial peruano en segunda vuelta Pedro Pablo Kuczynski se han manifestado favorables a una acción hemisférica frente a Venezuela, la tarea no es fácil. Brasil sufre una crisis de gobernabilidad y la indiferencia permea entre los países miembros de la OEA. Lo razonable, entonces, sería que Chile se sacudiera de su inmovilismo y se pusiera a la cabeza del esfuerzo por restituirle el rol de la OEA en defensa de la democracia regional.
Lamentablemente, la política exterior chilena bajo el gobierno de la Nueva Mayoría sufre de un fuerte sesgo ideológico al momento de fijar posiciones principistas, porque se ha visto afectada por el veto del partido comunista. Por una parte, la Cancillería parece ser el instrumento idóneo para transmitir el apoyo de la Nueva Mayoría a los cuestionados Dilma y Lula (acusaciones de corrupción) y, por la otra, el Edificio Carrera no reacciona frente a la vergonzosa gestión de Samper en Caracas, ni se preocupa de los vanos esfuerzos de Almagro. Para colmo de males, Bolivia parece haber copado toda nuestra agenda internacional y la inacción diplomática chilena campea en otros temas que son prioritarios.
Urge, por tanto, una política exterior chilena más independiente, principista e inteligente.

Juan Salazar Sparks, cientista político, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI.
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