lunes, 9 de mayo de 2016

Apología y refutación de Donald Trump

SANTIAGO NAVAJAS


En 1949 Robert Rossen escribió y dirigió El Político, un retrato realista, a la vez que alegórico, sobre el ascenso y caída de un honrado y humilde político que comienza haciendo carrera en su pueblo y consigue llegar a gobernador de Lousiana gracias a sus dotes oratorias y a ser considerado un campeón contra la corrupción. En su ascenso al poder, subiendo por peldaños cada vez más sucios que le van contaminando, termina por ser tan corrupto como “la casta” a la que denunció al principio.
De Donald Trump se pueden decir muchas cosas pero difícilmente nadie puede acusarle de ser honrado y humilde
De Donald Trump se pueden decir muchas cosas pero difícilmente nadie puede acusarle de ser honrado y humilde. Megalomaníaco y vociferante, la irrupción de Trump en la campaña por la presidencia norteamericana ha sido como la de un elefante encabritado en una merienda de ancianas en una cafetería de El Corte Inglés. Sin embargo, las ancianas están encantadas con el rudo pero seductor hombre de negocios que llama a las cosas por su nombre, les planta unos requiebros picantuelos y se ofrece a pagar los cafés y las tortitas con sirope de arce.



Trump es mordaz, ingenioso y no se arredra ante nada ni ante nadie. Para empezar, el aparato del Partido Republicano que le ha declarado la guerra por romper el equilibrio de poderes y de privilegios en el que se funda una organización política que controla tanto poder. El primer damnificado ha sido Jeff Bush, el último de la conservadora saga texana. El éxito de Trump reside en dos factores. Por una parte, aprovecharse de las intuiciones proteccionistas de gran parte de la población, sea cual sea su nivel educativo, que le ha llevado a convertirse en un adalid del “made in América”. Pero, además, es el único que le ha plantado cara a la epidemia de la censura de lo “políticamente correcto” que atenaza a un país una vez campeón de las libertades y que hoy, sin embargo, se desliza por la pendiente del macarthismo de izquierda.
Donald Trump es hombre, blanco, heterosexual, cristiano y no sólo burgués sino multimillonario. Es decir, culpable. Culpable de racismo contra cualquier tonalidad de piel que no sea la del rostro pálido, culpable del “heteropatriarcardo”, culpable del machismo, culpable de la desigualdad y de la pobreza en el mundo. Culpable de que no hubiera negros nominados a los Óscar y, ya que estamos, culpable de que no hubiera ninguna mujer candidata a mejor director. Hoy en día, en los círculos progresistas norteamericanos, de los estudios cinematográficos de Hollywood a las Universidades de la Ivy League, como no aplaudas a las feministas de género y a los “académicos” de los “estudios culturales” estás perdido. Como oses defender a Israel y a los judíos o utilizar la palabra “nigger” si no eres negro, ni siquiera para mencionarla, ya puedes ir haciendo las maletas, como Robert Rossen en su día, y venirte a Europa, porque la inquisición de Lady Gaga, Spike Lee y la tropa antisemita, acabarán con tu carrera o te cobrarán una pasta en forma de litigio kafkiano.
Si en tiempos de Joseph McCarthy ser del PC (Partido Comunista) era un problema, en la actualidad no participar en los dogmas del PC (Políticamente Correcto) te puede suponer un auto de fe patrocinado por Obama
Si en tiempos de Joseph McCarthy ser del PC (Partido Comunista) era un problema, en la actualidad no participar en los dogmas del PC (Políticamente Correcto) te puede suponer un auto de fe patrocinado por Obama. Por ejemplo, The Hunting Ground, el documental sobre la presunta plaga de violaciones cometidas en los campus norteamericanos que ha ganado el Óscar. Y digo “presunta” porque por lo que respecta al documental lo único que demuestra es el victimismo convertido en una industria cultural por parte de unos documentalistas a medio camino entre la demagogia de Michael Moore, la propaganda de Oliver Stone y el sentimentalismo de Anatomía de Grey.
El matonismo como una forma de “ser acomplejado” es lo que ha conseguido el victimismo negro, feminista e islámico en Estados Unidos, que ha llegado a intimidar a los que no son de su “comunidad”. Y la reacción en los acomplejados del campo contrario ha sido igual sólo que de sentido opuesto: Donald Trump. Aupado en su vociferante “llamar a las cosas por su nombre” está haciendo emerger todos los miedos de la clase trabajadora de los Estados Unidos: a la globalización, al cosmopolitismo, a la civilización. Trump es más estadounidense que la crema de cacahuete y las palomitas. Pero, al mismo tiempo, representa mejor que nadie ese espectro que amenaza a todo el planeta político: el populismo que sustituye la racionalidad por el voluntarismo, la historia por la memoria y la negociación por el “escrache”. Y que encuentra su eco en Francia, Le Pen; en Venezuela, Maduro; en Argentina, Kirchner; en Rusia, Putin; en Grecia, Tsiripas; en Gran Bretaña, Farage; en España, Pablo Iglesias.
Como sostiene Antonio Escohotado en su imprescindible Los enemigos del comercio, el comunismo cristiano y el comunismo marxista no están tan lejos como quisieran
La película de Rossen se inspiraba en el gobernador demócrata Huey Long, el hombre que, junto a Franklin Delano Roosevelt, inició la transformación del Estado norteamericano haciéndolo cada vez más grande y poderoso a través de la intervención en la economía, apoyando el aumento de los impuestos y la redistribución de la renta y la riqueza a través de grandes inversiones públicas. Long era un amago de dictador, un demagogo y un populista que haría las delicias de Iglesias, sólo que en lugar de seguir a Karl Marx decía inspirarse en la Biblia y la Declaración de Independencia. Tanto monta, monta tanto. Como sostiene Antonio Escohotado en su imprescindible Los enemigos del comercio, el comunismo cristiano y el comunismo marxista no están tan lejos como quisieran.
Tras El Político, Robert Rossen alcanzó la gloria y el infierno. Hollywood le encumbró premiando su película con varios Óscar. Pero el senador McArthy le llamó a testificar ante su Comité de Actividades Antiamericanas ya que durante diez años había militado en el Partido Comunista. Delató a muchos de sus ex compañeros. Tras unas pocas películas en Europa volvió a Estados Unidos para hacer un par de obras maestras, El buscavidas y Lilith, dos historias sobre un perdedor y una loca bigger than life.
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