lunes, 9 de mayo de 2016

Bancos, vampiros diurnos


Apenas el pasado sábado 08 de agosto, el director general de educación financiera de la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (CONDUSEF), Jorge Torres, informó que, en lo que va del año, han sido interpuestas más de un millón 300 mil reclamaciones en contra de los bancos del país.

Entre éstos, citó a Bancomer, Banamex, Santander y Banorte, como las instituciones crediticias que tienen mayor número de quejas, la mayoría de ellas relacionadas con cargos no reconocidos por los cuentahabientes, quienes son, para variar, los perdidosos de esta relación bilateral pero desequilibrada.



Según dijo, se han encontrado muchos puntos en contra del usuario en los contratos de las instituciones financieras, y agregó que en lo que va del año se han sancionado 185 cláusulas de este tipo, abusivas para los clientes de los bancos, lo que hay que traducir, en la práctica, como robos directos o disfrazados.
Por su parte, en la misma ocasión, una videoconferencia de prensa, el presidente de Condusef, Mario Di Costanzo, indicó que, por no cumplir con las normas a las que están obligadas, en lo que va del año han impuesto mil 200 sanciones a instituciones financieras del país, atendiendo a 16 mil quejas presentadas en su contra.
Esto no es nada nuevo, cíclicamente nos enteramos de cosas así, y eventualmente, el clamor se hace ensordecedor, para volver a tomar su nivel poco después, como si un millón 300 mil reclamaciones fuera ‘peccata minuta’, una nimiedad sin importancia. Por ello, me gusta narrar la siguiente anécdota, totalmente verídica en sus términos y sucedidos, que hizo víctima de la ambición de estas sanguijuelas a una mujer trabajadora.
Hará unos diez años, en el tiempo en que te ofrecían créditos bancarios a todas horas, por todos los medios y con todos los atractivos posibles, cayó en la trampa de aceptar uno de ellos, en forma de tarjeta bancaria. Pues bien, el siguiente es el relato, palabras más, palabras menos, de la odisea que vivió, y tuvo que padecer, durante muchos años, a manos de la “decente” y “confiable” banca… ¿mexicana?
“La pesadilla se inició para mí en 2004: me había quedado sin empleo y me ofrecieron, casi de inmediato, un trabajo por proyecto (manera sutil de hacerte trabajar sin asumir ningún compromiso laboral contigo: sin seguro, sin antigüedad, sin derechos… y ¡¡¡ay de ti!!! si te quejas, porque tu proyecto es el primero que será dado de baja tan pronto como concluya el trimestre).
“El salario llega a cuentagotas: trabajas uno, dos, tres, cuatro meses y te pagan sólo el primer mes, mientras el tiempo y los pagos se amontonan… ¡En fin!, tarde o temprano habrán de llegar, pero la renta, la luz, el gas, la comida cotidiana y los pasajes –entre otros gastos- no pueden esperar.
“¡Felicidades! Existe la tarjeta BANCOMER, y a decir de su publicidad, soy cliente pre-fe-ren-te. Mientras llega el pago, puedo hacer la pequeña despensa con la tarjeta; que me quede bien claro: sólo comida y materiales de aseo para el hogar.
“Así, sin sentir y sin dejar de pagar los mínimos correspondientes a un cargo total de 20 mil pesos, la deuda subió a 30; de 30, a 50 mil, y cuando llegamos a los 60, se emitió un grito de auxilio al banco, para hacer un acuerdo que permitiera pagar sin perder la zanahoria, el crédito maravilloso y salvador.
“En el banco me dijeron que nunca hacían tratos de persona a persona, que debería llamar al número en el Distrito Federal (55) 52 26 26 63 y con gusto, un ejecutivo de cuenta me atendería. Así fue, en efecto: un ejecutivo, otro y otro; promesas y más promesas y la cuenta seguía creciendo mes a mes.
“Me comprometí a no usarla, pero solicité que pusieran pagos fijos y que no me asfixiaran con intereses tan altos. La respuesta fue un aumento al crédito, y aunque para mi fortuna ya tenía un nuevo y mejor empleo, el problema se agudizó, y la deuda se fue ahora hasta 80 mil.
“Cada mes, y por varios años, pagué entre cinco mil y diez mil pesos, y en ocasiones, uno o dos mil más. Muchas veces me reproché a mí misma el no haber puesto la atención necesaria para no llegar a este punto, pero, como los alcohólicos, hacía un… ACUERDO MÁS… Porque, para mi desgracia, mi moral y mis principios me indican que no debo dejar de pagar.
“Pero mi realidad fue más avasallante que mis valores. Hice OTRO acuerdo, dejé de usar la tarjeta, ya no más compras, ni siquiera para comer, y mi pago mensual sería de cinco mil 800 pesos. Pasaron los meses, cuatro o cinco tal vez, y mágicamente, y a pesar del acuerdo, la cuenta siguió creciendo hasta llegar a casi cien mil pesos. Reclamé y nada, siempre me topaba con los oídos del cantinero más sordo que pueda existir.
“Fui a CONDUSEF a solicitar asesoría, y cuando revisaron mis estados de cuenta y vieron que no había dejado de pagar un solo mes, me dijeron: ‘Efectivamente, le están robando, y mientras siga pagando le seguirán robando. Deje de pagar y exija un trato justo; sólo un trato justo durante tres o cuatro meses’.
“Vino lo peor: llamadas de mañana, tarde, noche y madrugada; algunos “ejecutivos” amables y otros verdaderamente insoportables, pero el resultado es el mismo, la tensión y la ansiedad que generan. También empezaron a llegar telegramas amenazantes que exigían el pago total.
“Empezó la negociación, y cuando hubo un acuerdo yo les exigí que lo hicieran por escrito, ya que nunca cumplían los tratos verbales que sólo se pueden hacer vía telefónica con gente sin rostro. Así que exigí: ‘me dan un documento que acredite que cumplirán su palabra, yo pago y luego me entregan una carta finiquito’.
“Cual pacto entre ‘gangsters’, llegó el día “D”. No fui a trabajar porque me dijeron que antes de las 12:00 horas llegaría la carta a mi casa, y yo tendría que pagar ese mismo día, antes de las cuatro, en efectivo, en una sucursal de BANCOMER.
“Su compromiso escrito, por supuesto, no llegó. Yo les llamé al medio día y me dijo la mujer con la que hablé que ya lo había mandado por mail; le rebatí que el acuerdo había sido enviarlo en un documento escrito y a mi casa; me respondió que llegaría por correo electrónico. Las cuatro horas siguientes fueron un cruce de llamadas absurdas, en las que afirmaban que el documento había sido enviado, y yo con la certeza y la molestia de no haberlo recibido.
“Les reclamé la mala fe de su actitud, pues sus amenazas de ‘TIENE QUE PAGAR’ y ‘YA CANCELAMOS SU TARJETA’ sí llegaban en tiempo y forma a mi correo. El “DICHOSO DOCUMENTO” llegó a las 15:55, con un acuerdo mañoso que exigía el pago “antes” de las 4:00 pm, o no se respetaría el acuerdo. Pero los mandé a volar, les dije que eran unos usureros, unos ladrones, y mantuve que no habría trato sin un acuerdo claro y puntual de por medio.
“Entonces cambiaron al negociador, y un chico demasiado amable, ahora excesivamente meloso, intentó domeñar a la bestia que había llegado a su límite. Un nuevo trato, otro documento por escrito, y luego del pago me enviarían por correo la carta finiquito.
“Llegó el documento y se hizo el pago. Esto fue el 28 de agosto de 2014 a las 10:01 horas, en la sucursal 3484 de la colonia Nápoles, y a pesar de haber realizado cuatro llamadas para recordarles su compromiso de la carta finiquito, es tiempo que aún espero que este documento finalmente llegue.”
Hasta aquí el relato que me hizo. Tengo entendido que sí, que finalmente pudo tener su carta finiquito, pero que al mismo tiempo fue incluida en el buró de crédito; que juró NUNCA volver a enredarse con ése ni con ningún otro banco, pero que, dado que “El Innombrable” ató cualquier manejo de dinero forzosamente a una institución financiera, y que eso se ha recrudecido con los sucesivos regímenes, hoy es prácticamente imposible no tener una cuenta, una tarjeta, una… deuda. Porque, creámoslo o no, otro banco, Inbursa en este caso, le acaba de ofrecer un nuevo crédito, “personal” e “inmediato”, éste por 70 mil pesos, a una tasa del 24%… “otro banco, otra bronca”, opina ella.
Hay, por supuesto, experiencias que narran peores casos, con éste y otros bancos, como el Azteca, que es especialista en atracos en despoblado, pero ésas son ya otras historias, que se pierden en la inescrutable, y ya casi insoportable, madeja de insultos, laceraciones, ofensas, robos y toda clase de daños que debe soportar el ciudadano común a manos de los privilegiados de este país, el uno por ciento poseedor del 99% de los bienes nacionales, con el beneplácito, cuando no con la complicidad, y hasta participación directa, de los detentadores del poder político.
Y a propósito, el mismo día en que se publicó la nota que dio pie a este artículo, el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, informó que buscará reunirse con el presidente de la Asociación de Bancos de México, Luis Robles Miaja, para reforzar las medidas de seguridad en las sucursales.
Aunque en buena lógica deberíamos entender que dichas medidas serían para proteger a los cuentahabientes, no forzosamente es un hecho, dado que trabajamos para pagarle a policías que son llamados cuando hay algún asalto a los bancos. A cuidarles su dinero. Pero en eso, ¿qué nos va a usted, a nuestra narradora, o a mí?
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