El momento de América Latina

NUEVA YORK – Es comprensible que gran parte de la atención mundial se centre en los acontecimientos de Oriente Próximo, Europa y Asia. Son regiones que representan la gran mayoría de la población y riqueza global, donde las situaciones geopolíticas son más tensas (y tienen grandes consecuencias), y en que en las últimas décadas (si es que no siglos) ha ocurrido la mayor parte de lo que constituye la historia mundial.


Sin embargo, una consecuencia indeseada de esta mirada es el hecho de que una buena cantidad de gobiernos, corporaciones y personas se están perdiendo mucho de lo que ocurre en América Latina.  
Tal vez no parezca obvio. Brasil, el mayor país de la región, se encuentra en medio de una grave crisis política: es muy posible que la actual presidenta, Dilma Rouseff, deba ir a juicio este verano cuando en el país comiencen los Juegos Olímpicos. Mientras tanto, la economía se ha contraído un 4% en 2015 y se proyecta una cifra similar para este año. El impacto del virus Zika en la salud pública es mayor en Brasil que en ningún otro lugar. La corrupción es endémica y ha manchado a prácticamente todos quienes desempeñan cargos públicos.
Pero lo que también es extraordinario en el caso de Brasil es que, hasta ahora, todo esto ha ocurrido sin violencia. Tan importante como ello es que el proceso político se esté llevando a cabo ateniéndose a las normas constitucionales y esté impulsado por jueces independientes. Los medios de comunicación de todo tipo están cubriendo con gran intensidad los acontecimientos. La capacidad de garantizar la corrección de los actos propios es esencial en todo país, y puede que hacerlo sea lo que salve a Brasil de los errores y problemas de gestión que ha sufrido en el pasado.
Y, sí, es cierto que Venezuela (un país con la bendición, o tal vez más bien la maldición, de contar con las mayores reservas de hidrocarburos del planeta) está en condiciones mucho peores. Su economía y su moneda se han desplomado junto con el precio del crudo. La disfunción política es grave y no se puede descartar que se produzcan disturbios civiles y violencia interna a gran escala.
Sin embargo, incluso allí hay algunas buenas noticias. La oposición logró una gran mayoría en las parlamentarias de diciembre de 2015. Y el menor precio del petróleo puede impulsar mayores cambios políticos, dando paso a un gobierno que haga de Venezuela un país de instituciones y leyes, no cultos a la personalidad ni abuso de poder.
Desde una perspectiva más general, muchas de las tendencias más importantes de la región son positivas. México, que durante décadas fue un estado de un solo partido, es hoy una sólida democracia en que ha habido varios cambios de gobernantes políticos a través de las urnas. Además, su economía va relativamente bien. No hay duda de que hay retos, especialmente la violencia y la criminalidad relacionadas con el tráfico de drogas, pero es posible manejarlos con un esfuerzo sostenido.
En Colombia, por fin se ha salido de un largo conflicto civil. Gracias en parte a la ayuda de los Estados Unidos, el gobierno logró ser lo suficientemente fuerte como para dejar claro a los rebeldes de las FARC que no podían llegar al poder por la vía armada. El alto al fuego se está pudiendo mantener y hay buenas perspectivas de llegar a un acuerdo de paz. Mientras tanto, la economía crece a una tasa anual de un 3%, menor que en el pasado reciente pero todavía más alta que en muchas economías emergentes.
De Argentina vienen las buenas noticias más recientes. En sus primeros seis meses, el nuevo gobierno ha adoptado varias medidas difíciles para recuperar la confianza internacional. De ningún modo esto reduce la dimensión del reto de bajar la inflación y retomar la senda de un crecimiento sostenible, pero hay una sensación palpable de que el país ha dado el giro adecuado gracias al talentoso equipo de tecnócratas que lo gobierna.
Son buenas nuevas no sólo para Argentina, porque lo que ocurre allí influye las acciones y comportamientos en otros países, especialmente Brasil. Si se avanza en Argentina se demostraría que quienes violan las leyes pueden tener que rendir cuentas por ello, que el exceso de intervención del estado en la economía lleva a la insolvencia y promueve la corrupción, y que el futuro está en la democracia y los mercados. En diez años, es probable que Cuba se asemeje a sus vecinos más abiertos en lo político y económico que viceversa.
Nuevamente, con todo esto no quiero decir que en América Latina no haya problemas y desafíos reales. Por el contrario, hay muchos. Pero son en su mayoría temas de gobernanza política y económica, capacidad del estado y corrupción al interior de los países. Casi no se aprecian los problemas de relaciones entre estados (geopolíticos), que tanto pesan en otras partes del mundo. Es una ventaja tremenda que implica que la atención y los recursos de los gobiernos pueden centrarse en satisfacer las necesidades internas de cada país.
Oriente Próximo se está desmoronando. Asia se enfrenta a disputas territoriales, el ascenso del poderío de China y una Corea del Norte temeraria. Europa está abrumada por los refugiados, el terrorismo y el revanchismo ruso. Y África no logra despegar debido a los conflictos civiles, el terrorismo y las malas prácticas de gobierno.
En comparación, América Latina se ve bastante bien. De hecho, de persistir las actuales tendencias, podría acabar reemplazando a Europa como la región del planeta que otros ven con cierta admiración, o incluso envidia