Seguimos a vueltas con la filtración del despacho panameño Mossack Fonseca y la información que va desgranando. Tras la “bajada de pantalones” de Andorra frente al fisco español y la filtración suiza del delincuente Falciani podemos ya asegurar que no corren buenos tiempos para los refugios fiscales tradicionales, no así para los modernos como Bitcoin.
Ya van apareciendo en los medios figuras públicas prestas a ser vilipendiadas por el ciudadano común. Algunas son criticadas por adscribirse al credo socialista mientras evitan la sagrada redistribución y muestran el pecado mortal de la codicia; otras por esconder el producto de sus robos, como Mario Conde, aunque no relacionado con los papeles de Mossack Fonseca, que nuevamente hace gala de su gran excentricidad intentando refugiar el botín en suelo patrio. Y otros por saquear al propio Estado que quizás tenga 100 años de perdón … o no, juzguen ustedes mismos.


Más allá de estas figuras públicas “noticiosas”, los papeles panameños, al igual que la “Lista Falciani” tiene mucha más información que a buen seguro resulta muy útil para el departamento dirigido por Montoro. Información sobre personas que han ganado honradamente su riqueza y la esconden de la voracidad fiscal por “codicia” o simples valores éticos elementales, como la defensa legítima de su propiedad. Datos confidenciales muy útiles también fuera de nuestras fronteras, incluyendo a  otros Estados más liberticidas y cruentos que el socialdemócrata español.
Esta voracidad fiscal o “infierno fiscal” como ya se le llama (acertadamente) en los círculos liberales sirve para alimentar nuestro Hiperestado. Todo infierno tiene su cielo o paraíso y nuestro caso no es una excepción.
Y es que no hace falta cruzar el Mediterráneo,  recorrer un cuarto del globo o estar al día en modernas tecnologías como Bitcoin para escapar del expolio. Basta con sacar rentas del botín.
El Hiperestado español, que representa más de un 40% del PIB, emplea a 3 millones de personas -con sueldos un 50% más generosos que en el “infierno fiscal”-, reparte subvenciones por valor de 10.000 millones de € al año y otros favores y barreras proteccionistas no fácilmente contabilizables. Se convierte así, para muchos, en el mítico Cuerno de la Abundancia, en el verdadero “Paraíso Fiscal” del que puede disfrutar si tiene los contactos, la habilidad o la suerte necesaria.
Para ser parte de esta fenomenal élite debe tener la suficiente cortedad de miras o estar correctamente aleccionado -“educado”- para ignorar que esta riqueza procede del expolio a sus conciudadanos, o albergar en su interior valores claramente antisociales.
O quizás no le quede más remedio si su vocación entra dentro de algunos de los sectores monopolizados o fuertemente intervenidos por el Estado y no está dispuesto a marcharse del país o del continente.
Por supuesto no hay “comida gratis” y este esquema perverso es perjudicial para toda la sociedad, también para quienes viven en este “paraíso”.
La mayoría de la gente vive en la “gran ficción” de Bastiat pensando que realmente salen beneficiados “disfrutando” de, entre otros,  un sistema de enseñanza fracasado y congelado en el siglo XIX donde seguimos agrupando a nuestros hijos por edad y llevándolos a hacer jornadas forzosas encerrados en “fábricas”; una sanidad que desprecia por completo las terapias preventivas y cuya burocracia provoca décadas de retraso en el acceso a nuevos medicamentos y productos médicos; una justicia basada en leyes ambiguas o sesgadas en favor del Estado, lenta y fuertemente dependiente de la discrecionalidad arbitral; un mercado cultural altamente politizado y falto de ideas y un sistema financiero monopolista, inflexible y propenso a fuertes crisis cíclicas. Una situación, en fin, de permanente conflicto social y campo abonado al totalitarismo.
Si usted cree, como un servidor, que la sociedad merece algo mejor, el primer paso es identificar y denunciar este expolio y sus funestas consecuencias. Y el siguiente es hacer algo al respecto. Yo elegí la vía política a través del Partido Libertario, pero no es la única ni tiene por qué ser la más importante. Llame a las cosas por su nombre y luche contra la injusticia con los recursos de que disponga. Sea buen vecino, sea una persona honrada.