lunes, 23 de mayo de 2016

EPN: ¿un Presidente liberal?

Retrovisor

Ivonne Melgar
Quienes lo conocen cuentan de su pragmatismo, de su capacidad de medir y centrar a sus adversarios.
Las reseñas que los colaboradores del Presidente difunden sobre la forma en que el jefe nato de los priistas se prepara hacia 2018 no dejan lugar a dudas: él está y estará a cargo de la estrategia destinada a retener el poder en Los Pinos.
Es cierto que los relatos en torno a la circunstancia presidencial también dan cuenta de que Enrique Peña la ha pasado mal en este 2016, tanto por las secuelas de los expedientes de Ayotzinapa y la Casa Blanca, como por las calificaciones a la baja de su popularidad.
En abril pasado el panorama se agravó con las conclusiones del GIEI sobre el desaseo y la violación a los derechos humanos que había caracterizado la investigación de los 43 normalistas desaparecidos, mismas que tuvieron resonancia en el Departamento de Estado y la ONU.



Vino además el enfrenón en el Senado a las leyes anticorrupción. Y arreciaron los cuestionamientos al gobierno federal y a su resistencia a avanzar a fondo en este tema.
Justo entonces, cuando crecían las impugnaciones externas, como quien toca fondo para intentar un brinco a la superficie, el presidente Peña comenzó a tomar la iniciativa, a actuar y a sorprender a sus críticos.
Primero fue la asistencia, previamente cancelada, a la Sesión Especial de la Asamblea General de Naciones Unidas para tratar el problema mundial de las drogas. Y el anuncio de un giro que, al menos en el discurso, entierra el modelo vigente y que tanto defendió su antecesor Felipe Calderón.
“El esquema basado esencialmente en el prohibicionismo, la llamada guerra contra las drogas, que inició en los años 70, no han logrado inhibir la producción, el tráfico, ni el consumo de drogas en el mundo”, asumió Peña en Nueva York.
Ya de regreso en México, el Presidente presentó en la Secretaría de Salud de José Narro Robles el paquete legislativo que incluye despenalización del uso médico de la mariguana y el quintuplicar la portación legal de la misma para fines de consumo por puro gusto.
“Con esta propuesta damos pasos firmes hacia un nuevo paradigma”, destacó el mandatario.
Y aunque el PRD, pionero en el impulso del cambio, señaló que la propuesta de Peña era insuficiente, el reconocimiento de los promotores del fin del prohibicionismo a la decisión de Peña fue sonoro.
Sin embargo, en la población en general, el anuncio sigue siendo polémico y controvertido. Apenas el sábado anterior la Cámara de Diputados dio a conocer una encuesta en la que 64% de la población está en contra de la propuesta de liberar el consumo de mariguana hasta un máximo de 28 gramos. Sólo 24.6% se manifiesta a favor.
¿Para qué hacer un giro en un tema que no es popular? ¿Por convicción? ¿Por presiones de Estados Unidos? ¿O porque el Presidente quiere romper el cerco con esa cuarta parte de los mexicanos que apoya la despenalización?
Nos hicimos esas preguntas hace un mes. Y lo ocurrido esta semana parece arrojar una respuesta tentativa. Peña ha decidido entrarle a la disputa de ese segmento poblacional progresista y, por su nivel escolar, altamente proclive a la crítica activa.
Y es que el Ejecutivo federal dio otro giro de dimensiones políticas relevantes, al pronunciarse en contra de la homofobia, este martes 17 de mayo, y enviar a San Lázaro una reforma constitucional para garantizar el derecho al matrimonio gay y a las adopciones, así como el registro civil del cambio de sexo. Lo hizo acompañado de destacados luchadores de la comunidad LGBTTI.
El previsible, pero severo rechazo de la jerarquía católica a la propuesta, es una evidencia de la dimensión del costo político que el gobierno federal está dispuesto a pagar entre los grupos conservadores, con amplio eco en la población, a cambio del intento de abrirse camino entre los mexicanos de pensamiento global.
Esa estruendosa noticia dejó en segundo plano un encuentro que ese mismo martes sostuvo Peña con jóvenes líderes digitales para conmemorar el Día del Internet. Se describió dispuesto a la transparencia y se dijo comprometido con la libertad de expresión.
En su relato en YouTube de ese encuentro, El día que hice reír al Presidente, la comediante Sofía Niño de Rivera contó que sus seguidores le habían pedido que le mentara la madre. Y lamentó: “No quiero vivir en un país donde la gente se burla si conoces al Presidente”.
Mientras los operadores electorales del PRI se disputan 12 gubernaturas con una campaña que confirmaría los spots de AMLO, de que en materia de corrupción todos son iguales, Peña toma el riesgo de buscar la interlocución del círculo rojo.
“Estoy viendo a un presidente Peña liberal, que ahora nos deja sorprendidos con esta propuesta”, declaró ayer Miguel Barbosa, jefe de los senadores del PRD, en alusión a las iniciativas contra la homofobia y en materia de mariguana.
Quienes conocen a Peña más allá de la caricaturización de los memes que de sus yerros se viralizan, cuentan de su pragmatismo, de su capacidad de medir y centrar a sus adversarios.
Dicen que está dispuesto a desmentir a quienes, adentro y fuera del gobierno, sostienen que el sexenio ya se acabó.
Por lo pronto, parece haber retomado la defensiva. Y salir a eso, a defenderse.
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