viernes, 6 de mayo de 2016

Impuestos

En una sociedad totalmente libre, los impuestos – o, para ser exactos, los pagos por servicios gubernamentales – serían *voluntarios*. Dado que los servicios propios de un gobierno – la policía, las fuerzas armadas y los tribunales de justicia – son claramente necesarios para ciudadanos individuales y afectan directamente a sus intereses, esos ciudadanos estarían dispuestos a pagar por dichos servicios (y deberían hacerlo), de la misma forma que pagan por tener seguros.


La cuestión de cómo aplicar el principio de la financiación voluntaria del gobierno – cómo determinar la mejor forma de aplicarlo en la práctica – es algo muy complejo y que pertenece a la esfera de la filosofía del derecho. La tarea de la filosofía política es sólo establecer la naturaleza del principio y demostrar que es posible. La decisión de un método específico de implementarlo es más que prematuro hoy día, puesto que el principio sólo será posible en una sociedad *totalmente* libre, una sociedad cuyo gobierno haya sido constitucionalmente reducido a sus funciones básicas válidas.
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Cualquier programa de financiación voluntaria del gobierno ha de ser vista como un objetivo a muy largo plazo. Lo que los defensores de una sociedad totalmente libre necesitan conocer ahora, en el momento presente, es sólo el principio a través del cual ese objetivo puede ser alcanzado.
El principio de la financiación voluntaria del gobierno se basa en las siguientes premisas: que el gobierno *no* es el dueño de los ingresos de los ciudadanos y que, por tanto, no puede tener carta blanca sobre esos ingresos; que la naturaleza de los servicios gubernamentales válidos debe ser constitucionalmente definida y delimitada, sin dejarle al gobierno ningún poder de ampliar el alcance de esos servicios por discreción arbitraria propia. En consecuencia, el principio de la financiación voluntaria del gobierno considera al gobierno como un siervo, no como el dueño de los ciudadanos; como un *agente* a quien hay que pagar por sus servicios, no como un benefactor cuyos servicios son gratuitos, como a alguien que regala algo a cambio de nada.
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Teniendo en cuenta lo que la gente oye decir a los expertos, no podemos culparla por su ignorancia y su impotente confusión. Si un ama de casa que lucha por llegar a final de mes con un presupuesto que ella ve reducirse incomprensiblemente ve a un magnate en su resplandeciente limousine, es natural que ella piense que con vender uno solo de los gemelos de diamantes de él se resolverían todos los problemas de ella. Ella no tiene cómo saber que aunque todos los lujos personales de todos los magnates del mundo fuesen expropiados, eso no alimentaría a su familia – ni a millones de otras familias como la suya – durante una semana; y que el país entero se moriría de hambre en unos pocos días. ¿Cómo podría saberlo si por todos lados le dicen que lo que hay que hacer es desplumar a los ricos?
Nadie le dice que subirles los impuestos a los ricos (y a los medio-ricos) no va a reducir sus gastos de consumo, sino su capital de inversión (o sea, sus ahorros); que tales impuestos supondrán menos inversión, o sea, menos producción, menos puestos de trabajo, precios más altos y bienes más escasos; y que si en algún momento los ricos tienen que reducir su nivel de vida, el nivel de vida de ella se habrá esfumado junto con sus ahorros y el empleo de su marido, y ningún poder en el mundo (ningún poder *económico*) será capaz de hacer revivir las industrias desaparecidas (pues ya no habrá ningún poder capaz de hacerlo).
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