lunes, 2 de mayo de 2016

La corrupción en México


Recientemente, al revisar como lo hago cada día, la prensa nacional y local; escuchar algunos noticieros de radio y ver los resúmenes, cuando no los programas de noticias completos, reafirmé mi convicción, largamente sostenida, de que el tema es, junto con la violencia generalizada, uno de los más socorridos de la cotidianidad nacional.
Así, buscando acercarme al tema, di con un libro llamado “ENSAYO SOBRE LA CORRUPCIÓN EN MÉXICO”, de Rafael Mendívil Rojo, quien hace un recorrido sumamente interesante por este tema, de una manera que podemos llamar tanto diacrónica como sincrónica, es decir, desde el punto de vista histórico y al mismo tiempo en cuanto a su significación, su incidencia actual, sus tipologías, sus posibles antídotos, las conclusiones que saca de su análisis y las sugerencias que hace.


Revisando el currículum del autor, puede verse que este abogado sonorense egresado de la UNAM, es alguien con conocimiento y experiencia suficientes para hablar del tema, pues entre otros cargos en la Administración Pública ha ocupado el de Director General de Asuntos Jurídicos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes; Titular de la Jefatura de Servicios Legales y Apoderado General del IMSS; Contralor Interno de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, y Coordinador de Procesos Penales del Servicio de Administración Tributaria (SAT-SHCP).
Aunque, como él mismo consigna, la corrupción es tan antigua como la humanidad misma, en el ensayo se constriñe, y así pretende abordarse el asunto aquí, a su incidencia en México, a partir de que hay memoria histórica de la misma. Ahora bien, y sin dar a la memoria más peso que a la gravedad misma del hecho en sí, pues aunque sea tan antigua, a juzgar por las estadísticas y mediciones y comparaciones de muchos tipos entre los diversos países, es evidente que no se trata de una conducta obligatoria, sino voluntariamente elegida.
En un contexto de filosofía política, Mendívil Rojo dice que, “…para entender qué es corrupción, encontramos diversas clasificaciones o enfoques. Heidenhammer señala que (…) puede referirse a tres dominios principales: un dominio jurídico (como delito o infracción por parte de un servidor público), un dominio de mercado (la corrupción como una decisión económica tomada por un servidor público), y un dominio político (la corrupción como la subversión del interés público por intereses particulares).
Saber el sentido de lo que es la corrupción como tal, no requiere sin embargo estudios ni investigaciones: parece que nacemos con el concepto de ese término integrado a nuestro cerebro como ciencia infusa, como una más de las cosas de la vida que no requieren explicación, como comer o dormir. Y, sin embargo, no la vivimos como algo obligatorio como a las otras, que hacemos sin reflexionar sobre ellas, sino que está regida por el libre albedrío.
Aún así, para encontrar una definición de la corrupción, resulta interesante partir desde la composición misma de la palabra, de la raíz lingüística que está a su base, de manera que, como atinadamente consigna el autor, corromper viene de “corrompere”, lo que significa “romper algo entre dos” (o más, se entiende), o sea, expliquemos, el mismo caso de “co-laborar”, es decir, trabajar en equipo, o “co-operar”, o sea actuar con otro, etcétera.
Pero no es suficiente con saber el significado original de la palabra. Es preciso entender su sentido profundo, que implica descomponer lo que está compuesto, prostituir lo que es honesto, pudrir lo que está fresco, y tantas otras acepciones que podríamos encontrarle, pero que ya sería reiterativo anotar. Y luego, habría que insistir en el segundo miembro del término, que implica que, para bailar tango, se necesitan dos. Es decir, a diferencia de otros crímenes, la corrupción precisa siempre dos elementos para realizar la ecuación, uno que corrompe y otro que es corrompido. Como lo dice Mendívil Rojo, “es un acto que supone la participación de al menos dos personas. Así(,) los corruptibles y los corruptores se van encontrando en el camino”. Al final, concluimos nosotros, los dos son corruptos.
¿Será por ello que tenemos la ilusión de que hay más delitos de corrupción que de los otros? Tal vez. O quizá es sólo cuestión de intereses: el asesinato, aun el masivo, es algo personal, dirigido, y por mucho que lo lamentemos, no nos toca directamente, si no es que somos familiares de la o las víctimas. El acto corrupto, por el contrario, se siente como una agresión contra la sociedad toda, porque casi siempre implica dinero público o bienes comunitarios, que se supone, pertenecen a la colectividad. Por lo que, siendo el primero un acto nefando, pero personal, se considera peor el segundo, porque es un crimen “social”.
“En términos simples –dice por su parte el autor- la corrupción es ‘el abuso de poder público para obtener beneficio particular’. Este fenómeno tiene mayor incidencia en el ámbito de gobierno, donde sus funcionarios actúan de modo distinto al sistema normativo para favorecer intereses a cambio de una recompensa, es el comportamiento desviado de aquél que ocupa un papel en la estructura estatal”. Y añade, llevando el asunto a su propio terreno profesional: “Una forma jurídica de entender la corrupción consiste en concebirla como una violación del Derecho Positivo”.
Si bien no es algo privativo del poder público, es en los ámbitos relacionados con la política donde campea más a sus anchas. Por dondequiera que se le vea, no obstante, la corrupción no sólo es una fea palabra, sino un concepto horrendo, que siempre lleva implícita la degradación esencial de aquello que toca, cuya pudrición en la vida práctica percibimos primero por el olfato y luego por los demás sentidos, pero que en el plano moral vivimos como una aniquilación del espíritu.
“Una cosa sí es muy cierta”, -afirma nuestro autor-, “durante siglos la corrupción ha estado presente en la historia de México, y se ha hecho manifiesta en situaciones tan disímbolas como complejas, desde el trueque o “cambalache”, la cesión de tierras, otorgamiento de títulos nobiliarios o indulgencias, para avanzar en un trámite burocrático, otorgar concesiones o favoritismos para conseguir una “chamba” a través de un nombramiento o por medio de un contrato de prestaciones de algún servicio público y lo más grave, para obtener algún tipo de canonjía en un procedimiento administrativo o judicial”.
Claro que nada de esto es novedoso, y a cada mención podríamos, todos y hasta en coro, citar diez casos recientes que se nos vienen a la mente a ese propósito, como por ejemplo las casas blancas, los aviadores en la SEV, las vueltas de tuerca para nombrar cónsules o cambiar a la dirigencia de un partido político “por la vía corta”, o la creación de directores utilizando choferes como materia prima, o el endeudamiento sin antecedentes en la administración estatal, o las obras mal hechas en el METRO de la capital de la República, o el involucramiento de algunos políticos con el crimen organizado, o los autopagos injustificables y escandalosos de los “legisladores”, así sean muchos de éstos analfabetas y todos levantadedos, o el quebrantamiento de la Ley Federal del Trabajo por parte de los diputados-empresarios, o la creación de calumnias y rumores falsos, o…
Pero si no quisiéramos particularizar, podemos acudir a la cita que hace el autor del “Índice de percepción de la corrupción 2012”, en el que Transparencia Internacional y Transparencia Mexicana establecen “una puntuación sobre el grado de corrupción en el sector público de 182 países. De acuerdo con (el) Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) (se) ubica a México en la posición 100 entre 182 países, con una calificación de 3.0 en una escala donde 0 es la mayor percepción de corrupción y 10 la menor. En comparación con otros países del continente americano, México se ubica en la posición 20, entre 32 países evaluados por el Índice. Si se compara con los países que integran el Grupo de los 20 (G20), se ubica en la posición 16, entre 19 países evaluados. Nueva Zelandia ocupa el primer lugar entre las naciones con una percepción de menor corrupción, seguida por Dinamarca, Finlandia, Suecia y Singapur. Chile se ubica en la posición 22, Estados Unidos en el sitio 24 y Brasil aparece en el 73. En la percepción de corrupción, México se encuentra al mismo nivel de corrupción que Indonesia, Malawi o Tanzania, cuyos indicadores de desarrollo son muy inferiores”.
Aunque la expresión es hasta cierto punto confusa, queda muy claro ‘quod erat demostrandum’: México está en los peores niveles en cuanto a la percepción de corrupción y, si eso puede ser medido, y hay diferencias entre los países, no puede haber duda de que se trata de una acción voluntaria y buscada ex profeso, doblemente culpable desde el punto de vista de la moral y de la ley.
Como quiera que sea, el autor hace un recorrido por aquellos instrumentos que podrían constituir el contraveneno para un mal tan generalizado en el país, tan metido en el ser nacional que parece ya estar en los genes de la población, tan difícil de combatir que no parece tener una parte contraria que la evite.
En efecto, se pregunta si la Transparencia y el Acceso a la Información podrían ser el contraveneno contra la corrupción. Menciona el Control Interno de la Administración Pública Federal, y al Poder Ejecutivo como fiscalizador a través de la Secretaría de la Función Pública. Asimismo, al Control Externo de la misma, por medio de la Fiscalización Superior a través de la Auditoria Superior de la Federación. Analiza las perspectivas de corrección del fenómeno de la corrupción en el ámbito penal, y cuestiona la actuación del Ministerio Público y la de los Poderes de la Unión para combatir y sancionar este mal.
Lamentablemente, sus conclusiones están fuertemente teñidas del pesimismo que invade a otros pensadores que han analizado el tema en relación con México, y afirma, en esencia, que la corrupción se da “no sólo verticalmente, de gobernante a gobernado, sino también horizontalmente, entre particulares”; habla de una “cultura mexicana de la corrupción”, “generalizada”, “que crea la inercia social que dificulta los esfuerzos para controlarla”; propone, sin embargo, “combatir la impunidad característica de nuestra cultura administrativa y el autoritarismo” para acabar con el círculo vicioso de la corrupción; dice que no basta con despedir a los corruptos, sino que se les debe sancionar “de forma ejemplar, (que) se les exhiba ante la sociedad y sean castigados penalmente, además de resarcir el daño”; sugiere convertir en un órgano constitucional autónomo a la Auditoría Superior de la Federación, independiente de todos los Poderes; finalmente, la creación de un órgano “Anticorrupción”, cosa que aparentemente ya se concretó.
Ésta es, en una muy apretada síntesis y con los comentarios que me pareció conveniente hacer, la visión y postura del autor de “La corrupción en México”. Sólo podría agregar que, si bien la corrupción parece ser una enfermedad consustancial a los mexicanos, pese a ello y contra lo que se diga, no es un mal generalizado absolutamente, e insistir en que, común como lo es, abundante y omnipresente, sigue sin ser obligatoria, y coincidir con el autor en que deberán ser la educación, sobre todo empezando por los más pequeños, y el enriquecimiento del marco jurídico, los instrumentos con que se pueda combatir al peor mal de todos los que nos carcomen. Y predicar con el ejemplo, claro está. De alguna manera, habría que voltear la tortilla y hacer de la honestidad un timbre de orgullo, demostrando que no, repito: no, la corrupción no somos todos.
Fuente: RADIOVER.info
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