lunes, 9 de mayo de 2016

¿La falacia de la austeridad?

ALEJANDRO HIDALGO


Es habitual que en los últimos años se hable de austeridad fiscal. Muchos economistas, yo entre ellos, la señalan como una de las causantes de la recesión de 2011-2013. La reducción del gasto público durante el año 2010 generó un efecto directo sobre el PIB (no hablo de multiplicadores) y que muy probablemente terminó por afectar a muchos otros sectores productivos, particularmente vía rentas por la caída de los ingresos de los empleados públicos. Sin embargo, existe un grupo de economistas que niegan, algunos con cierta vehemencia, que haya habido austeridad. Para estos negacionistas, afirmar que ha habido austeridad es sencillamente una falacia, ya que según los datos que una y otra vez se empeñan en enseñarnos, el gasto público no ha caído, sino que ha crecido.
Y sin embargo, yerran. Existe una multitud de imprecisiones en su análisis que hacen que sean ellos los que fallan el tiro. Les voy a explicar, como haría a mis alumnos, las razones de sus (comprensibles) errores.
Cuando hablamos de austeridad tenemos que hablar de los años donde explícitamente se aplicaron medias encaminadas a la moderación del gasto público


En primer lugar, habitualmente para sostener este argumento, se suelen tomar períodos de tiempo donde la afirmación encaja adecuadamente, de tal manera que los cálculos sean propicios y nos hablen de historias que queremos escuchar. Así, es necesario en primer lugar, señalar cuál fue el período que debemos caracterizar como “austero”. Para ello nos remitimos a las medidas de política económica encaminadas al ahorro de gasto púbico, y que comenzaron la primera mitad de 2010, se intensificaron en 2011/12 y se mantuvieron hasta casi finales de 2013. Comparar el gasto público de 2015 con el de 2000 no tiene sentido cuando se discute sobre austeridad, ya que en este período a tan largo plazo es evidente, y está fuera de dudas, que nuestras AAPP han estado inmersas, no en un proceso de austeridad, sino de expansión del gasto. Esta comparación es simplemente absurda para el debate planteado. Que entre 2000 y 2007 el gasto público creciera a ritmos importantes no lo puede negar nadie. Como tampoco que lo hizo en 2015. Quien les escribe explica en clase que uno de los grandes cambios estructurales de la economía española desde los años 80 es el importante incremento del gasto público, aunque éste esté aún en niveles inferiores a los estándares europeos. No, no se pueden comparar años aleatoriamente. Cuando hablamos de austeridad tenemos que hablar de los años donde explícitamente se aplicaron medias encaminadas a la moderación del gasto público. Es decir, los años comprendidos entre 2010 y 2013/14. No tiene sentido que sea de otro modo.
En segundo lugar es cierto que el presupuesto de las AAPP parece haber caído muy poco. Por lo tanto los datos parecen dar la razón a los negacionistas. Sin embargo hay que tener cuidado con esto, al menos por dos motivos. El primero de ellos tiene mucho que ver con una cuestión básica que todo economista debe tener siempre en consideración: el efecto de los precios. Si queremos ver la evolución “real” del gasto público, es necesario medir dicha evolución en precios constantes. Esto lo sabe cualquier alumno de primero de Economía Aplicada. Lo explicamos el primer día, así como en Macro 101. A quien les escribe le sorprende mucho que profesionales de los medios de comunicación, e incluso economistas, se olviden de este requisito. La percepción de recortes en gran parte de los servicios públicos no se evalúa en términos monetarios, sino en términos reales.
El segundo de ellos es que no todo lo que se incluye en el presupuesto público es gasto público. La táctica de los negacionistas es señalar a las grandes cifras presupuestarias para defender su argumento. Por ejemplo, en términos de contabilidad nacional, los empleos no financieros del conjunto de las AAPP para 2007 fueron de 420 mil millones de euros. En 2015 de 468 mil millones. Es decir, 48 mil millones más. Es evidente que nadie puede hablar de austeridad. Si nos centramos en los años de la austeridad y comparamos 2010 con 2014 las cifras son respectivamente 493 y 465 mil millones. Es decir, una caída de 28 mil millones. Nada excepcional (un 5,7 % en cuatro años). Sin embargo, no todos de esos miles de millones de euros son gasto público. Por ejemplo, las pensiones incluidas en el presupuesto no es gasto público, pues estas corresponden a redistribución secundaria de renta. Es decir, no es un gasto por la adquisición de papel, de bombillas para las oficinas, de alquitrán para las carreteras o para las pistolas de los agentes de policía. No. Es un “te cojo a ti un poco de aquí y se lo doy a aquél allí”.
Si nos centramos en los años de austeridad, hablamos de una caída de 50 mil millones
Concretamente, por gasto público tenemos que entender al consumo público, al que habría que sumar la inversión pública, y que al igual que el primero, es una componente de la demanda. Son estas partidas de la demanda interna las que generan riqueza vía valor añadido. Por ejemplo, el gasto sanitario o el educativo, la instalación de tuberías o la mejora de una carretera secundaria. Dentro del gasto público están los sueldos públicos (renta primaria), como los que se pagan a cirujanos, jueces, profesores o guardias civiles. Es esta parte de la actividad de las AAPP, la que en gran parte genera salarios o implica importantes ingresos a empresas proveedoras de las AAPP, la que al reducirse, reduce la riqueza neta de la economía (menos movimiento de bienes y servicios entre productores y consumidores). Pues bien, concentrando nuestra atención en estas partidas, en 2007 el consumo público más la inversión ascendió a 262 mil millones, mientras que en 2015, a 249 mil millones. Esto implica una caída en términos nominales del 4,9 %. En términos reales, 17,5 %, es decir, descontando la inflación. Si nos centramos en los años de austeridad, el gasto en 2010, fue de 292 mil millones mientras que en 2014, 241 mil millones. En este caso hablamos de una caída de 50 mil millones durante este corto periodo de cuatro años, es decir, una contracción del 17,4 % en términos nominales, 24 % en términos reales. ¿Sigue pareciendo poco? Para algunos, incluso insuficiente. Ok, cada cuál a lo suyo. Pero por favor, no neguemos que hubo caída.
Para hacernos una idea más concreta de los ajustes experimentados por la austeridad fiscal, es interesante comprobar cómo ha evolucionado el gasto público en dichos años, comparados a su vez con los años previos y posteriores, y de este modo obtener una perspectiva adecuada de lo ocurrido.
Así, el gráfico siguiente muestra la tasa de crecimiento de los empleos no financieros de las AA.PP. en España desde 2007 en términos reales (línea negra). Lo que se observa en el gráfico es que en el tercer trimestre de 2010 la tasa de crecimiento interanual ya era negativa. En el segundo trimestre de 2011 esta caída comienza a moderarse, aunque con una fuerte recaída para el tercer trimestre de 2013.

Esta evolución tiene sin embargo una serie de peculiaridades. La menor caída a partir de 2011 y el fuerte ajuste de 2013 viene explicado por las ayudas a la banca, y que en el gráfico se incluye en la partida “otros”, (color rojo). También por el aumento claro de los pagos de intereses de la deuda (recordemos el incremento en la prima de riesgo). Sin embargo, el consumo público y la inversión siguieron marcando registros negativos durante todo el año 2011 y 2012, siendo precisamente al final de este año cuando se observa la tasa de crecimiento más negativa. Sólo a mediados de 2013 el consumo público y la inversión dejan de aportar crecimiento negativo al PIB.
Más concretamente, en el gráfico que a continuación se muestra se calcula dicha aportación al crecimiento del PIB del gasto de las AA.PP., es decir, qué parte del crecimiento de la economía se explica por estas partidas presupuestarias. Además, y para tener una comparación con países del entorno, se muestra el mismo cálculo para una serie de países escogidos. Lo que el gráfico muestra con claridad que es que las AA.PP. aportaron crecimiento negativo al PIB durante los años más duros de la austeridad. Hay además que considerar que este cálculo no incorpora los posibles efectos indirectos e inducidos (multiplicadores fiscales), por lo que el efecto de la caída del gasto público, con casi toda probabilidad, ha sido mayor que el observado en el gráfico.

Por ultimo, y antes de finalizar, podríamos preguntarnos cómo ha afectado y en qué lo ha hecho principalmente los recortes en el gasto público. Aunque, como se ha dicho, existen partidas dentro del presupuesto que no es consumo público ni inversión, y que han aumentado, en otras, sin embargo, y tan sensibles como son educación y sanidad, los recortes son evidentes.

En los gráficos anteriores se muestra el cambio en estas dos partidas por regiones y per cápita del gasto público. El último dato disponible es para 2013. Es evidente el recorte, que en algunos casos está lejos de ser moderado. La especial sensibilidad de estas partidas, así como en otras, es lo que explica la reacción de muchos colectivos de la población en contra de los mismos. Es evidente que estos datos demuestran que dicha reacción no responden a imaginaciones colectivas sino a hechos reales sufridos muy de cerca.
La austeridad ha existido. Que esta fuera necesaria o no, es otro debate
Por lo tanto, lo primero que hay que decir es que está fuera de duda el fuerte ajuste que las AAPP han llevado a cabo en su consumo y valor añadido. La diferencia entre esta evolución y la que algunos nos quieren mostrar con los datos de presupuestos viene explicado en su mayor parte por el aumento de las pensiones, de las prestaciones por desempleo, que es redistribución de rentas, así como por los intereses de deuda, las aportaciones a la banca y la evolución de los precios. Esto explicaría la confusión de los negacionistas.
En conclusión, la austeridad ha existido. Que esta fuera necesaria o no, es otro debate. Pero lo que es imposible negar es que esta ha ocurrido y que sus efectos han sido claramente negativos en el corto plazo. El error, intencionado o no, de muchos, es evidente. Bueno sería, sin embargo que lo reconocieran y que, además, recapacitasen sobre ello.
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