viernes, 6 de mayo de 2016

Las mentiras abiertas de América Latina

Eduardo Goligorsky

 
Ha fallecido Eduardo Galeano, cuyo ensayo Las venas abiertas de América Latina (Siglo XXI, 1971) fue el libro de cabecera de miles de jóvenes que empuñaron las armas y murieron con la convicción de estar luchando por un mundo mejor, libre de injusticias, cuando en realidad eran los títeres de un tenebroso proyecto totalitario. Galeano sobrevivió a sus prosélitos y siguió empeñado en aumentar, con nuevas cruzadas antisistema, el largo recuento de cadáveres. Ya me ocupé del tema en "Coquetearon con el enemigo" (LD, 6/12/2011).
Intelectuales necrófilos
Con el crudo cinismo característico de los intelectuales necrófilos que se jactan de haber sembrado con sus mentiras las semillas del odio para que otros vayan a matar y morir en nombre de la revolución, confesó, durante un salón literario en Brasilia (El País, 5/5/2014):



No volvería a leer Las venas abiertas de América Latina, porque si lo hiciera me caería desmayado. No tenía los suficientes conocimientos de economía ni de política cuando lo escribí. (…) Para mí esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no la aguantaría. Sería ingresado en el hospital. (…) No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada.
Quienes no superaron la etapa fueron sus lectores muertos, de los que el instigador se desentendía y, para colmo, tanto el libro como su autor han perdurado como guías de dictadores tercermundistas y de militantes alucinados.
En el capítulo final de este libro de Galeano aparece, precisamente, la convocatoria que movilizó a sus compatriotas tupamaros y a otros protagonistas de la subversión continental, que el autor jaleó desde su segura residencia en España:
La causa nacional latinoamericana es, ante todo, una causa social. Para que América Latina pueda nacer de nuevo, habrá que empezar por derribar a sus dueños, país por país. Se abren tiempos de rebelión y de cambio.
Dato significativo: el libro se abre con una embestida contra los planes de los países desarrollados para divulgar, entre las familias pobres de los subdesarrollados, los métodos de control de la natalidad que son de uso corriente en la clase social a la que pertenecen los Galeano y muchos otros progres habituados a experimentar en cuerpo ajeno. Para ellos, la explosión demográfica, con sus secuelas de miseria y hambre, es el medio apropiado para renovar sus contingentes de carne de cañón a medida que la represión aniquila a los veteranos. Los mecanismos mentales tortuosos de Galeano quedan al descubierto cuando escribe:
Los dispositivos intrauterinos compiten con las bombas y la metralla, en el sudeste asiático, en el esfuerzo por detener el crecimiento de la población de Vietnam. En América Latina resulta más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles.
Su admirado psicópata
Galeano estaba obviamente obsesionado por la exhortación que formuló el Che Guevara en el que sería su testamento político, el "Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental":
¡Crear dos, tres, muchos Vietnam más! ¡Esa es la consigna!
Para exhibir, a continuación, las heces de su pensamiento sádico:
El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de los límites naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar.
Galeano publicó en El País (8/10/1987) un extenso artículo hagiográfico sobre su admirado psicópata, en el que cita la opinión de la madre de este, Celia de la Serna:
Celia, que tanto se le parecía, le tomaba el pelo por intolerante y fanático. Ella me dijo que él actuaba movido por una tremenda necesidad de totalidad y pureza. Así se convirtió en el más puritano de los dirigentes revolucionarios occidentales. En Cuba era el jacobino de la revolución. "Cuidado que viene el Che", advertían los cubanos, bromeando pero en serio. Todo o nada, agotadoras batallas ha de haber librado este refinado intelectual contra su propia conciencia, tentada por la duda; con rigor de monje o de guerrero iba conquistando certidumbres de hierro.
Adulación servil
A la veneración por la figura savonarolesca de aquella eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar, la acompañaba la adulación servil de la dictadura castrista (El País, 20/2/1983):
Yo estuve en Cuba como periodista y escritor; fui jurado del premio Casa de las Américas. Tuve la suerte de ver la revolución en diferentes etapas. El largo viaje de la euforia a la responsabilidad. No comparto en absoluto la actitud de quienes se sienten ahora estafados por la revolución, la cual ha dejado de ser una aventura romántica para convertirse en una cotidiana aventura de desafío a la realidad. (…) Para mí la revolución cubana sigue siendo lo que era: un proceso de cambio, de transformación permanente. La revolución es siempre diferente a sí misma. En el curso de muy pocos años pienso que ha mostrado que la lucha contra la humillación y la pobreza es posible, y que aun en las condiciones más adversas es posible también el milagro de echarse a andar con las propias piernas.
Y tras los fusilamientos del general Arnaldo Ochoa Sánchez, condecorado como Héroe de la Revolución, del coronel Tony de la Guardia y de otros dos oficiales tras una parodia de los juicios estalinistas de Moscú, sentenció Galeano:
Y por lamentables que hayan sido los fusilamientos en Cuba, al fin y al cabo, ¿deja por ello de ser admirable la porfiada valentía de esta isla minúscula, condenada a la soledad, en un mundo donde el servilismo es alta virtud o prueba de talento? ¿Un mundo donde quien no se vende se alquila?
Felizmente insertado en el clan de revolucionarios privilegiados, que disfrutan de cátedras y de imperios multimedia desde donde pueden divulgar sus sofismas, con la recompensa extra de algún premio de postín, Eduardo Germán María Hughes Galeano (su nombre completo) fue un típico representante de la casta que despotrica contra la sociedad abierta al grito de "¡Armémonos y vayan a luchar!".
Cuando los bárbaros están en las puertas de nuestra civilización, no es la hora de escribir necrológicas amables sobre quienes les han allanado el camino.
Publicar un comentario