Los Papeles de Panamá, la lista de Falciani y otros escándalos fiscales involucrando jurisdicciones de baja o nula presión fiscal que los medios nos cuentan en prime time para escandalizarnos y para mayor escarnio de los implicados, son en realidad el resultado del perverso sistema tributario que padecemos en España. Lejos de ser un delito que un ser humano quiera proteger lo que es suyo, su propiedad por la que ha trabajado, ha dejado su salud, ha arriesgado su patrimonio, por no hablar de cuántos sacrificios cada uno hacemos para llevar a cabo nuestros proyectos en términos personales y familiares, querer cuidar y proteger lo que tanto te ha costado ganar es humano, civilizado, decente, valiente y hoy en día hasta heroico.

 
No quiero entrar a valorar la hipocresía y la falta de ética de algunos de los usuarios de servicios offshore que en nuestro país siempre se mostraron como adalides de la alta fiscalidad al contribuyente de a pie, la defensa de las subvenciones del dinero extraído coercitivamente a los demás -para ellos y sus proyectos- o el llanto para que el Estado les proteja los negocios, las academia, sus reales casas o sus chiringuitos frente a la competencia que podría darse en un mercado libre. Lo que sí quiero hacer es romper una gran lanza a favor de los incorrectamente denominados paraísos fiscales. Al margen de su deficiente traducción del inglés tax haven, es decir, refugio fiscal- sin embargo esta traducción puede resultar incluso más positiva para la defensa de modelos de libre mercado y baja o cero fiscalidad. Sea como fuere, tanto si preferimos el término refugio como si nos quedamos con la traducción errónea de “paraíso fiscal”, lo cierto es que ambos términos tienen una connotación muy positiva. Por mucho que los intervencionistas estatales hayan tratado de mancillar el significado del verbo refugiar o de la palabra paraíso, cuando hablamos de ellos nuestra mente automáticamente se siente segura, viaja hasta lugares de paisajes hermosos, donde la gente vive feliz y conviven pacíficamente. Se trata pues de un espacio de bienestar, de seguridad, de calidad de vida para cualquier individuo que logre alcanzar esos reductos donde la principal característica no es de la reportarse ante una hilera de funcionarios de Estado para permitirte vivir, sino de que nadie se mete contigo, te dejan en paz para vivir tu vida, en resumidas cuentas de mayor libertad. Porque al final no nos engañemos, si tiramos del hilo descubriremos que la prosperidad, la gran riqueza refugiada en esos paraísos beneficia a sus propietarios pero también a todas aquellas empresas y por lo tanto a muchas personas que trabajan para esos refugiados fiscales de forma directa o indirecta.
Dentro del manual para dummies vs paraísos fiscales  que los intervencionistas estatales escribieron para atacar a los refugios fiscales siempre surge la teoría del lavado de dinero del narcotráficos, el tráfico de armas y un sinfín de males terribles. Pero cualquiera que haya intentando irse y abrir una cuenta en una jurisdicción así sabe que las cosas no son tan fáciles sino todo lo contrario. El nivel de control de proveniencia de los fondos a refugiar que aplican las entidades bancarias en jurisdicciones offshore generalmente es muy superior al ejercido por las entidades en nuestro propio país. El mayor lavado de dinero no está en esas jurisdicciones sino en países como España y en sus leyes cambiantes que abren el grifo sin mirar mucho quienes les entran. Recordemos la reforma fiscal de Montoro en plena crisis para atraer la compra masiva de inmuebles, reforma que benefició a los grandes capitales rusos de más que desconocida procedencia que vinieron en masa a comprar en cash inmuebles; o la famosa regularización de Hacienda para que algunos refugiados fiscales, entre ellos unos cuantos de los círculos del poder político, coincidencia o no, pudieran repatriar sus fortunas de vuelta a España.
También como nos explicaba tan objetivamente el diario británico The Guardian, al margen de que es perfectamente legal, y añadiría yo legítimo que una persona pueda abrir cuentas bancarias y empresas libremente en las jurisdicciones de menor impacto fiscal para su propiedad, no debemos perder de vista que las motivaciones de abrir cuentas en los refugios fiscales la mayoría de las veces son de naturaleza personal, más relacionadas con la seguridad de una persona que con supuestos negocios ilícitos provenientes de actividades consideradas como delictivas por los países (a)normales. Y digo anormales porque para mí no se puede considerar normal un sistema como el que tenemos en España. Es precisamente este sistema que arremete contra los refugiados fiscales la verdadera causa  de que el que pueda huya hacia aquellos refugios fiscales que puedan convertirse en su paraíso, al resguardo de las hordas fiscalizadores del Sheriff de Nottingham de turno. En qué clase de sistema vivimos cuando el significado esencial de las palabras ha sido cambiado ciento ochenta grados para significar lo opuesto a su sentido inicial, al sentido objetivo de la realidad. Qué tan enfermos tenemos que estar como sociedad para llegar a considerar que refugiarse de algo considerado peligroso para un ser humano, para los suyos y para lo que tiene es un mala acción. Cuán infestada de envidia y odio ha llegado a estar nuestra sociedad con tanto discurso socialista como para condenar a aquellos que aspiran a vivir una vida de bienestar y prosperidad en el paraíso hoy en la tierra que pisamos, en lugar de emularlos, de tratar de aprender de ellos y de querer lo mismo para nosotros y nuestros seres queridos. Y en cambio, en este retorcido y putrefacto modelo que nos ha hecho tragar la socialdemocracia los últimos treinta años, muchos ven como algo positivo, una buena actuación a imitar a un Falciani o a los papeles de Panamá, es decir a elegir el yugo de vivir bajo constante amenaza de castigo a todo cuanto emprendamos y aplaudir cegados la creación del complejo y perverso sistema de millones de páginas de normativas e imposiciones que hoy nos castigan por trabajar, por tener ingenio, por crear y en definitiva por prosperar nosotros y en el camino hacer prosperar a la sociedad en la que vivimos. Si tan malo es vivir en un refugio fiscal, por qué allí no hay pobreza, desempleo, miseria, muertes, sino todo lo contrario: la gente vive en paz y prosperidad. Y antes de que alguien saque del manual para dummies vs paraísos fiscales  la también falaz argumentación de que se llevan el dinero que debería estar en España, sólo quiero recordarles algo esencial: el significado de la propiedad privada, es decir algo que verdaderamente pertenece a alguien. En los refugios fiscales la propiedad privada está absolutamente protegida. Lo que significa que el dinero y los títulos de propiedad refugiados en las jurisdicciones offshore pertenecen a sus dueños. Ellos son quienes generalmente los utilizan no en el propio refugio fiscal sino fuera en el resto del mundo para invertir y prosperar. Primero para ellos mismo como es normal, que para eso es su patrimonio el que arriesgan, y también en el proceso benefician a mucha más gente de lo que ningún plan quinquenal de los ministerios de los Estados infiernos fiscales posiblemente sea capaz nunca de lograr al estar completamente roto de la realidad del mercado, ese mercado que somos todos nosotros, los individuos.