viernes, 6 de mayo de 2016

Salario mínimo vs. Realidad

salario minimo¿Por qué está la izquierda obsesionada con aumentar el salario mínimo? En cualquier oportunidad, desde el discurso del estado de la Unión de Obama a la columna de Paul Krugman en el New York Times, los izquierdistas defienden apasionadamente ese aumento. Los últimos ejemplos son los esfuerzos que han hecho los demócratas del Senado para subir el salario mínimo a $10.10, el que el gobernador de Maryland lo subiera de hecho en su estado, y recientemente el que la ciudad de Seattle lo subiera a $15.00, el más alto del país. Ciertamente los izquierdistas son conscientes del daño que cualquier salario mínimo (especialmente si es alto) le causa precisamente a la gente a la que pretenden ayudar.
De hecho, sabemos que sí son conscientes de ello.


Por ejemplo, Christina Romer, la ex-presidenta con tendencias izquierdistas del Consejo de Asesores Económicos del Presidente Obama, reconoce que el salario mínimo causa desempleo. Y Paul Krugman, en su libro de economía, explícitamente describe los efectos destructivos del salario mínimo.
El argumento económico contra el salario mínimo es fácil de entender. Cuando el gobierno sube artificialmente el precio de algo, la demanda para ese algo disminuye. Al aumentar el salario mínimo disminuye la demanda de trabajo no cualificado (que normalmente son los jóvenes), aumenta el desempleo en ese grupo, y se acelera la adopción de tecnología que sustituirá a los trabajadores, sobre todo a los menos cualificados.
Entonces, ¿por qué en el New York Times defiende Paul Krugman el salario mínimo? Y ¿por qué tantos de sus colegas de izquierdas pasan por alto el daño económico causado a aquellos a quienes supuestamente quieren ayudar?
La respuesta es simple: el daño económico no les importa en absoluto.
No les importa el adolescente que perderá su trabajo y la oportunidad de adquirir nuevas habilidades, o el inmigrante que intenta alimentar a su familia. La izquierda apoya el salario mínimo, pero no lo hacen porque supuestamente tenga un impacto favorable sobre nadie; saben que no tiene ningún impacto favorable, pero eso les da igual. La izquierda apoya el salario mínimo porque pueden venderlo como “bueno” y “noble”, mientras mienten y evaden sus consecuencias económicas.
A la mayoría de la gente le importa hacer lo que cree que es correcto. La mayoría de nosotros, desafortunadamente, hemos sido totalmente impregnados con la ética del altruismo; nos han enseñado desde siempre que sacrificarnos desinteresadamente por otros, especialmente por los “pobres y necesitados”, es la esencia misma de la moralidad. Nos han enseñado que preocuparse por los “pobres” es, por encima de todo, un requerimiento básico para ser una buena persona. Nos han enseñado a no oponernos a ningún plan cuyo objetivo sea ayudar a los pobres, a no cuestionarlo, y a no darle muchas vueltas al tema (incluso eso sería demasiado egoísta y poco compasivo). Los de izquierdas se aprovechan de nuestra moralidad altruista – de que no osemos cuestionar su motivación – para vendernos un programa que les hace parecer buenos, les hace parecer morales.
Observa que Obama no dice que “Estados Unidos se merece un aumento” porque los trabajadores de salarios bajos de repente son más productivos y, por lo tanto, más valiosos para sus empleadores. No; él dice que se lo merecen porque “nadie que trabaja a tiempo completo debería tener que vivir en la pobreza”. Y ¿qué pasa con las consecuencias del salario mínimo? ¡Al diablo con las consecuencias! ¿Qué pasa con el empresario que tiene que llegar a fin de mes y sólo puede pagar un salario por trabajo no cualificado que es más bajo que el salario mínimo? ¡Al diablo con los empresarios! ¿Y qué pasa con los trabajadores que están dispuestos a trabajar por un salario más bajo que el salario mínimo, pero que serán despedidos o sustituidos por cajeros automáticos y por otras tecnologías? ¡Al diablo con los trabajadores! ¡El salario mínimo es lo correcto! ¡Nos hace sentirnos morales! ¡Al diablo con la realidad!
Subir el salario mínimo nos hace sentirnos bien porque recurre al altruismo que impregna nuestra cultura. Y cualquiera que acepte el altruismo y realmente quiera practicarlo acabará sobreponiendo la moralidad a las consecuencias económicas, y, como vimos en el resurgir del colectivismo durante el siglo XX, a la propia realidad. ¿Qué más da si la gente tiene que sacrificar sus trabajos? El sacrificio es la esencia del altruismo. ¿Qué más da si hay que mentir sobre la economía? El altruismo requiere que ignoremos la forma como el mundo realmente funciona, así que una “mentira noble” de vez en cuando no es sólo necesaria, es también buena.
Mucha gente entiende que el salario mínimo desafía la realidad económica. Lo que necesitamos es más gente que entienda que la moralidad del altruismo desafía la realidad. La vida humana y la felicidad requieren libertad, incluyendo la libertad de competir en el mercado laboral con salarios más bajos; y, sin embargo, esa es precisamente la realidad que los altruistas quieren que ignoremos en nombre de los “pobres”. Por eso es inviable, y por eso cualquier política basada en esa moralidad acabará siendo destructiva.
Para acercarnos a la libertad – para derrotar la incoherencia insensata e inmoral que el salario mínimo representa – es el altruismo al que tenemos que derrotar.
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Por Yaron Brook,
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