sábado, 21 de mayo de 2016

SI ENTIENDEN


René Delgado
La clase política sí entiende cuanto ocurre. Bien que entiende. Justamente por eso, el empeño y esfuerzo por negar, disfrazar u ocultar la realidad, de aguantarla nomás hasta después de los comicios. Ya con la nueva correlación de fuerzas, intentará capotear el vendaval en puerta que, ahora, incluye no sólo el aspecto político y social, sino también al peso... Claro, si no es que antes del cinco de junio se desbordan los problemas, se revienta la cuerda de la tensión electoral o se derrumba la moneda.



En su lógica, gobernar, legislar o administrar es lo de menos, lo importante es ganar gubernaturas, alcaldías, curules y, por ende, servirse de presupuestos, contratos, fueros, sueldos, moches, dietas y prerrogativas. Esa sí es tarea de su interés y bien vale la pena jugarse cuanto sea por el loco afán de disfrutar sin habitar los palacios, de ejercer el no poder.

Al carambas, la necedad de atacar la corrupción cuanto antes. ¿Cuál prisa, si todavía hay mucho que robar y despilfarrar? Al carambas, la terquedad de dar con los desaparecidos. Si están vivos, ya aparecerán; si no, basta con darlos por muertos. Al carambas, la obsesión por identificar los huesos que germinan en las fosas. Con tanto desempleado, enhorabuena salir de algunas plazas de trabajo, así sea de ese modo. Al carambas, la urgencia de contener la fuga de capitales. Ahí están las reservas. Al carambas, la plañidera de pagar tributo al crimen y al fisco. Ni que fuera tanto... Ya chole, no es momento de andar formulando reclamos y exigir audiencia. Una cosa es representar a la ciudadanía, otra atenderla.

Cada cosa en su momento, y el momento señala lo contrario: la ciudadanía debe atender a los políticos. Condecorarlos con su voto sin andar cuestionando su desempeño. Nomás faltaba.
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Entienden candidatos y dirigentes partidistas que, quizá, esta vez se les pasó la dosis de convertir las campañas electorales en un concurso de ineptitudes y de ineptos. En el hecho lamentable de marcar no sus diferencias frente a políticas y programas, sino de subrayar sus coincidencias frente a prácticas políticas deleznables que no acercan, sino alejan a la ciudadanía de las urnas, de la posibilidad de distinguir y elegir a quienes pudieran representarlos.

Con matices de más o de menos, las campañas son, ahora, simple impulso de la industria del spot insulso, plagado de frases pegajosas o presuntamente chistosas, de raps o, aun, de insultos que hacen de la propuesta o el discurso político simple recuerdo. Son temporada para repartir tinacos, cachuchas, despensas, playeras o de condicionar la inscripción a programas asistenciales a cambio del sufragio; la coacción o la compra del voto a todo lo que da, frente a los ojos cerrados de la autoridad electoral que sólo suplica sin éxito reportar el gasto. Y, lo peor, las campañas son torneo de acusaciones, donde los candidatos son presentados como criminales o representantes criminales y, entonces, el exhorto a la ciudadanía es escoger cártel.

Candidatos y partidos -salvo contadísimas excepciones- se igualan en vez de diferenciarse. Turquesa, albiazul, tricolor, amarillo, rojo, naranja, verde... salen de la misma paleta y, al orquestar y armar las campañas del mismo modo y con el mismo contenido, anulan cualquier opción a la ciudadanía. ¿Qué prefiere el electorado, un pederasta, un ladrón o un capo disfrazado? ¿Un priista original o uno pepenado por la oposición? ¿Al partido en el poder con los candidatos de siempre o la oposición aliada con un candidato prestado? ¿Un candidato que pacta con el crimen o un criminal que pacta con el candidato? Ante ese igualamiento, llamar a elegir cuando no hay de dónde escoger suena a burla.

Bien que entienden dirigentes y candidatos el error cometido. Al conducirse como cómplices de un régimen insostenible, comparten el modo de hacer política y propaganda sin advertir que han hecho de la elección, base de la democracia, no una competencia sino una incompetencia.

Más fácil es inventar una frase con punch para generar atención o simpatía electoral o elucubrar siniestras operaciones, que construir una nueva política cuyos cimientos no sean los del engaño, la transa o la mentira. Tan difícil es construir esa política que, por eso, el conjunto de los partidos prefiere contratar creativos publicistas y fabricantes de complots sin importar la ralea ni el precio de los consultores.
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La clase política entiende la circunstancia nacional e internacional donde está inserta.

Es consciente del laberinto en que se ha metido al alejarse de sus representados y cerrar los canales de participación a la ciudadanía. Del peligro supuesto en el malestar social que, ladrillo sobre ladrillo, ha venido construyendo aunque, luego, les asombre el mal humor. Sabe que, en buena medida, su sobrevivencia ya no depende de la política ni del respaldo social, sino de la fuerza y disposición de institutos y cuerpos armados para soportarlos -en el doble sentido de la expresión-. Ahí se explica por qué tanto acto público en privado pero, sobre todo, por qué la creciente militarización o policialización -valga el barbarismo- de la relación con la sociedad.

Bajo pretexto de ofrecer más seguridad pública, la clase política instala cámaras de videovigilancia en puntos estratégicos. La gran interrogante es si sirven para cuidar a la ciudadanía o para cuidarse de ella. Parece exagerado pero, en más de un caso y circunstancia, media en la relación entre gobernantes y gobernados una valla metálica, un escolta o un uniformado.

Es consciente, además, de la observación foránea que mira con preocupación el desdibujamiento de la frontera entre crimen y política, de la fragilidad de la seguridad y la estabilidad que, a la postre, puede afectar los intereses extranjeros. De la creciente tentación de intervenir con o sin invitación.
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No es cierto que la clase política no entiende que no entiende. Bien que entiende, sólo se hace guaje y compra tiempo, creyendo que ahí está la solución.
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